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Reportaje especial
Panamá, miércoles 30 de agosto de 2006
 

PROYECTO.

Canal y sistema social

Adolfo Ahumada

A diferencia de otras materias de carácter público, cuyo manejo puede favorecer o causar perjuicio a algunos sectores más que a otros, el Canal favorece a toda la Nación, con independencia de los orígenes de clase, las convicciones políticas o las formulaciones ideológicas. Si el Canal se amplía, tiene la posibilidad inminente de beneficiar sectores populares, por razón de los empleos que pueden crearse, a las capas medias profesionales por la misma causa, a los pequeños empresarios por las oportunidades que se abren en la prestación de servicios básicos y a los grandes empresarios por la magnitud de las obras que deben realizarse.

O sea, Panamá se encuentra en este momento ante la posibilidad de llevar a cabo un proyecto de carácter policlasista -incluyente, se le llama ahora- y que, al mismo tiempo, no contiene elementos que pudieran perjudicar a ninguna de esas franjas sociales.

La lucha por la conquista de la soberanía nacional tuvo esa connotación, porque el ideal de alcanzar la integridad territorial y reemplazar el tratado de 1903 constituía un verdadero factor común para los componentes de la vida de la Nación. En la actualidad, resuelta la contradicción histórica que vivió Panamá desde su nacimiento como Estado y encontrándose en pleno ejercicio de su facultad de administrar el Canal -con gran eficiencia, profesionalismo y honestidad, como se sabe -todo el país tiene serio interés en que el Canal continúe funcionando bien y que produzca la mayor cantidad posible de beneficios para el país.

¿De dónde viene ese interés? Pues surge de la naturaleza pública del Canal, del hecho de que no es un bien privatizado y que, además, no se puede privatizar, porque lo prohíbe la propia Constitución. También emerge de otra realidad: que el Canal es el instrumento clave de la riqueza natural más trascendente y duradera de Panamá, que está compuesta por los tres elementos básicos: la conformación ístmica, la posición geográfica propiamente dicha y el régimen de aguas. Tanto la propiedad pública del Canal, es decir, el hecho de que es una empresa estatal, como las perspectivas de su uso más intenso, son factores que se empinan y quedan por encima de la cuestión interna.

Si una persona aspira a que el régimen económico y social de Panamá quede como está y no pierda ninguna de sus características actuales, basadas en la propiedad privada de los instrumentos de producción, deberá tener interés en que el Canal crezca, que no quede limitado en sus potencialidades, dado que ello limitaría las posibilidades del aprovechamiento máximo de la posición geográfica.

Las personas convencidas de que el sistema económico y social deseable para Panamá debería ser una combinación de propiedad pública con ciertas áreas reservadas al sector privado, entonces, según dictan las normas de la lógica, deberán creer en que si el Canal puede ser ampliado, la tarea debe emprenderse, porque ello no es contradictorio con sus aspiraciones para el presente y para el futuro de toda la Nación.

Igual observación cabe hacer sobre los que estiman que lo mejor que puede ocurrirle a Panamá es el desplome del sistema actual, para que la propiedad estatal sea la característica única de la economía, desaparezca el sector privado y se aplique una política económica fundada en la distribución sin preocupación por el crecimiento. Ni aun en estos casos el aumento de la capacidad operativa del Canal es negativo. Llegar al poder para santificar el sistema actual o llegar para sepultarlo y hacer una revolución profunda y radical, ambos extremos necesitan un Canal fortalecido.

De lo que se trata es de no dar la espalda a la demanda internacional que se acumula y que se tiene ante los ojos. La consecuencia consiste en tomar en consideración que el Canal es para Panamá como el petróleo para otros países, y que, gane quien gane las próximas elecciones o las que le sigan a las próximas o triunfe quien triunfe en las borrascas de la lucha social, encontrar un Canal ampliado es mucho mejor que recibirlo estático, lleno de timidez ante las oportunidades que se están brindando en el mundo actual.

La concepción que cada cual adopte en relación con su visión sobre el futuro del país no puede ir en contravía de la adición de un carril adicional a la vía interoceánica. Al pasar barcos más grandes por Panamá, los ideales políticos, las esperanzas de la lucha cívica o el impulso a favor de los cambios en las relaciones de clase que se dan en la sociedad no tienen por qué sufrir ningún menoscabo.

No hay que castigar al Canal ni a su crecimiento por ninguna debilidad del sistema ni por la manera como cada cual evalúa los problemas del país.

Lo importante es avanzar y tener al Canal como vaso comunicante para todos los sectores, verdadero vehículo que puede ayudar a generar los consensos que sean posibles.

Sin embargo, el desenlace sobre el funcionamiento del sistema corresponde a otro escenario y constituye el reflejo de una dinámica que el Canal no puede decidir. Sencillamente, no es procedente exigirle al Canal que asuma la responsabilidad de hacer la revolución.

El autor es abogado y labora en la Cancillería

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