| CONFLICTO BÉLICO.
Después de las armas de agosto
726975Saad Eddin Ibrahim
Oriente Medio es un lugar donde el polvo rara vez se asienta. Cuando ocasionalmente lo hace, incluso por un breve intervalo –tal como parece aseverar la Resolución 1701 de las Naciones Unidas para el cese de hostilidades en el Líbano–, es un buen momento para evaluar los acontecimientos con la esperanza de que un debate responsable pueda influir en quienes están en el poder.
Empecemos por Estados Unidos. El presidente George W. Bush no escatimó ni en iniciativas ni en consignas y acrónimos pegadizos. Los últimos años están plagados de ellos: "Guerra global contra el terrorismo" (GWOT), "Hoja de ruta", "Iniciativa de asociación en Oriente Medio" (MEPI), "Iniciativa del Gran Oriente Medio y Norte de África" (BMENA) –originalmente "Iniciativa del Gran Oriente Medio" (GMEI)–, "Diálogo Asistido por Democracia" (DAD) y demás. Su última ensoñación, vislumbrada en el fragor de los recientes combates entre Israel y Hizbulá, fue el Nuevo Oriente Medio (NME), donde los clientes de Estados Unidos, Israel, Egipto, Jordania y Arabia Saudita, sirven como pilares del orden regional.
Sin embargo, al igual que todas sus iniciativas anteriores desde los atentados terroristas en Nueva York y Washington hace ya casi cinco años, la iniciativa NME se topó con problemas desde el arranque. La secretaria de Estado, Condoleezza Rice, anunció su nacimiento al mismo tiempo que rechazaba un cese del fuego inmediato en el Líbano. Su anuncio inoportuno hizo que la iniciativa pareciera desalmada, en un momento en que miles de civiles eran desarraigados, asesinados o mutilados por la artillería y la fuerza aérea eficiente pero despiadada de Israel.
Esta situación hizo sentir tan incómodos a los tres socios árabes de la iniciativa NME que cada uno se apresuró a tomar distancia de la iniciativa patrocinada por Estados Unidos. Arabia Saudita, que se había mantenido en silencio durante casi dos semanas, lo hizo con un aporte de 500 millones de dólares para reconstruir las zonas devastadas del Líbano y otros 1.000 millones de dólares para respaldar la moneda amenazada del Líbano.
El heredero natural de Egipto, Gamal Mubarak, hizo lo propio en la cuarta semana de los combates al encabezar una delegación de 70 miembros en una visita solidaria a Beirut. Sin embargo, en lugar de valerle el respeto de un pueblo egipcio indignado, las revelaciones en la prensa opositora de que su avión tuvo que obtener de los israelíes un salvoconducto y un permiso para aterrizar lo único que generaron fueron alaridos de sorna. En cuanto a Estados Unidos, todo lo que toca en Oriente Medio se ha vuelto radioactivo, incluso para los clientes y amigos de larga data.
En el curso de las maniobras para demorar el cese del fuego de las Naciones Unidas, Bush y Rice reiteraron continuamente la necesidad de una resolución del Consejo de Seguridad que abordara enérgicamente "las raíces del problema". Por supuesto, para ellos y para Israel, esto era Hizbulá y la necesidad de erradicarlo o, como mínimo, desarmarlo y obligar a sus combatientes a mantenerse a una distancia segura de los asentamientos y ciudades en el norte de Israel.
Si bien ésta es una demanda razonable, el resto de Oriente Medio –y, de hecho, gran parte del mundo, incluyendo Europa– consideran que la raíz del conflicto es la intransigencia y la arrogancia israelí, sumada al respaldo ciego que recibe de parte de Estados Unidos. Tanto Estados Unidos como Israel mencionaron falta de celeridad en la implementación de la Resolución 1559 de las Naciones Unidas, que insta al desarme de todos los actores que no sean Estados en el Líbano y al despliegue de fuerzas gubernamentales hasta la frontera sur. Pero, durante años, Estados Unidos e Israel no pronunciaron palabra sobre las decenas de resoluciones de las Naciones Unidas, incluso la lejana Resolución 49 sobre la división en 1947, que instaba al establecimiento de un Estado árabe y un Estado judío distintos en aproximadamente la mitad de lo que era Palestina.
Esta y muchas otras resoluciones que buscaban reparar las injusticias hacia los palestinos fueron ignoradas por Estados Unidos. Por ende, para 300 millones de árabes y más de 1.000 millones de musulmanes, la "raíz" del conflicto de Oriente Medio no es Hizbulá. Como dijo acertadamente su líder, Hassan Nasrallah, "Sólo somos una reacción a la injusticia crónica".
Es muy probable que haya más de una causa raíz –cada parte del conflicto tiene una favorita–. No tiene sentido analizar en exceso quién sufre más o cuál causa raíz es más profunda. En rigor de verdad, discutir sobre motivos de queja lo único que logra es separar aún más a los bandos.
Con su adopción, la tan demorada Resolución 1701 de las Naciones Unidas puede indicar que todas las partes están cansadas o que no podían soportar más la presión internacional. Es una buena noticia para todos los involucrados y ofrece la oportunidad de abordar la "causa raíz" de cada parte.
Aprovechar la oportunidad requiere que prevalezca la humildad más que la supremacía moral. La empatía, no el etnocentrismo, debería ser la orden del día ahora que las armas se están acallando y hemos redescubierto los límites de la fuerza militar.
Pero si hemos aprendido algo de los trágicos asesinatos de los mayores pacifistas de la región, Anwar Sadat y Yitzhak Rabin, es que las armas no se mantienen calladas durante mucho tiempo. Durante cualquier sosiego, un fanático de cualquier bando puede saltar a escena y, a través de un acto de completa locura, patear el polvo que se asienta y arremeter contra las esperanzas de todos aquellos en ambos lados que todavía anhelan una paz duradera.
Project Syndicate. El autor es profesor de sociología política en la American University en El Cairo. Artículo traducido por Claudia Martínez
Además en Perspectiva
• Después de las armas de agosto • ¿Es seguro volar en Rusia? • ‘A la hora del none’
|