| CARTAS DESDE EUROPA.
Más controles
Camilo José Cela Conde
La alarma desatada en el Reino Unido al detectar y desmontar una red terrorista que pretendía la demolición suicida en vuelo de los aviones fabricando las bombas a bordo de ellos ha vuelto a desatar la fiebre por los controles. Comenzó ya en agosto, al acercarse —cómo no— el día 11, hasta el punto de que se prohibió en los aeropuertos británicos cualquier equipaje de mano. Los viajeros sólo podían subir a bordo una bolsa transparente con los documentos, el dinero y las gafas, sin funda. Bebidas y comidas quedaban prohibidas, con la excepción de los alimentos para bebés. Pero en ese caso las madres debían probarlos ante la policía para demostrar que se trataba en realidad de leche o papillas. Poca confianza puede haber en que aquella persona dispuesta a inmolar su vida no vaya a dar un sorbo a un producto químico cualquiera con el fin de poder subirlo al avión pero tampoco se trataba de analizar el contenido de los biberones. Ese procedimiento aún más seguro debió parecerles a las autoridades desmedido y engorroso.
Ya no. Los ministros de Interior de la Unión Europea debatieron en su última reunión en Bruselas cómo combatir mejor el terrorismo aéreo y, aunque no se tomó medida alguna —porque no estaba en la agenda el tomarlas—, las intervenciones fueron unánimes en el sentido de mayores controles. El ministro Reid, del Reino Unido, propuso extender a toda Europa los muy severos criterios a los que me refería antes. Pero los países de la Unión son un tanto alérgicos al sometimiento a protocolos comunes; todos ellos, o casi, prefieren decidir por sí mismos el alcance de las medidas a tomar. Así que, por el momento, los europeos que no viajemos desde o hacia la Gran Bretaña podremos llevar todavía en mano libros, plumas estilográficas y botellas de agua. Al menos hasta que los expertos decidan la viabilidad y oportunidad de la generalización de controles más severos.
Pese a las demoras que puedan presentarse, la tendencia va hacia más y mejores medidas de identificación.
La Comisión Europea ha incluido entre los medios a considerar el del control biométrico —forma del iris, huellas dactilares— en vigor ya, en parte al menos, en los Estados Unidos. Las autoridades no tienen por qué ser inmunes a las actitudes generadas por trastornos como la ansiedad o la manía persecutoria. Pero la eficacia de esas medidas no parece ser muy efectiva. Si durante el tiempo ya considerable transcurrido desde que los Estados Unidos intentaron blindar sus fronteras aéreas con esos controles se hubiese detenido a algún terrorista, es seguro que nos habríamos enterado. Los titulares a muchas columnas y los noticieros de la televisión y radio habrían enfatizado el éxito.
Los terroristas, por desgracia, siguen un esquema parecido al de la selección natural. Cuanto más se blinda la presa, más afila las garras el predador. Así que la esperanza de detener los atentados mediante controles generalizados a todos los pasajeros es más bien escasa. Se trata de otras medidas policiales, diplomáticas, políticas y económicas las que hay que tomar. Aun así, la escalada de los controles sigue. ¿Por que? Para mí que, porque llevando a cabo tan minucioso examen, las autoridades hacen algo. Algo más que cruzar los dedos cuando se acerca el siguiente día 11 de cada mes.
El autor es escritor
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