| INTRANQUILIDAD.
Reflexiones
Carlos Iván Zúñiga Guardia
Los días que corren en otras tierras invitan a la reflexión. Lo ocurrido en el Líbano, lo que ocurre en Irak y el derrumbe de la ONU, por ineficaz, son hechos perturbadores de la paz y de la vigencia de un auténtico orden legal en el mundo.
Nuestro país, en menor escala, también es escenario de hechos que erizan la tranquilidad social. No es menos cierto que paralelamente surgen amagos seductores para enrumbar el país como la propuesta de discutir un real proyecto de desarrollo nacional.
La reflexión que impone el drama de todos los entornos sugiere la invocación de la razón, elemento esencial de la especie humana. En la razón tiene el hombre el único instrumento para entender, encarar y solucionar los conflictos. Y la razón adquiere vida cuando se llega a entender que sólo el diálogo desbroza todos los caminos. No en vano se ha dicho que la razón es el punto de comunicación del hombre con Dios y que en virtud de ella superamos, gracias a la palabra, el estadio de subdesarrollo en que habitan las bestias. La razón, la palabra, el diálogo son los recursos milagrosos, divinos del ser humano. Cuando estos recursos mueren se desciende en la escala de todas las especies y priva la fuerza, reacción irracional de los seres que carecen de entendimiento o lucidez.
¿No fue acaso lo del Líbano una expresión inhumana de la fuerza? ¿Fue necesario destruir un país, masacrar un pueblo, lanzar por todos los caminos bajo el fuego del terror a millares de refugiados para luego terminar en el punto inicial del conflicto?
¿O fue indispensable que fuerzas internas del Líbano también usaran las hondas modernas para, al final, todos entendieran que los conflictos armados pueden conducir al "vencimiento" pero no al convencimiento?
Las Naciones Unidas fueron creadas para lograr un orden internacional fundado en el derecho y para auspiciar la paz en el mundo. De nada sirvió cada uno de sus pronunciamientos en pro del cese del fuego ni cada una de sus oraciones de paz. Simplemente la ONU responde a una estructura ayuna de poder coercitivo. Y por sus fracasos en sus empeños tardíos, los pueblos débiles del mundo saben hoy más que nunca que no existe organismo protector del derecho y de la paz, más fuerte que la más fuerte de las potencias mundiales.
Lo que ocurre en el istmo también tiene sus particularidades. La delincuencia que azota a nuestro país es un fenómeno tanto o más crudo en otros países de América. A pesar de los esfuerzos de la Policía Nacional, la delincuencia declinará a lo largo del tiempo cuando un plan de desarrollo nacional sea discutido y aprobado por todos los sectores, sobre todo los poseedores de una conciencia social, y aplicado con seriedad sumariamente.
De allí que resulta absolutamente impropio postular un plan de desarrollo como condición para aprobar la expansión del Canal. El plan de desarrollo es para amortiguar los conflictos sociales, para generar paz y progreso integral. Un país con un presupuesto nacional de casi 6 mil millones de balboas anuales y con un producto interno de 14 mil millones, descansa para su desarrollo no solo en las ganancias del Canal sino fundamentalmente en otras vías de ingresos tan o más ricas en su conjunto que los provenientes del Canal.
Además, no debe olvidarse que un plan de desarrollo nacional no sólo tiene ingredientes económicos. Recuerdo un ensayo de Jorge Iván Hubner Gallo, docente universitario chileno, quien sobre este tema refiriéndose a su país decía en el año de 1970: "El gran desafío histórico ... es el desarrollo cultural, científico, técnico, social y económico de los pueblos. Para alcanzarlo es necesario situarse a la altura de los tiempos, echar por la borda concepciones caducas e ineficaces, abandonar las actitudes vacilantes y hasta contradictorias y decidirse a elegir un camino definido, un modelo claro y preciso de futuro, en cuya realización deben concentrarse las energías de la comunidad nacional".
Todo desarrollo nacional, agregaba Hubner Gallo "debe transitar por los tres planos, el espiritual, el político y el socio económico".
En los programas de desarrollo capitalistas siempre se olvida el aspecto espiritual, el que concibe al país, según el docente chileno "como una unidad espiritual, cultural y moral, consciente de su identidad y de su destino como nación, fundada en el cultivo y desarrollo original y propio de los grandes valores de nuestra tradición histórica, hispánica y cristiana".
Estos valores espirituales, fundamentales, deben ser entendidos, como decía Hubner Gallo "no como un rígido marco cerrado a todo cambio, sino como un cauce dentro del cual debe desenvolverse el acontecer nacional".
El aspecto político y socioeconómico de todo plan regulador del desarrollo nacional debe tener como objetivo central garantizar el bien público y consolidar el plano espiritual de la nación panameña, sin cuyos propósitos el Dios de la patria sería el dios Mercurio y el espíritu emblemático lo representaría una insaciable y brutal caja registradora.
He de presumir, para no contrariar las esperanzas del pueblo del siglo XXI, que el programa de desarrollo en ciernes, en lo político sepulte la famosa frase de Maquiavelo, anquilosada en la perpetuidad, que sostiene que en política no existen ideales, sino intereses. Esta frase histórica de Maquiavelo prevaleció al concebirse en 1970 , bajo la dictadura militar, un programa de desarrollo nacional gracias a la iniciativa del Conep sin dejar, como se sabe, rastro alguno en el surco social del país.
Los días que corren en otras tierras y en la propia invitan a la reflexión ciudadana. Es el deber cívico de la hora actual. Que cada ciudadano cumpla con el suyo y divulgue su propia reflexión.
El autor es abogado y fue rector de la Universidad de Panamá
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