| CONFLICTO DEL MEDIO ORIENTE.
Lecciones de la guerra del Líbano
Daoud Kuttab
Las guerras se ganan no sólo en el campo de batalla, sino también en las mentes de la gente. Así, si bien Hizbulá no ha ganado decisivamente su actual guerra contra Israel, el hecho de que haya mantenido su capacidad de luchar de cara al poder el Ejército israelí ha cautivado la imaginación de los árabes y recuperado el orgullo perdido, del mismo modo como lo hizo el Ejército egipcio al cruzar el Canal de Suez en la guerra de 1973. Restaurar el orgullo fue un elemento central en la decisión de Anwar Sadat de ir a Jerusalén y recuperar para Egipto la Península del Sinaí.
Aunque los libaneses comunes y corrientes han pagado un enorme precio humano, económico y de infraestructura, Hizbulá ha dejado claro a los israelíes que ya no pueden dar por descontado su predominio militar. Han quedado en evidencia los límites de la fuerza militar. Más aún, la locura de la guerra ha quedado claramente expuesta ante todos y, una vez que termine la lucha actual, es más probable que ambos lados sean más cautos en el futuro antes de emprender acciones que puedan empujar a sus pueblos y países a la guerra una vez más.
Es probable que el modo como acabe esta guerra cambie el modo como Israel y la comunidad internacional enfrenten las aspiraciones nacionales fundamentales de los pueblos árabes. Ocupar tierras y tener recluidos prisioneros árabes indefinidamente ya no será una ventaja, sino una carga terrible.
La forma convencional de interpretar la situación en el Oriente Próximo se ha fundado en gran medida en el abrumador poder militar de Israel, junto con la falta de unidad y objetivos de los líderes árabes. Sin embargo, en menos de dos meses el poderío casi mítico del ejército más fuerte de la región se ha visto mellado, y Hassan Nasrallah, líder de Hizbulá, se ha mostrado como un dirigente determinado y firme, en agudo contraste con el comportamiento usual de los jefes de gobierno árabes.
La pregunta es ahora si esa determinación podrá generar el mismo tipo de quiebre sorprendente hacia la paz que permitió el prestigio logrado por Sadat en 1973. Irónicamente, en lugar de debilitar al Líbano, una consecuencia clara de este guerra es la unidad y voluntad de independencia de los libaneses.
No está claro si la guerra en el Líbano ha ayudado o dañado a los palestinos. Debido a que la mayor parte de la atención de los medios se ha centrado en el Líbano, los israelíes se han sentido libres de seguir presionando a los palestinos sin la molestia de las protestas internacionales. Todo los días siguen matando palestinos, no sólo en Gaza sino en Nablús, en Cisjordania. Más de 170 palestinos han muerto desde que comenzó la violencia en junio.
Sin embargo, la conexión entre las dos guerras no ha pasado desapercibida. En los Estados Unidos, el presidente George W. Bush y la secretaria de Estado, Condoleezza Rice, ven que los problemas están vinculados, del mismo modo como lo hace el primer ministro británico Tony Blair. De hecho, las crisis en el Líbano y Gaza han dejado en evidencia que es necesario solucionar dos problemas apremiantes (los prisioneros árabes en Israel y el unilateralismo israelí) para que haya alguna esperanza de volver al proceso de paz.
Si se considera que ambos conflictos tuvieron su origen en el secuestro de soldados israelíes para canjearlos por prisioneros árabes, Israel ahora debe darse cuenta de que mantener prisioneros árabes de manera indefinida sólo puede producir violencia. Giora Eiland, asesor de seguridad nacional, parece haberlo reconocido incluso antes de que comenzara la violencia. Se dice que en mayo aconsejó al primer ministro israelí, Yehud Olmert, que Israel debería entregar el área en disputa de las Granjas de Sheeba en el límite con el Líbano y Siria, así como devolver los prisioneros libaneses.
Supuestamente, Olmert no consideró que esto fuera necesario. Sin embargo, tener prisioneros a 300 libaneses y cerca de 10 mil palestinos (todos los del primer grupo y muchos del segundo sin ningún cargo ni juicio) ha demostrado ser una fuente importante de irritación para los pueblos árabes de la región.
Un grupo de prisioneros que probablemente se beneficie de la situación actual son los jordanos que se encuentran en cárceles israelíes. Jordania, aliada de EU y uno de los dos países árabes que ha firmado un acuerdo de paz con Israel, anteriormente no había podido lograr la liberación de sus 30 prisioneros. Es muy posible que ahora sean los primeros en ser liberados.
No obstante, con todo lo importante que son, los prisioneros no son el punto central del asunto. El verdadero problema es el unilateralismo adoptado por los principales partidos que han gobernado Israel. Tanto las retiradas no coordinadas desde el sur del Líbano (por el Partido Laborista, después de 22 años de ocupación) y desde Gaza (por el Likud tras 39 años de ocupación) demostraron que no se puede sencillamente evacuar un área y olvidarse del asunto. La población de esos territorios debe quedar con gobiernos e instituciones seguros. Por ejemplo, en el nivel más básico, la gente del sur del Líbano necesitaba mapas de las áreas donde Israel había colocado minas, pero nadie los entregó.
El unilateralismo por el que votaron abrumadoramente los israelíes en las últimas elecciones se basa en la idea de que, de algún modo, es posible lograr seguridad levantando muros y barreras físicas. La lluvia de cohetes de Hizbulá y Hamas ha demostrado lo equivocados que estaban. Y sin embargo, a pesar de que desde Cisjordania no se han lanzado cohetes contra Israel, no hay razón para que los palestinos que allí viven no recurran a esas armas si se siguen erigieron muros en su territorio e Israel sigue comportándose de manera arrogante con ellos.
Los soldados son los primeros en reconocer que el poder militar tiene un valor limitado para el logro de una paz duradera. Ya es hora de que los líderes políticos de ambos bandos, especialmente los moderados, también lo entiendan así. Deben trabajar en conjunto y mediante negociaciones para solucionar problemas que simplemente no se pueden ni deben resolver por la fuerza bruta.
Project Syndicate. El autor es director del Instituto de Medios Modernos de la Universidad Al-Quds
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