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Reportaje especial
Panamá, martes 15 de agosto de 2006
 

CUANDO SE VIAJA EN AVIÓN.

La cordialidad perdió sus alas

María Mercedes de la G. de Corró

Dice un amigo que el dinero sirve para dos cosas: la primera, no tener que rendirle pleitesía a nadie; la segunda, viajar en primera clase. Tiene razón. Y no se trata solo de disponer de un asiento amplio; de evitar compartir el lavatorio con una multitud o de ampliar las opciones gastronómicas más allá del "pollo o pasta".

Se trata de que lo traten a uno con amabilidad. Y es que cuando se viaja en turista, ya solo falta que las aeromozas saquen un altoparlante para disciplinar a los pasajeros renuentes a seguir instrucciones. Yo, que a mucha honra comparto con García Márquez, Óscar Niemeyer y Noemí Cambell el miedo a volar, había adquirido el hábito de guiarme por sus otrora cordiales gestos: "La aeromoza está sonreída", me decía, ergo, todo marcha bien… Ahora las aeromozas no sonríen; nunca. Pasan por los pasillos dando órdenes y, si alguien les pide una almohadita, siguen de largo sin que el solicitante sepa si proceder, o no, a hacer un bollo con el suéter.

En todo caso, no hay que olvidar que ser ignorado es mejor a que lo miren mal, como suelen hacer si un pasajero, sometido a las voluntades de su organismo, se levanta para ir al lavatorio cuando todavía el carrito del café no ha concluido el trayecto de rutina. Se ha perdido la empatía, que es lo mínimo que merece quien viene de atravesar ese pandemónium en que se han convertido aeropuertos como el de Miami, que en 2005 vio pasar a 31 millones de almas. Tiene uno que rogar que los agentes del mostrador de la aerolínea encuentren las reservaciones en la pantalla; que el nombre propio o el de un homónimo no aparezcan en la lista negra del agente de migración; que a los perros entrenados no les moleste el olor del perfume que lleva. Y empacar toneladas de serenidad para soportar filas, retrasos y atropellos sin que aumenten la sudoración o las palpitaciones, no vaya a ser que los agentes encubiertos piensen lo que no es.

Uno llega al avión extenuado, ansioso por desplomarse en el asiento y proceder, entonces sí, a angustiarse por el estado de la nave, el (mal) tiempo, la pericia del piloto y los planes inmediatos de Al Qaeda. Todos pensamientos conducentes a generar ataques de pánico que, afortunadamente, son a menudo sofocados en su génesis por la llegada de nuevos pasajeros. Ellos se paran a la entrada de la fila, miran el boleto, confirman que tienen el 18 B y esperan en silencio a que el que llegó antes se suelte el cinturón, se levante y se haga a un ladito para dejarlos pasar. Si usted está en pasillo, la operación se puede dar hasta dos veces. Pero es cuando le piden repetirla por tercera vez –una familia repartida en ocho filas hace gestiones para reunificarse– que usted se calza los zapatos de la aeromoza y empieza a ver el entorno desde su perspectiva. El avión está listo para despegar y cada minuto de retraso representa miles de dólares para una aerolínea que, como casi todas, está en apuros económicos. Los pasajeros, sin embargo, no terminan de abordar. No se trata solo de los que ingresan tarde; los hay –generalmente señoras en rutas de Estados Unidos hacia América Latina– que viajan con maletines cargados a reventar y carteras que parece llevaran un muerto doblado en tres. El carry on pesa las libras permitidas y unas más, pero nunca falta un buen samaritano que se ofrezca a ayudar.

Empieza entonces la lucha para hacerlo entrar en el compartimiento superior. La señora, con una sonrisa entre estoica y descarada, espera al lado del gentil hombre, obstruyendo el ingreso de pasajeros. El asunto no concluye hasta que, viendo que el público se impacienta, la señora hace gala de una fuerza inesperada y le da al maletín un golpe que obliga al compartimiento a ceder. Luego se sienta y empieza a pasar las bolitas del rosario. Con semejante fe, ¿qué importa si el avión se raja del empellón?

Mientras las aeromozas desesperadas siguen tratando de lograr que todos tomen su sitio dentro del cilindro volador, yo me voy radicalizando en mis posiciones: imagino un mundo feliz en el que solo existan asientos de primera clase; las aerolíneas prohíban todo equipaje de mano; limiten el contenido de las carteras a billeteras, pasaportes y sudokus; cambien las demostraciones de seguridad por rutinas de relajación; y les exijan a los que padecen miedos de cualquier índole venir debidamente medicados. Después de todo, los tiempos que vivimos llaman a viajar ligeros de equipaje, literal y metafóricamente.

La autora es economista y periodista

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