| DEBATE.
Violencia, medios y sociedad
Manuel Domínguez
Cada cierto tiempo (unas tres veces por gobierno) un funcionario cae en la tentación de afirmar esto: "los medios son responsables de que la gente se sienta insegura". De inmediato el aparato medial reacciona y con editoriales, caricaturas, encuestas y noticias se encargan de facturar tales acusaciones. El resultado para el declarante es una relación deteriorada que difícilmente se logra recuperar. A los medios les queda una herida que tarda muchísimo en cicatrizar.
Esto es más o menos lo que ha ocurrido en el caso de la ministra de Gobierno y Justicia, Olga Gólcher (incluso con el director de la Policía o hasta con el Presidente). La avalancha que se le vino encima luego de declarar su malestar sobre la "forma como se expone la noticia" seguramente le prevendrá de repetir algo así. ¿Quién tiene la razón?
Por años se ha debatido el papel de los medios como generadores o replicadores de conductas, especialmente violentas. La discusión ha terminado esquinando posturas: los que acusan a los medios de generar violencia, y los que sostienen que ellos no es otra cosa que una manera de lavarse las manos ante el problema real.
En primer lugar, me parece que la afirmación de la ministra es una exageración: la violencia está allí, existe y no se la inventan los medios. Aunque no se reporte en televisión o en los periódicos seguirá allí, dañando la vida de muchos panameños. Además, los ciudadanos esperamos un uso eficiente y serio de los impuestos y por eso exigimos que contra la violencia se desplieguen políticas serias de seguridad en lugar de culpabilidades. Dicho esto, hay algo de cierto en sus reclamos.
Desde hace un tiempo la agenda noticiosa medial, especialmente la televisiva, es dominada por la crónica roja, un género antes exclusivo de los diarios tabloides. A mí me impresiona mucho sintonizar un noticiero estelar y ver que las primeras seis, siete y ocho noticias son policivas: una catarata de clips sobre arrestos menores, redadas, violaciones, colisiones, reyertas… Cambio de canal y me encuentro con lo mismo. En las internacionales se presenta un linchamiento ocurrido en un remoto pueblecito, en una remota región de un remoto país.
Las noticias se presentan cargadas de adjetivos y escasas de datos o información estadística que le permita contextualizar al televidente o lector. ¿Hay en verdad una ola de violencia? ¿Será que hay muchos más crímenes que el año pasado? ¿Cómo estamos respecto a la región? ¿Cuáles son los pronósticos? ¿Se ha logrado algún avance? ¿Se ejecutan bien los presupuestos?
Lo paradójico es que la información local, al menos gran parte de ella, es generada por la propia Policía Nacional para demostrar que está haciendo su trabajo. Las consecuencias, empero, son totalmente contrarias: luego del noticiero, la percepción que prevalece es que el país se está cayendo a pedazos por "ola de violencia". Nadie termina diciendo "oye, toda esa gente fue capturada por la Policía". Luego viene el desencuentro lógico entre autoridades y periodistas.
El resultado de esta cobertura es la imposición entre las audiencias de una sola de las realidades, la violenta, cuando todos sabemos que el país se compone de muchas otras. Este torrente sanguíneo refuerza percepciones exageradas sobre "lo que está pasando". Y una ciudadanía atemorizada, temerosa, termina pidiendo a gritos medidas cada vez más represivas, muchas veces contrarias al desarrollo de la institucionalidad democrática (aquello que nos permite andar en la calle).
En busca de una explicación a todo esto, por un lado percibo cierto agotamiento creativo en las redacciones. Porque es muy fácil ir a la Policía y o al Cuarto del Urgencias y atiborrar las cintas con hechos policivos. Lo difícil es mostrar el otro país, hacer de una historia común una excepcional. Retratar las victorias monumentales de miles de panameños por ganarse la vida honradamente, por ejemplo. En Panamá pasan demasiadas cosas (buenas y malas) como para que los noticieros se compongan mayormente de crónica roja. Allí encuentro justo el reclamo creciente no solo de autoridades, sino de muchos ciudadanos, y hasta de periodistas que ven sus espacios reducidos por la supremacía de la crónica roja.
En buena medida, por otra parte, la sociedad civil organizada actúa como un pasivo ente consumidor de violencia (sea inventada o real). Hago memoria en busca de alguna iniciativa ejecutada en defensa de la paz y la tranquilidad ciudadana y el intento es infructuoso. Esto añade gravedad al problema, porque sin la participación activa de los ciudadanos (al menos de sus organizaciones) habrá menos posibilidades atenuar los niveles de violencia, cualquiera que estos sean. Por más armas, hombres y recursos que se les de, la Policía no podrá sola.
Para los periodistas, en cualquier caso, aflora un debate al que le sacamos el cuerpo: la necesaria autocrítica. Solo un examen propio y sin apasionamientos, surgido de las entrañas mismas de la profesión nos evitaría los excesos. Como hemos preferido no hablar de autocrítica, se han generado espacios para que otros (Comisión Codificadora, por ejemplo) nos hagan la tarea. Claro que con muy malos resultados.
El autor es consultor en comunicaciones
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