| HERENCIA EN LATINOAMÉRICA.
Chávez quiere liderazgo de Castro
720773 Verónica Sardón
Buenos Aires. -Fidel Castro cumple hoy 80 años. El presidente cubano es desde hace décadas un líder natural de Latinoamérica, con un carisma que le permite remontar con creces la escasez de recursos de su país, y ha dado a la pequeña Cuba un puesto a priori desproporcionado en la política continental.
Hoy, mientras Castro envejece inevitablemente y aparecen las primeras señales claras de un deterioro en su salud, el presidente de Venezuela, Hugo Chávez, está a su lado y dispuesto a asumir el manto de paladín de la identidad y la independencia latinoamericanas.
"Te escucho como a un alumno", le dijo Fidel a su colega y amigo venezolano hace escasas semanas, en la cumbre del Mercosur en Argentina. Los dos líderes parecían inseparables en Córdoba, en una de las últimas comparecencias públicas del líder cubano antes de delegar por enfermedad el poder en su hermano Raúl el 31 de julio.
Chávez y Castro, ambos de traje, hablaron ante sus homólogos del Mercosur el 21 de julio. Esa misma noche cambiaron de vestuario y se dirigieron a la alternativa Cumbre de los Pueblos dando rienda suelta a su retórica antiimperialista ante un público de 50,000 personas.
Castro, con su característico traje militar, habló durante tres horas, mientras que Chávez lo acompañó con bufanda roja en la fría noche cordobesa.
Al día siguiente, los dos camaradas visitaron el cercano pueblo de Alta Gracia para rendir tributo al héroe revolucionario cubano de origen argentino Ernesto Che Guevara. Ambos presidentes (el cubano de nuevo con atuendo militar, el venezolano con camisa roja) visitaron la que fuera casa del Che niño y hablaron con sus amigos de la infancia.
A sus 52 años, Chávez se ufana por mostrar que tiene la venia de la figura histórica viva más importante del continente. Son puntos extra para un líder que ya tiene peso específico dadas las enormes reservas petroleras de Venezuela.
Tras el triunfo de la Revolución Cubana en 1959, con ayuda de la Unión Soviética, Castro transformó a la mayor de las Antillas, una isla pequeña y sin grandes recursos naturales, en un país comunista de enorme importancia simbólica, a sólo 150 kilómetros de la costa del mayor enemigo declarado del comunismo en el mundo, Estados Unidos. Pero podría haber quedado reducido a poco más que una piedra en el zapato de Washington tras el fin de la Guerra Fría en 1990.
Sin embargo, Castro todavía tiene gran presencia política en una Latinoamérica cuya economía sufrió mucho en los años 90 bajo gobiernos que contaban con el beneplácito de Estados Unidos.
Un líder de la talla del presidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva lo visitó menos de un año después de asumir el poder. Hasta el mandatario colombiano, el conservador Álvaro Uribe, reconoce que Castro es uno de los mandatarios que más rápido le atienden el teléfono, y el presidente cubano ha desempeñado un papel importante en las negociaciones de paz con el Ejército de Liberación Nacional (ELN).
Las relaciones de Cuba con su aliado tradicional México (el país desde el que un Castro exiliado preparó su asalto definitivo al poder en Cuba) se han deteriorado en los últimos años. Sin embargo, Cuba sigue siendo visita obligada para los políticos de la izquierda mexicana.
En este contexto, no es sorprendente que Chávez quiera dejarse ver con el líder cubano. Ambos comparten una dura retórica antiestadounidense, y los aires autoritarios del presidente venezolano son blanco de frecuentes críticas de Washington de una forma que recuerda la demonización histórica del régimen cubano.
Muchos analistas apuntan que Venezuela se ha propuesto reemplazar el apoyo soviético a Cuba. El régimen de Castro recibe hasta 90,000 barriles diarios de petróleo venezolano a precios inferiores a los de mercado que además paga en especie, enviando a Venezuela sus profesionales de salud, educación y seguridad altamente cualificados.
Venezuela, el quinto exportador mundial de crudo, está ampliamente en condiciones de cumplir esta función. Al contrario que Cuba, que padece desde hace 44 años un bloqueo económico impuesto por Estados Unidos, Venezuela envió al país norteamericano el 50% de sus exportaciones en 2005, y comerció por valor de 44,000 millones de dólares con la nación cuyas prácticas "imperialistas" Chávez critica con tanta contundencia.
Desde esta posición de relativo privilegio, Chávez busca superar a su maestro cubano.
Pese a haber sobrevivido cientos de conspiraciones e intentos de asesinato (algunas con el apoyo explícito de Estados Unidos) y a haber visto 10 presidentes en la Casa Blanca, Castro nunca logró plasmar su innegable relevancia en poder a nivel regional.
En números, Venezuela supera con creces a Cuba, con sus 25 millones de habitantes y un producto interior bruto (PIB) de 164,100 millones de dólares. La isla tiene sólo 11 millones de personas y una economía de 33,900 millones de dólares.
Chávez puede usar el comercio como arma contra Estados Unidos. El mes pasado la estatal petrolera PDVSA le redujo el flujo al gigante del norte, que obtiene de Venezuela el 11% de su petróleo, y restringió la distribución a través de la cadena de gasolineras de su propiedad Citgo. El presidente de Estados Unidos, George W. Bush, respondió simplemente con un pedido de mayor independencia energética para su país.
Al mismo tiempo, Chávez se esfuerza por diversificar el comercio de Venezuela, y busca socios más allá de Latinoamérica y especialmente en Asia para reducir el peso de Estados Unidos en las relaciones comerciales del país sudamericano.
El presidente venezolano ha insultado a Bush con apelativos que van desde "borracho" a "asesino". Ha visitado Irán (que ha prometido ayudar al desarrollo de un programa nuclear de Venezuela), y ha amenazado con viajar a Corea del Norte como en su día visitó el Irak de Saddam Hussein. Recientemente regresó de una expedición de compra de armas en Rusia.
Así, Hugo Chávez puede soñar con lograr la cuadratura del círculo de Fidel Castro: liderar una ola de nacionalismo de izquierda en las esferas de poder de Latinoamérica para erosionar la influencia tradicional de Washington en lo que históricamente considera su patio trasero.
DPA
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