| MASACRE.
Salvemos a los niños de la guerra
Xavier Sáez-Llorens
xsaezll@cwpanama.net
Mientras debatimos agriamente el futuro del Canal, nos crispamos por las inmoralidades de políticos, diputados y magistrados, nos divertimos con las "estables" ideologías de tránsfugas y partidos fusionados, nos angustiamos por el paupérrimo presupuesto del Ministerio Público, nos hartamos por la intromisión de embajadores foráneos en asuntos internos, nos congojamos por la sensible pérdida de don Néstor o nos regocijamos por las hazañas de Saladino, millones de niños mueren o se despiertan en la orfandad debido a guerras sin sentido, producto del salvajismo de la especie humana.
Datos de la ONU indican que durante los pasados 10 años, dos millones de niños han fallecido a consecuencia de actividades bélicas y muchos más han sido mutilados por minas terrestres, desplazados de su hábitat, abusados sexualmente o alistados como soldados por fuerzas armadas de heterogénea índole.
Esta vergonzosa masacre sucede con tanta periodicidad que ya pocos escritores denuncian con sus letras la bestial crueldad a la que es sometida diariamente nuestra infancia. Dan ganas de llorar, por compasión e indignación, al ver morir estas inocentes criaturas tanto por actos suicidas de musulmanes extremistas como por acciones desproporcionadas de retaliación israelí.
Los niños que viven en lugares donde la violencia adquiere cotidianidad ya han aprendido a odiar. Me resisto a creer que ese odio es suyo, no puede ser que a esas incipientes edades se tenga la capacidad de sentir una aversión tan virulenta. Es, sin duda, una inquina asimilada, inculcada por adultos que, por inconsciencia o insano interés, entienden la barbarie como el mejor camino para la consecución de sus axiomáticos fines.
Es la cara más perversa de la guerra, el adoctrinamiento de niños en la idea de que la verdad absoluta está sólo de un lado, de que el otro es el enemigo atroz y su muerte necesaria e incluso justa, de que la venganza es un recurso legítimo. Los conflictos que pudieran ser efímeros se convierten así en cruzadas sin fin, en una concatenación de hostilidades que se van librando generación tras generación sin que se vislumbre la esperanza de un final para tanto horror. Porque el objetivo ya no es dirimir una disputa ocasional, sino reducir, doblegar, humillar o acabar al adversario. Porque, parafraseando la estúpida declaración del vaquero tejano, el contrincante forma parte del eje del mal. Resulta fácil convencer a un niño en términos de "buenos y malos", sin más matizaciones. Pero es precisamente esto, la capacidad para apreciar los matices, lo que permitirá al niño, cuando sea adulto, alcanzar sus propias conclusiones sobre eventuales dilemas. Sin esa capacidad jamás podrá ser libre.
Y vivirá, sin saberlo, como esclavo de erróneas conjeturas, con la mente secuestrada y condicionada por las medias verdades y mentiras que le cuenten aquellos mismos que le educaron en el rencor más aberrante.
Es increíble percatarse que en un mundo de adultos belicosos, los más excelsos ensayos pacifistas provienen de diarios infantiles escritos desde la peligrosa clandestinidad. Quizás, el más representativo de estos fascinantes documentos históricos sea el Diario de Ana Frank, niña de 14 años que preguntaba: "¿para qué sirve la guerra y tanta devastación?", ¿por qué se gasta tanto dinero en armamento y no hay un céntimo disponible para la medicina, la pobreza y el arte? Helga Deen, una holandesa judía de 18 años también exterminada en el Holocausto nazi, narró en una carta la desesperación e histeria colectiva que se vivía dentro de un barracón, poco antes de ser ejecutada; Joseph Joffo relató sus aventuras para escapar, a sus 10 años, de los nazis en París en un testimonio denominado Un saco de canicas; y Zlata Filipovic, niña croata de 11 años, describió con gran emotividad en El diario de Zlata, la vida en la desangrada Sarajevo de hace apenas una década.
Como expresaba el novelista ruso Fedor Dostoiewski en Los hermanos Karamazov, el sufrimiento de la niñez es la principal demostración de un mundo sin Dios; la vejación de la infancia es señal contundente de una vida que carece de divinidad justa y bienhechora. Esto es un fiel reflejo, apunto yo, de que las deidades han sido inventadas por el hombre a su imagen y semejanza y no al revés, como convenientemente lo han interpretado las distintas religiones para preservar supremacía y control sobre ingenuas muchedumbres.
Si pedimos a los párvulos del Medio Oriente que hagan dibujos, veremos bosquejos de misiles, balas, explosivos, inmolaciones y destrucción masiva en lugar de estrellas, nubes, besos, fiestas y conservación ecológica. ¿Hay solución a toda esta irracionalidad? De nada sirve identificarnos con el dolor de estos niños, buscarles amparo provisional, ofrecer piadosas donaciones, reconocer el derecho a la otredad o rezar plegarias estériles.
Hay que hacer un giro dramático en nuestra forma de pensar, actuar y vivir. Sólo cuando los escolares crezcan sin adoctrinamientos religiosos, nacionalistas, racistas o xenofóbicos y evolucionen dentro de un marco de respeto, tolerancia, ética, solidaridad y amor por el prójimo, la humanidad podrá alcanzar un utópico futuro.
Las recientes declaraciones antisemitas del alcohólico Mel Gibson son claro ejemplo del odio subyacente, alimentado por leyendas y metáforas bíblicas. La clave del éxito para la supervivencia pacífica de nuestra especie está en la educación.
Nos toca a nosotros, los adultos, cambiar el rumbo de esta sangrienta historia, deponiendo mezquindades y resaltando las tonalidades grisáceas que rodean a cualquier interpretación personal de la realidad. Porque la paz no se fabrica por decreto, la paz se desea, se siente, se construye y se transmite con el pensamiento, con las palabras y con las actitudes.
¿No puede alguien librar a los niños de las manos de esos salvajes?
El autor es médico
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