| A PROPÓSITO DE LA MODERNIZACIÓN.
El Canal y la ciudad
Álvaro Uribe
El debate en torno al ensanche del Canal permite apreciar, por contraste, la distancia que existe entre otras decisiones importantes de planificación que también están relacionadas con ampliaciones, pero que no suelen ser consultadas porque nos hemos acostumbrado a que simplemente ocurran: es el caso de la expansión urbana.
Con el Canal, el asunto es sencillo: en vista de que pasar barcos grandes (post-panamax) es buen negocio, se estudia la ampliación y se consulta con la ciudadanía, para costearla con tarifas más altas que pagarán, lógicamente, esos barcos, para el mayor beneficio colectivo: claro, el Canal es de todos.
Con la ciudad, que también es buen negocio, igualmente se estudia (Plan Metropolitano, por ejemplo), pero como no se consulta ni se define cómo costear la expansión, en una voltereta inverosímil los nuevos edificios pasan a ser los favorecidos, quedando exonerados durante 20 años de la tarifa que, en justicia, deberían pagarle a la ciudad (impuesto de bienes inmuebles), para el mayor beneficio… privado: entonces, la ciudad no es de todos?
Si el Canal funcionara como la ciudad, abriría una temporada de exoneraciones ya que cada barco podría traer contenedores para los puertos, turistas para los hoteles y mercancías para la Zona Libre, por lo que el factor multiplicador de la marina mercante podría justificar ese incentivo. Pero no, no somos tan ingenuos. El Canal funciona como una empresa de alta productividad y no comete esos deslices.
La ciudad, en cambio, ha ido cediendo uno de sus principales instrumentos de control, el derecho a construir, a cambio de nada y permite que en un terreno se pueda hacer un uso tan intensivo como lo quiera el promotor. Es como si el Canal cobrara solamente por pasar los barcos, sin considerar el peso, el volumen o la carga.
El conflicto principal surge cuando, como ahora, la ciudad se hincha hasta reventar. Algunos, que consideran todo crecimiento como desarrollo, creen que como la hinchazón es crecimiento, también es desarrollo. Hace años reventó La Cresta, antes un elegante barrio pequeño y hoy muy venido a menos, víctima de la sobreconstrucción. Ahora es el turno de Punta Paitilla, cuyos residentes cada vez la pasan peor, pero no todos saben lo que les espera, pues aunque un grupo de ellos consiguió, a través de una demanda obligar a las autoridades a crear una ley urbana nueva, sus efectos se van a sentir demasiado tarde: la administración anterior del Mivi aprobó una zonificación para el corregimiento de San Francisco donde, según ellos, cabe de seis a siete veces la población actual. ¿Dónde? ¿Cómo? ¿En contenedores? ¿En lata? Tal vez sí: ahí está Punta Pacífica, un enlatado de multifamiliares ensartados como carne en palito. Vamos a ver qué pasa cuando los felices compradores se den cuenta que, entre otras cosas, sus autos no caben, que el interior del barrio parece un patio de vecindad "de luxe" o que tienen que hacer largas filas para entrar y salir.
Pero la fiesta continúa. Y estamos tan embriagados, que hemos llegado a extremos delirantes. Este mismo año, antes de sancionar la ley urbana, fue expedida una resolución creando la norma "Residencial Turístico" donde se permiten, óigase bien, 1,000 (mil) unidades de vivienda por hectárea. Creo que esto es único en el mundo. Nuestras normas actuales, las que están saturando algunos sectores de la ciudad, apenas pasan de las 300 viviendas por hectárea (1,500 personas por hectárea a razón de 5 personas por vivienda). Ahora se admite tres veces eso. ¿Dónde? ¿Cómo? Si se quedan en las Puntas, Paitilla y Pacífica, pues allá ellos. Pero recientemente se inició, supuestamente, un proyecto bajo esta absurda norma en la Avenida Balboa. Y eso es inadmisible, porque se están metiendo con nuestra Avenida Balboa, la ventana de la ciudad hacia el mar, el espacio público por antonomasia. Y ahí, teniendo como fondo el Cerro Ancón, se pretende clavar, en un terreno de apenas 7,000 metros cuadrados, una mole descomunal de 300 metros de altura, 100 metros más alta que el propio Ancón, llamada Palacio (¿palazo?) de la Bahía, presentada por su promotor como la obra más importante ¡después del Canal (!). Evidentemente, nos están tomando el pelo. Con argumentos de esa clase, la cosa parece más bien una formidable maniobra especulativa para elevar el valor de la tierra sin llegar a ningún lado. Porque para empezar, no cabe ahí, aunque la publicidad la presenta como si estuviera sola en un bosque urbano.
¿Qué nos pasa? No tuvimos suficiente con el Miramar, que estranguló la Avenida Balboa y cortó el atractivo eje visual de la Avenida Federico Boyd hacia el mar? O con el "Bulevar de la Moda" en Amador? ¿Y después qué? ¿Acaso tendremos que sacarlos del hueco en que se metieron pavimentando el mar para que puedan entrar y salir? ¿Y esto a cambio de qué si están exonerados? ¿Si no le dan nada a la ciudad como Punta Pacífica, una operación tan flagrantemente ilegal que no dejó espacio público? ¿A costo nuestro?
Tenemos que hacer algo. Aprovechemos las enseñanzas del Canal: se estudia, se plantea, se proyecta, se consulta, se ejecuta. Y, si todo sale bien, el año entrante se inician las obras y los post-panamax comienzan a pasar en 2015. Canalicemos la ciudad, decidamos todos cómo queremos su ensanche. La inversión inmobiliaria puede ser tan ciega como un topo, por eso no hay que dejarla sola, hay que orientarla. La creación de la ley urbana y, con ella, de las juntas municipales de planificación, son pasos positivos en esa dirección, para modificar el viejo estilo de desarrollo urbano a base de decisiones arbitrarias. También es una cuestión de democracia, ganada a pulso, donde podamos decidir qué ciudad queremos, donde la arbitrariedad deje de ser la norma que termina produciendo desigualdad e inseguridad y donde la urbanidad, la calidad de vida sean objetivos compartidos. Sólo entonces y tal vez a tiempo para celebrar los 500 años (2019), tendremos, según la fórmula, más ciudad para más ciudadanos y más ciudadanos para más ciudad.
El autor es arquitecto
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