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Reportaje especial
Panamá, domingo 30 de julio de 2006
 

TEXTO DE GEORGE STEINER.

El estado del entusiasmo

Emilio García Méndez

"No nos quedan más comienzos". Es con esa parca frase que se abre uno de los libros más profundos y fascinantes de los últimos tiempos, que trata en realidad, nada más, pero tampoco nada menos, del estado de ánimo de nuestra civilización. Me refiero a un texto de George Steiner, solitario representante de una erudición humanista con más riesgo de extinción que la más amenazada de las especies. Aludo aquí, particularmente, a Gramáticas de la Creación (Ed. Siruela, Madrid, 2001).

"Es precisamente el estatus de la esperanza lo que hoy resulta problemático", continúa Steiner con una moderación casi exasperante, pero que no pretende ocultar la profundidad y las características de la crisis actual. Una crisis que para quien no es todavía de sentido, es sólo porque es de sobrevivencia.

Sigue Steiner, "El liberalismo y el positivismo científico del siglo XIX veían natural la esperanza de que la extensión de la escolaridad, del conocimiento científico y tecnológico... llevaría a una mejora sostenida en la civilidad, en la tolerancia política, en las costumbres tanto públicas como privadas. Cada uno de estos axiomas propios de una esperanza razonable han sido probados como falsos. No se trata sólo de que la educación se ha revelado incapaz de hacer que la sensibilidad y el conocimiento sean resistentes a la razón asesina... la evidencia es que esa refinada intelectualidad, esa virtuosidad artística y su apreciación y la eminencia científica han colaborado activamente con las exigencias totalitarias o, como mucho, se han mantenido indiferentes al sadismo que las rodeó".

No es necesaria mucha suspicacia para confirmar las evidencias en torno a que el progreso moral no sólo no ha acompañado al progreso científico y tecnológico, sino que más bien ha ido en la dirección opuesta. Buscar explicaciones, aun a tientas, a este sin sentido será muy poco, pero tal vez ese poco es todo lo que hoy tenemos, para intentar la ciclópea tarea de refundar la esperanza. Una esperanza sobre la cual el entusiasmo es el único termómetro que tenemos disponible para verificar su existencia.

¿Será entonces que nos hemos quedado sin comienzos porque nos hemos quedado sin entusiasmo? ¿Quién duda que es el estatus del entusiasmo el que hoy resulta problemático? ¿Quién duda que casi todo el entusiasmo se encuentra hoy en las peores manos y se concentra en las peores causas?

También como entre los humanos, los parentescos entre las palabras no son inocentes. Rastrear en su etimología, que es el árbol genealógico de estas últimas, ofrece a veces resultados sorprendentes. Un ejemplo de ello son los vínculos para nada evidentes entre entusiasmo y fanatismo. En su origen, la palabra entusiasmo deriva de la palabra griega que significa arrobamiento o éxtasis, que a su vez procede de otra palabra griega que significa inspiración divina. Más clara es todavía la palabra fanático, tomada del latín fanaticus, derivado de fanum que significa templo. El fanaticus es entonces el inspirado, exaltado, frenético o servidor del templo.

¿No será entonces la colonización y cooptación del entusiasmo por el fanatismo, una hipótesis plausible para explicar la desolación, el pesimismo y la falta absoluta de entusiasmo de los hombres razonables? Un fanatismo estéticamente diverso pero, en esencia, "democráticamente" distribuido entre Oriente y Occidente.

Es probable que no haya ninguna atisbo de salida de la crisis sin reflexión y más probable aún, que no haya reflexión sin preguntas.

¿No será entonces que vale la pena intentar con fuerza y decisión liberar al entusiasmo del fanatismo, para que el primero pueda colocarse al servicio de la esperanza?

El autor es abogado y catedrático de la Universidad de Buenos Aires.

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