| ANIVERSARIO DE MUERTE.
Omar Torrijos: 25 años
Ricardo de la Espriella Toral
Veinticinco años han transcurrido desde su muerte. Un cuarto de siglo y el trigo y la paja permanecen juntos sobre su memoria: las pasiones la agitan y no permiten ver, todavía, la justa dimensión de su paso entre nosotros. Suele ser así con aquellos que marcan un punto de inflexión en la historia de los pueblos. Y eso hizo él, para bien y para mal.
Si cronológicamente una generación abarca un período de 13 años, apenas dos generaciones de panameños han nacido desde el momento su muerte. Para una inmensa mayoría de ellos su nombre es apenas una referencia en la historia, sesgada por el juicio, benévolo o condenatorio, de la mayoría, que fueron contemporáneos suyos. El tiempo, a su propio ritmo, hará lo suyo y asentará lo que de trigo quede sobre su nombre.
¿Por qué, entonces, escribir hoy sobre él? ¿Por qué no dejar que los años acomoden los hechos en su dimensión precisa? ¿Por qué ocupar un espacio de opinión pública para trazar un recuerdo suyo a partir de consideraciones personales? Porque seguramente hoy algunos solo recordarán al dictador que trastocó "el sistema democrático" en que el país vivió hasta 1968, como si aquello hubiera sido la esencia de las virtudes de la civilización, y lo que vino a partir de entonces el imperio de la barbarie. Para comenzar –y eso ya está bastante claro a estas alturas– fue la descomposición desde adentro mismo de aquel sistema lo que lo hizo insostenible con la sola convocatoria a una farsa electoral periódica. Y nuestro caso no era único en el Continente.
Quienes lo conocimos y compartimos su entorno inmediato, y damos testimonio de su voluntad decidida de sacar a los militares del poder, podemos afirmar que aquella voluntad lo hubiera llevado al punto de buscar el esclarecimiento de las responsabilidades en los excesos y desmanes cometidos durante aquellos años. Y es que él entendía muy bien que la consolidación de la democracia pasaba por la reconciliación nacional, y que además ésta no sería completa sin el reconocimiento y la expiación de las culpas correspondientes. También tenía muy claro que los militares habían extendido el entramado del poder hacia una periferia cada vez más ajena a su control, lo que hacía necesario desmontarlo gradualmente, comenzando por su propio repliegue. Él sabía que la tarea no estaría completa hasta que el último uniformado hubiera regresado al cuartel.
Las reformas constitucionales y los acercamientos con la oposición, alcanzados durante mi administración, fueron parte en verdad de un plan político concebido por él para asegurar el avance de los civiles y garantizar una concertación democrática verdaderamente sólida. Así que suyo es el mérito de aquel esfuerzo que él no pudo compartir. ¿Hubiera sido la suerte del país la misma si los militares no hubieran abortado aquel proceso reformista? En todo caso es seguro, sí, que la invasión de 1989 no se hubiera dado.
Fue un hombre capaz de ser tocado por lo mejor de su tiempo. Cuando en los días finales de su vida era escuchado con respeto por dirigentes mundiales y por quienes venían en busca de un consejo, hallaban a alguien que venía de regreso de una experiencia personal enriquecida por saber escuchar a otros, y entre estos, a algunos de los hombres más influyentes de su época. No fue el clásico prisionero del poder convencido de que en él encarna la verdad, y en consecuencia, sólo quiere escuchar en los demás el eco de sus solas palabras. De hecho, hizo de la consulta popular, en la acepción literal del término, un método de trabajo para gobernar. Le molestaba la adulación y desconfiaba de quienes echaban mano de ella para tratarlo. Muy pronto los apartaba. Le molestaba la pirotecnia verbal que suele esconder la orfandad de ideas. De esos materiales estaba hecho.
Veinticinco años se cumplen de su muerte. Sus amigos lo recuerdan. El juicio es de la historia.
El autor es ex presidente de la República
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