La política turística del Gobierno es errática y sus vaivenes pueden ser fatales porque vivimos el cuarto de hora dulce para aprovechar el potencial del país. El sector turístico ya aportó al país en 2004 más divisas que el Canal de Panamá y casi el triple que la Zona Libre de Colón. Más de 30 mil personas tenían un empleo directo en el sector y casi 75 mil más viven indirectamente de él.
Esto hace intuir que tenemos una mina de oro que no podemos dejar escapar. Pero el rumbo no está claro. No sabemos si nuestra apuesta es ser un oasis para jubilados estadounidenses y europeos, un destino para turistas de lujo en busca de golf y pesca deportiva o si buscamos un turismo sustentable de poco impacto y largo futuro.
Es probable que todas las tendencias puedan convivir, pero para ello necesitan un marco regulatorio que evite desmanes y garantice que los cantos de sirenas de la plata fácil y rápida no venzan la posibilidad de un desarrollo a mediano y largo plazo.
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