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Reportaje especial
Panamá, viernes 28 de julio de 2006
 

CALIDAD DE VIDA.

Sufrimiento y esperanza popular

Paulino Romero C.

Sólo puede hacerse justicia a la vida, a las necesidades, aspiraciones y esperanzas de un pueblo, si se tiene en cuenta la situación y condiciones de su entorno social.

Si nos detenemos en la consideración de los análisis que de nuestra época han hecho sus pensadores más destacados, observaremos que en todos ellos se pone particularmente de relieve la amenaza que se cierne sobre el hombre de nuestros días como persona sometida a los influjos intelectuales, sociales y económicos del tiempo.

La verdad es que nadie pone en duda que ello acarrea un empobrecimiento de la dimensión humana.

La sociedad de rendimiento de nuestros días, dentro de la cual la persona es estimulada predominantemente en cuanto productora o consumidora, prestadora de servicios o necesitada de ellos, exige para asegurarse rango y espacio vital que ésta adopte una postura en cierta medida egocéntrica y, eventualmente, incluso agresiva. Los imperativos objetivos y reglamentos en ella existentes dificultan tener consideración con los demás.

Por eso el sufrimiento colectivo de una gran masa de la población, de un pueblo, presupone siempre un sentimiento de aflicción de ciertas intensidad o duración así como sentirse masivamente consternados, una transformación fundamental de la capacidad de rendimiento de realización plena y de placer.

Y en cuanto sufrimiento, generalmente el pueblo lo entiende no sólo como el estar afectado en la salud física, sino también el verse dolorosamente afligido, oprimido, atormentado y necesitado.

Así se abarca también la actitud del marginado frente a su necesidad en el sentido de rechazo o aceptación, resistencia o evasión, de soportarla o reprimirla, superarla o sucumbir. Algunos sociólogos sostienen que en el sufrimiento como situación límite, el hombre topa con la frontera de lo fatal de lo cual él no puede disponer.

El marginado pareciera condenado al sufrimiento, a impedimentos condicionados por la necesidad, sobre el desencanto personal y peligro de su seguridad y de su vida, así como dependencia de los que, en razón de su autoridad o de institución, están llamados a asistirlos.

Como resultado del padecimiento de sufrimiento, surge el fenómeno de la esperanza, sobre todo en el caso de personas o grupos muy necesitados. Esperanza que en la generalidad de los casos conlleva necesariamente la ilusión pero también el desengaño.

La esperanza popular se va robusteciendo cada vez más a medida que esta esperanza surge precisamente cuando las esperanzas de la vida cotidiana desaparecen.

Todos los autores en los últimos decenios se han ocupado del fenómeno de la esperanza, la consideran como parte integrante de la existencia, parten por tanto del supuesto de que la persona o personas no pueden vivir sin esperanza, de que, dicho con otras palabras, la falta de esperanza es "lo más insoportable de todo" para el hombre.

Existe una esperanza con una expectativa indeterminada, una esperanza que sabe de lo poco que está el futuro en nuestras manos, que se da cuenta de todos los acasos y potencias ajenas a las personas que contribuyen a formar nuestro futuro.

Pero la esperanza no está precisamente fundamentada por el futuro de lo que se espera ¿con certeza ni por su cumplimento actual, sino por el pasado.

Es en el pasado donde la esperanza misma tiene su fundamento, la seguridad y la confianza de que existe de todo modo un futuro, independientemente del tipo de expectativa determinada que se cumpla en un determinado tiempo.

Para los gobiernos, sobre todo para los que se consideran democráticos, van dirigidas estas reflexiones. Corresponde a ellos (los gobiernos) tener presente que el ciudadano medio de la sociedad de bienestar, orientado hacia la vitalidad, la buena salud, educación, capacidad de rendimiento y existencia sin preocupaciones, exige un elevado nivel de vida, más calidad de vida, felicidad, participación, en los bienes materiales, una previsión social óptima en el caso de necesidad, vejez, enfermedad, accidente e invalidez. Es esta la misión fundamental del gobierno democrático, de la cual el de Panamá no está excluido.

El autor es pedagogo, escritor y diplomático

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