| CRISIS DEL MEDIO ORIENTE.
La provocación: ¿justifica la ira?
María Mercedes de la G. de Corró
Las imágenes que transmiten los medios desde el Medio Oriente -y que apenas si alcanzan a dar una idea de lo que sufren hoy los habitantes de Israel y del Líbano- entristecen a los que pensamos que no hay fin que justifique la violencia.
Hizbulá merece la condena internacional y algo más, sobre todo a la luz de los pasos dados por Israel para desocupar territorios árabes. Así lo han reconocido los gobiernos de Estados Unidos, Italia, Inglaterra y otros que, con más o menos cautela, han hecho énfasis en el legítimo derecho que tiene Israel de actuar en defensa propia.
Sin embargo, no escapa a la vista el hecho de que la respuesta israelí ante la provocación del grupo terrorista ha sido desmesurada e indiscriminada. Acabar con Hizbulá es una meta improbable porque, aun si fuese aniquilado en el Líbano, no pasaría mucho tiempo antes de que nuevas células aparecieran en otros países del área.
Y en aras de alcanzar tan lejano objetivo, se están apagando vidas inocentes; pues así como algunas bombas alcanzan objetivos terroristas, las más caen sobre territorios civiles.
Y así como hacen volar cargamentos con municiones provenientes de los países que apoyan a Hizbulá, también hacen estallar camiones con medicamentos y víveres de países solidarios.
Esta destrucción duele por Líbano y duele por Israel, porque aunque hoy los muertos los está poniendo el primero en proporción de 10 a 1, las heridas infligidas alimentarán ese resentimiento que hasta hoy ha impedido, y a juzgar por los hechos presentes, seguirá impidiendo por muchas generaciones más la convivencia pacífica en el Medio Oriente.
Es indudable que Israel fue, en un principio, víctima de la agresión de Hizbulá, pero el desequilibrio de las fuerzas desplegadas podría llevar a que termine apareciendo como victimario.
Proporciones guardadas, lo que sucede en el Medio Oriente recuerda en algo el incidente que protagonizó el ex capitán de la selección francesa Zinedine Zidane en los últimos minutos de Alemania 2006. El goleador, que en tres ocasiones ganó el premio a Mejor Jugador de la FIFA, no pudo controlar sus emociones ante las provocaciones de Marco Materazzi; y ese instante de furia incontenida lo llevó a mostrar su peor cara. Zidane pagó caro, como caro pagaron su equipo y su país. Mientras los italianos, en cuyas ligas internas se han dado los peores escándalos en materia de violación de la ética del deporte, quedaron como campeones, casi héroes.
Y con la venia de millones de espectadores, incluso algunos que –antes de ver a Zidane agredir al delantero italiano– habían estado aupando a los franceses.
En cuanto a Estados Unidos, puede que hoy los israelíes se sientan cómodos de contar con su respaldo. Sin embargo, el apoyo de George Bush -contento de que alguien pelee otra de las batallas que él quisiera estar liderando y no puede porque sus soldados tienen las manos llenas-, podría ser el peor de los favores. Y es que mientras países como Rusia, Estados Unidos e incluso Panamá hacen arreglos para sacar a sus nacionales de Beirut, millones de libaneses e israelíes enfrentan no digamos el reto, sino la necesidad, de hacer viable la vida en esos territorios donde ahora están cayendo bombas.
Y para ello se requiere de paz, una paz que a corto plazo depende de que Israel detenga los ataques –de Hizbulá no se puede esperar nada–. Si dan ahora ese paso vital, los israelíes evitarían más muerte y destrucción; y ganarían el respeto de una comunidad internacional dolida ante tanto sufrimiento innecesario.
La autora es periodista y economista
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