| AMBICIÓN DE PODER.
¿Triunfa la violencia?
Gerardo E. Martínez-Solanas
A lo largo de la historia pareciera triunfar la violencia. Abundan quienes están dispuestos a utilizarla con mayor crueldad y menosprecio hacia los derechos de los demás. Medran con la timidez de los dispuestos a la negociación, el diálogo y la reconciliación. Apuestan a que los amantes de la paz tarden en reaccionar lo suficiente a sus agresiones.
La violencia es el sello de las revoluciones, las dictaduras, los dogmatismos y la ambición de poder en todos los sectores de la vida pública. Es una lamentable constante de quienes intentan imponer su voluntad por la fuerza y con los argumentos de la mentira, la envidia y el odio.
Los mansos de este mundo, cuando no son rebaño dispuesto a dejarse apalear, reaccionan con justa indignación en la defensa de sus derechos. Esa reacción causa muchas guerras, pero no es su origen. Son guerras que aspiran a la emancipación o a la defensa de los derechos o al castigo de los abusadores.
El problema consiste en que las cosas no son en blanco y negro. Hay muchos matices. En los conflictos entre naciones hay demasiados factores envueltos en la ecuación. Habrá siempre razones e indicios para defender posiciones indefendibles. Podemos encontrar libros que defienden regímenes como el nazi o que justifican los crímenes de Stalin y de Pol-Pot. Los libros de historia están plagados de parcialidad frente a los crímenes de la Revolución Francesa y, hoy día, aún encontramos materiales escritos que glorifican la revolución cubana.
Podemos concluir que no existe la imparcialidad. Es natural inclinarse a un lado de cualquier contienda. Pero más que imparcialidad, deberíamos preguntarnos si existe la intención de buscar soluciones negociadas y de aceptar transacciones desventajosas. Los aliados durante la II Guerra Mundial cometieron errores. Nadie puede negarles, sin embargo, que intentaron la negociación y el apaciguamiento. En ese caso los amantes de la paz tardaron demasiado en reaccionar.
Las lecciones de la historia no se aprendieron. La Guerra de Corea fue producto de una agresión flagrante. El régimen del Norte nunca intentó una franca negociación ni ha tenido propósitos de transacción y reconciliación. Dejar su resultado a medias provocó las consecuencias de hoy: un país dividido donde una de las partes padece un régimen cruel con absoluta impunidad. Así llega Kim Jung Il al extremo de amenazar a los países amantes de la paz con su naciente arsenal nuclear y sus misiles.
Hay casos donde se deja hacer demasiado a los dictadores. Incluso permiten el ingresar de sus regímenes al recién creado Consejo de Derechos Humanos. No "negocian", sino que de promesas vacías pasan al capricho del poder sin intención alguna de enmendarse ni reconocer los derechos de sus pueblos.
Frente a estas realidades, vale no caer en los mismos extremismos que esos canallas promueven. La medida se deduce de la capacidad de cada parte de mantener principios universales de respeto, orden y derecho como guía de sus acciones.
Conviene hacer una distinción en casos tan complicados como el de la invasión de Irak, cuando una de las partes promueve el asesinato indiscriminado, mientras que si la otra también los comete, es inmediatamente confrontada por medios de comunicación y mecanismos jurídicos que exigen transparencia en un régimen de derecho. ¿Se debe abandonar a los pueblos oprimidos? ¿Deben abandonarse después de haberles tendido la mano, si hay en los estratos de su sociedad elementos excesivamente agresivos y crueles?
¿Debe permitirse que triunfe la violencia hasta que la única solución sea otra conflagración mundial?
Firmas Press. El autor es economista y politólogo
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