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panorama@prensa.com Un fin de semana alegre, festivo y familiar se convirtió de pronto en una verdadera pesadilla para nuestra ciudadana anónima. Luego de un recorrido por el refrescante paisaje natural de El Valle de Antón, ella y su esposo retornaban a su hogar en la ciudad capital, cuando de pronto fueron colisionados por otro vehículo en la vía que conduce a Cerro Patacón. Era finales del pasado mes de mayo y ahí comenzó una cadena de problemas. "Solo sentí el chirrido de los frenos del automóvil y enseguida el golpe contra el maletero de mi carro, un Mazda color verde", recuerda la afectada. Según el parte policial, el vehículo que los golpeó era un pick up que a su vez había sido chocado por detrás por un taxi rojo. La ciudadana anónima dijo que inmediatamente sintió un fuerte golpe en el cuello, ya que venía recostada a la puerta del lado del asiento del pasajero, pues su esposo conducía. Luego de la colisión, el primero en bajarse fue el taxista al que, según algunos testigos, se le notaba que había tomado unas cuantas copas de licor. Explicó la ciudadana anónima que unos automovilistas que estaban en el área les dijeron que el taxista no era el que venía manejando, sino una muchacha a la cual le calculaban unos 19 años de edad, y que al hablar también se le sentía el olor a cerveza. Casi una hora después de ocurrido el choque llegó un agente de la Policía de Tránsito. "Todo fue un enredo. El taxista estaba sumamente nervioso, quería manipular la situación y hasta se echó la culpa de todo", recalcó nuestra entrevistada. Dijo que su esposo le preguntó al agente por qué no se le hacía un prueba de alcoholemia al taxista, pero éste, sin poner mucha atención, le contestó que en todo caso "todos deberíamos hacernos esta prueba". Elaborar el parte de tránsito demoró más de una hora, mientras tanto nuestra ciudadana anónima se retorcía del dolor en el cuello. Al final, el agente casi a regañadientes les entregó a todos los implicados una citación para el juicio de tránsito y a la única lesionada le dio un formulario para que fuera a Medicina Legal a examinarse. Para evitar las largas filas en Medicatura Forense y examinarse lo antes posible y poder obtener una incapacidad médica expedita, nuestra ciudadana prefirió recibir atención en una clínica privada. En el hospital particular la ayuda fue rápida, pero a la hora de pagar los gastos se enteró de que el taxista no tenía su automóvil asegurado, por lo que tuvo que gastarse una plata que no tenía presupuestada para que le pusieran un cuello ortopédico. La ciudadana pensó que todo había quedado allí y que solo tenía que esperar a curarse. Pero no fue así: también era necesario que asistiera a la audiencia porque aparecía en el parte como lesionada. A pesar del esfuerzo que hizo para asistir al juicio, el proceso se suspendió porque no tenía una certificación de Medicina Legal sobre la lesión sufrida. El juicio se reprogramó para la semana siguiente. Antes de dirigirse otra vez al juzgado, la ciudadana madrugó para ir a Medicatura Forense a recoger la documentación que le habían pedido. Cuando llegó, sin desayunar, se encontró con una larga fila de personas, algunas con los ojos hinchados por golpes propinados por sus "media naranja", niños con brazos enyesados, mujeres pintadas con coloretes, con lentes oscuros y que maldecían a todo aquel que las tocara, sin contar los vendedores ambulantes que ofrecían desde pastillas de menta, toallitas de buseros, cigarrillos hasta empanadas frías y chichas calientes. Apenas al mediodía se la atendió, pero solo para decirle que no le podían entregar el informe porque tenía que regresar a la clínica privada, donde se había atendido primero, para que le dieran un certificado que sirviera de base para hacer la documentación requerida en Medicina Legal. Cuando volvió a la clínica privada las cosas no fueron tan rápidas, pues tuvo que esperar a que llegara el médico que la había atendido. Al final, cuando logró el documento y lo llevó a Medicatura Forense, le dijeron que el papel que pedía se demoraba varios días y que sin duda perdería la fecha del juicio, como en efecto pasó. El juicio se reprogramó para septiembre, cuatro meses después del accidente. Hoy, nuestra ciudadana anónima está a la espera de que se haga justicia, pero tiene muy pocas esperanzas. Lo único bueno de todo esto, según dice, es que no quedó con ninguna complicación del accidente, solo con el amargo recuerdo de todos estos engorrosos trámites burocráticos. Además en Panorama
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