| CLIENTELISMO POLÍTICO.
El modelo transaccional
Carlos Guevara Mann
La buena política posee un componente idealista y otro pragmático, y el buen político es el que, teniendo (y manteniendo) sus principios, posee también capacidad para transigir sin renunciar o comprometer las normas superiores a que se atiene. Esa es la buena política, como dije. Acá, donde impera la mala política, la politiquería putrefacta y vomitiva, sobreabunda el elemento transaccional y escasea-casi como agua en el desierto-el ingrediente normativo. Habría que analizar las causas de ese imperio del quid pro quo particularista y cómo prolifera a lo largo y ancho del sector político-tanto en el PRD como en los partidos que no están en el gobierno (llamarlos "de oposición" sería elevarlos a un sitial que no les corresponde). Pero no es esa la tarea que deseo emprender hoy, sino comentar con usted, amigo lector, algunos ejemplos del fenómeno señalado.
Usted, como yo, presenció con estupefacción cómo hace algunos años un partido que se opuso con la mayor vehemencia a la dictadura de los militares y sus lacayos civiles-cuyos dirigentes aguantaron palo, plomo y exilios, y que decía estar fundado en valores democráticos y preceptos del humanismo cristiano-se amancebó con el PRD (cuya trayectoria tremebunda es la negación de aquellos principios) en aras de la supervivencia electoral. Cuando a sus dirigentes se les reclama esa conducta oportunista, replican que los principales partidos "civilistas" también se han entendido con el PRD, en la Asamblea y en unos pactos non sanctos. Lo cual es cierto y deplorable, aunque el Partido Panameñista y el Molirena todavía no han llegado al extremo de establecer una alianza permanente, seudo programática y duradera con el partido de los cuarteles y las osamentas, como lo hizo el Partido Popular. Aquellas uniones han sido coyunturales y temporales, lo que no las excusa, pero por lo menos las coloca unos centímetros menos cerca de la cloaca del oportunismo total. Es bueno recordarles, a manera de advertencia, estas incidencias vergonzosas a quienes pretenden dirigir el Partido Panameñista y el Molirena durante los próximos años, a ver si de esa manera recobran la brújula y abandonan los conciliábulos en restaurantes y las tratativas en yates pesqueros.
Lo anterior nos sirve de marco de referencia para examinar dos incidentes recientes que son vivo ejemplo del clientelismo imperante y evaluar, aunque sea someramente, sus efectos perniciosos. Hace unas semanas, con el voto entusiasta (a rabiar) de las fracciones de gobierno y oposición, la Asamblea Nacional aprobó una ley que adiciona disposiciones al Código Judicial, sobre la investigación y procesamiento de los diputados por actos delictivos o policivos, mediante la cual se instituye un fuero procesal en favor de los diputados. Dicha ley instituye privilegios repulsivos y constituye una afrenta al sistema democrático, por lo que algunas organizaciones civiles y la Procuradora General de la Nación le solicitaron al Presidente de la República que la vetara. Un día en que el público estaba entretenido con las finales del mundial y el tira y jala del plan nacional de desarrollo, sin embargo, don Martín procedió a firmarla, luego de lo cual fue publicada, con inaudita rapidez, en la Gaceta Oficial (la No. 25.582 de 6 de julio de 2006, para mayor precisión).
En vista de la cultura política transaccional que prevalece en nuestro medio, era poco probable que el Presidente de la República accediera a la petición de la procuradora Gómez. Interesado como está en que la Asamblea ratifique sin demoras ni complicaciones el proyecto de ley que aprueba la construcción de un tercer juego de esclusas, es de suponer que el gobierno está abocado a crear en la cámara un clima de mayor "receptividad" a sus iniciativas. En Panamá, es frecuente que dicha "receptividad" se logre a través de la concesión de privilegios y ventajas particulares a los diputados. Se trata de un clientelismo nefasto y perjudicial a los intereses nacionales, pero que funciona muy bien entre los integrantes de los órganos del Estado.
Algo similar-sugiérenlo mentes suspicaces-ocurrió con el "no se puede-sí se puede" de un tribunal en relación con las aspiraciones reeleccionistas del sátrapa de la Transístmica. No tenga usted duda alguna de que después de la decisión inicial de suspender la candidatura, alguien en las esferas más encumbradas haya recordado el excelente manejo que el candidato tiene con grupos "problemáticos" y el control extraordinario que ejerce sobre algunas corrientes levantiscas. En el debate sobre el polémico proyecto de ampliación del Canal, dicho control viene como anillo al dedo para impedir que las protestas de movimientos adversos a la propuesta desencadenen en una situación de desorden, similar a la que se suscitó cuando el gobierno anterior botó al profesor Jované de la Caja de Seguro Social, a finales de 2003.
Ambas transacciones convienen enormemente a las partes más directamente involucradas. Para el país, sin embargo, son altamente perjudiciales, en términos de igualdad ante la ley, administración de justicia y calidad de los servicios públicos.
Panamá no avanzará hasta que el sector político decida morigerar el elemento transaccional con una buena dosis de moral pública y adhesión a principios. Infortunadamente, a los partidos no les interesa superar ese modelo que tantos beneficios individuales ha producido a sus usufructuarios.
El autor es catedrático de Ciencias Políticas y consultor internacional
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