India está hoy más cerca de nosotros. Ayer, siete explosiones abrieron una herida profunda en la capital financiera de India que va más allá del horror de la muerte y la devastación.
Es la misma herida profunda que aún no ha cicatrizado en Nueva York, en Madrid, Londres o Bali: la de la inseguridad, la de la vulnerabilidad, la de la sinrazón. La violencia nunca llega con una lista de explicaciones ni hay excusa que justifique el terror indiscriminado. El mundo hoy es más pequeño gracias a la tecnología de la información, pero también debe ser más solidario por razón de esta amenaza constante y calculada.
La pregunta clave es cuál debe ser nuestra reacción más allá del estupor. La guerra no parece haber calmado la sed sangrienta de los enajenados que matan por su dios, su bandera o su causa. La paz, ese anhelo de la humanidad que la historia nos muestra esquivo, debe ser un objetivo sin matices, una búsqueda sin atenuantes, una necesidad vital más allá de intereses geopolíticos o económicos. La capacidad de convivir los unos con los otros es, probablemente, el único recurso a disposición de nosotros, los civiles. |