| EDUCACIÓN.
La maestra Eme
Berna Calvit
bdcalvit@cwpanama.net
Así la llamábamos. Fue mi maestra, la de mis hermanos y de cientos de estudiantes a los que se dedicó con entusiasmo y vocación a lo largo de sus años de magisterio. Creo que nunca, al referirme a ella, la he llamado por su nombre sin anteponer el título de maestra, que honró y llenó de contenido. La maestra Eme era de aterciopelada piel oscura; su cabello, brillante y ordenado a punta de "plancha", lo peinaba con sobriedad, sin extravagancias, características, también, en su vestir; siempre almidonada y planchada (aún no había aparecido el poliéster), parecía que las arrugas tenían un pacto de no agresión con ella.
Mi inolvidable maestra, de humildes raíces costeñas, escogió el camino de la enseñanza, igual que sus hermanas; no sé si lo hizo porque lo deseaba y era su vocación, o porque el magisterio ofrecía estabilidad y un salario fijo aunque magro.
Puesta a decidir, me inclino por creer que lo hizo porque nació para ser maestra; no encuentro mejor explicación para su entusiasta dedicación a la enseñanza.
En aquellos años la doble jornada nos permitía ir a casa a almorzar. Al despedirnos con un respetuoso coro de "Hasta luego, maestra", allí quedaba la maestra Eme con "un cerro" de cuadernos, revisando las tareas de la mañana, que después nos entregaba calificadas, con observaciones escritas con la bella letra que tratábamos de imitar, inútilmente, en mi caso. Recuerdo su voz, de timbre enérgico, pero amable; su esmero en el buen uso del idioma, y la reiterada solicitud de que aprendiéramos a pronunciar bien las vocales: "Abrir bien la A, bien mar-ca-da para que elefante no suene como elefente. ¡Y dejen la pereza para abrir la boca!". La maestra Eme no era paciente con los majaderos, pero sí para explicar y aclarar dudas; para escuchar nuestras penas, rabietas, o alegrías. Una maestra de tal calibre no cae en el olvido, todo lo contrario: su recuerdo se atesora.
Mi madre, señora muy apegada a sus responsabilidades de mamá, no nos perdía pisada con los asuntos escolares. De manera que era inevitable que entre ella y la maestra Eme surgiera un fuerte vínculo que nos puso, a mí y a mis hermanos, bajo "vigilancia especial"; una observación, comentario o nota de la maestra Eme sobre conducta, tareas o calificaciones era casi un decreto real: su palabra pesaba como oro, y nada de llegar con cuentos de que "lo que pasa es que la maestra no gusta de mí", ni nada parecido. Si osábamos quejarnos recibíamos como respuesta de nuestra madre una fulminante mirada y un apabullante silencio: el criterio justo y correcto de Eme no se ponía en duda. La entrega de boletines, que resultaban agradables tertulias, se hacía en la noche y asistían padres e hijos; las maestras, no solamente la maestra Eme, muchas veces sacrificaban su hora de almuerzo o de salida, para sentarse a ayudar a algún rezagado.
La maestra Eme fue presencia respetada y estimada en nuestra familia y siguió siéndolo hasta después que las "medias al tobillo" ya habían desaparecido de mi ropero.
Los tiempos cambian y aquella vida, más cómoda y sosegada quedó atrás. La ciudad empezó a crecer desmesuradamente; se abandonaba el pueblo y el campo para buscar trabajo en las ciudades; la población estudiantil creció a la par, no había suficientes escuelas, se implantó la jornada única pero aún así, había sobrecarga de estudiantes por salón, factor perjudicial para la buena enseñanza; las relaciones entre maestros y estudiantes se hicieron distantes: la vida escolar, tal como yo la conocí, dejó de existir.
No quiero pensar, ni por asomo, que ya no hay maestros con la calidad humana, la dignidad, y la formación cultural y humanística de mi maestra Eme. Sé que los hay. Pero es una realidad que la formación de los maestros ha desmejorado y de maestros mediocres... enseñanza mediocre. No es criticable aspirar a mejor salario pero sí que pongan más empeño en lograrlo que en exigir mejores programas educativos; es censurable que las actividades gremiales y de protesta reduzcan las de por sí insuficientes horas de estudio.
El artículo "Las clases de 38 minutos" de la profesora Ileana Golcher, (La Prensa 12/12/05) señala que el tiempo real de clases en nuestras escuelas públicas es uno de los más reducidos de América Latina: 34 semanas que incluyen períodos de exámenes, 15 días de vacaciones, y por diversas razones, clases reducidas a 18-20 minutos.
Además de paros, huelgas, cierres de calle y de escuelas (por falta de agua o por un nombramiento), ¡vaya la cantidad de fiestas y eventos que celebran maestros y alumnos! Que si el aniversario de la escuela, la semana de la familia, del ambiente, del cocuyo, del aguacate, y siga usted. ¡Hasta el dichoso Halloween acorta clases! Las deficiencias en la educación nacen de múltiples factores negativos identificados pero no solucionados. Si, "de ñapa" los estudiantes son formados por maestros apáticos, poco interesados en enriquecer (aunque sea un poco) su bagaje cultural y en representar, dentro de la sociedad lo que mi maestra Eme representaba, entonces estamos "listos y servidos". "La educación, más que cualquier otro recurso de origen humano, es el gran igualador de las condiciones del hombre, el volante de la maquinaria social", dijo Horace Mann, educador norteamericano. Bien lo sabía mi maestra Eme.
La autora es comunicadora social
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