Cuando la fatalidad toca a la puerta ajena parece más lejana, pero las cifras revelan que hay más de 750 vecinos, conocidos, amigos, compañeros o parientes que cada mes son víctimas de algún accidente de tránsito. Ni hablar de las 450 almas que cada año dejan de estar a nuestro lado para hinchar las frías estadísticas de muertes.
Independientemente de las campañas y de los operativos, no hay más eficiencia que la propia voluntad de los que estamos tras el volante. La tan cacareada prudencia y la tolerancia frente al desorden automovilístico cotidiano, es la poderosa garantía de librarnos de una experiencia traumatizante. Un siniestro vial marca la vida de la víctima sobreviviente, pero también ensombrece la del victimario que llevará a cuestas la responsabilidad del hecho.
Por ello, si todos –tanto transeúntes como conductores– ponemos una cuota extra de mesura en las calles, lograremos un bajón en los índices de atropellados hasta que resulten cifras poco alarmantes con la feliz noticia de una significativa disminución de la mortalidad vial. Depende de nosotros.
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