| CARTAS DESDE EUROPA.
Guerra de sexos
Camilo José Cela Conde
Los científicos andan todavía a la greña por culpa de un estudio publicado en la revista British Journal of Psychology durante el pasado año. El trabajo establecía como cierta la existencia de una ventaja en la inteligencia de los varones universitarios, con 4,5 puntos porcentuales por encima de las mujeres cuando se mide el coeficiente de inteligencia de unos y otras.
El asunto se ha discutido ya las suficientes veces como para que, si existe algo cierto, esa certeza establezca que la discusión dista mucho de ser mantenida en términos estrictamente científicos. Como se recordará, en marzo del año pasado los miembros del claustro de la Facultad de Ciencias y Letras de la muy prestigiosa universidad de Harvard decidieron por votación secreta exigirle al rector, Lawrence Summers, el abandono de su cargo a causa de una conferencia en la que éste sostuvo que es una disposición innata de inferioridad la que hace que las mujeres ocupen un puesto secundario en las carreras académicas de ciencias y matemáticas. El terremoto a que dieron lugar las palabras de Summers, y la consiguiente exigencia de su dimisión, tuvieron poco que ver con la metodología científica utilizada para certificar (?) la superioridad masculina. El problema consiste, en realidad, en que si medir de manera objetiva la "inteligencia" es dificilísimo, hacerlo cuando andan por medio variables como el sexo o la etnia es imposible, sin más. La avalancha gigantesca de prejuicios en todos los sentidos convierte la empresa en desesperada.
¿Por qué se vuelve, entonces, a la discusión acerca de lo mismo? Porque la polémica entre Steve Blinkhorn y los autores del estudio del British Journal se refiere a cuestiones técnicas. En concreto, a los métodos estadísticos utilizados y que, a juicio de Blinkhorn, no sólo se basarían en errores de concepto, sino que serían, en realidad, un disfraz cientifista encaminado a dar por buenos los tópicos como aquel lanzado en la conferencia del rector de Harvard.
La mayor dificultad que hay para introducir variables científicas en el ya proverbial enfrentamiento entre mujeres y hombres es la de nuestra actitud. Nos manejamos muy bien con los tópicos, y hacemos (o hacíamos) excelentes aproximaciones sobre la guerra de sexos que dieron lugar a películas tan divertidas como las de George Cukor, Ernst Lubistch o Frank Capra.
En estas últimas semanas el tópico ha hecho fortuna con la retransmisión de los mundiales del fútbol y las divisiones por sexos en las familias al respecto. Pero ir más allá del latiguillo banal e incluso gracioso es tarea ardua. Algunos hechos son claros: si bien el sexo femenino es ya mayoría en las aulas universitarias, los puestos de responsabilidad en las facultades y grupos de investigación quedan, de lejos, en manos de los hombres y sobre todo en las carreras de ciencias. Pero atribuir ese "fracaso" a unas diferencias innatas, como hizo Summers, supone un ejercicio de pura especulación.
Lo más curioso de la polémica es, a mi entender, que la pertenencia al sexo sea tomada como una bandera de combate.
Las diferencias individuales entre las personas son gigantescas en materia de éxito académico o, ya que estamos, de éxito en la vida, sin más. En comparación, ser varón o ser mujer proporcionan —si es que la diferencia existe— un bagaje mínimo. Da la impresión, pues, de que el mundial de fútbol viene a ser más pertinente de lo que parece.
Presumir de sexo supone la misma bobadita que dar como mérito propio el triunfo de Francia o Italia.
El autor es escritor
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