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Reportaje especial
Panamá, viernes 30 de junio de 2006
 

Cartas desde Europa.

La semántica de la guerra

Camilo José Cela Conde

"Terrorismo" es una palabra polisémica. Abarca desde las acciones de guerra abierta que se dan hoy en Irak a las algaradas callejeras de las que las sucesivas intifadas suponen el caso más persistente.

Pero el concepto es en sí mismo parte del esquema de la confrontación continua en la que llevamos instalados desde que terminó la guerra fría y apareció una forma distinta de lucha de poderes.

Las acciones de violencia extrema de hoy son calificadas de manera muy diversa por los distintos actores y, así, lo que los gobiernos occidentales llaman terrorismo se entiende como acto heroico contra el enemigo en el otro bando. La guerra alcanza también el campo de batalla de las palabras.

Las autoridades militares estadounidenses eliminaron hace poco la distinción profunda entre terrorismo y acto de guerra al calificar los suicidios de los presos de Guantánamo.

Hasta ahora, había sido un dogma el considerar los golpes terroristas como algo muy distinto a la guerra abierta, aunque solo fuese porque la guerra iguala en cierto modo a las dos partes en liza.

Al acuñar el concepto de "guerra asimétrica", el comandante del centro de internamiento de Guantánamo, el almirante Harris, quiso mantener el estigma sobre los terroristas a la vez que reconocía que sus acciones tienen un propósito bélico.

Pero los estigmas también sirven a los propósitos de quienes convierten el insulto o el desprecio en bandera. Más aún si los hasta ahora terroristas han logrado que se les considere combatientes en una guerra total.

La guerra continua de hoy pasa por fases diversas. El Irak de estos meses no es el de la invasión: es distinto y, en cierto modo, peor, porque las pocas convenciones vigentes en materia de guerra abierta desaparecen cuando se ha entrado en los esquemas de la guerra asimétrica. Pero las fronteras en términos de miseria y dolor se difuminan dentro de la escalada permanente hacia la guerra total.

Los blindados del ejército israelita se encuentran formados frente a Gaza cuando se escriben estas cuartillas. La intención de los estrategas de Tel Aviv es la de responder al secuestro de un soldado judío con la invasión. Se trata de un episodio que indica muy bien las condiciones de la guerra asimétrica; algo, por otra parte, común en Palestina.

Pero cabe preguntarse qué es lo que quieren los contendientes cuando se libran tales batallas.

Lo que buscan los terroristas —o los mártires heroicos, si se quiere— parece claro. Es dudoso, sin embargo, qué es lo que se pretende conseguir con actos de guerra abierta como puede ser una invasión militar de Gaza o la propia aventura de la segunda guerra del Golfo.

En principio, parece que el sentido mismo de esas empresas guerreras sería el de dar una especie de marcha atrás recuperando la situación anterior a los actos terroristas.

El propósito se antoja, sin embargo, absurdo. El terrorismo duro, el que va más allá de las revueltas en la calle en que intervienen los adolescentes, e incluso de lo que parece vivir sus momentos finales en Irlanda y el País Vasco, no es probable que tenga una solución estrictamente militar.

La guerra asimétrica es una guerra, pero distinta. Los ejércitos que contienden en ella están difuminados y el campo de batalla no tiene ninguna localización específica. El 11 de septiembre del 2001 perdimos mucho más que una cantidad ingente de vidas humanas. Perdimos una manera de nombrar las cosas que persistía desde la emergencia de nuestras primeras civilizaciones: la distinción misma entre la guerra y la paz.

El autor es escritor

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