| COMPLEJOS RETOS.
Partidos políticos y democracia
689145Roberto Cuéllar M.
Uno de los mayores desafíos de la nueva agenda para la democracia americana, en medio de este superabundante año electoral que se inició en Honduras en noviembre del 2005 y que terminará en Venezuela en diciembre próximo, se refiere, sin duda, a los retos y dilemas que enfrentan los partidos políticos.
Hoy, todo el hemisferio, incluidos los grandes países de Norteamérica, enfrentan una serie de complejos retos que van más allá de las antiguas concepciones de democracia local. Cada país vive su propia experiencia, pero todos tenemos en común el hecho de que la democracia no viene de la nada ni se sostiene en el espacio político per se: nace de elecciones nacionales históricas y se hace sostenible en virtud de un tejido institucional sólido y permanente, del cual los partidos políticos son piezas esenciales de funcionamiento y de desarrollo.
Una visión integral de la democracia nos obliga a considerar la celebración de elecciones libres, periódicas, justas y confiables, como un aspecto del sistema democrático que no puede ni debe disociarse de otros componentes del mismo, entre los cuales tiene un lugar central la existencia de un sistema de partidos políticos igualmente confiable, eficiente y representativo. Desde el punto de vista democrático, no hemos avanzado mucho si contamos con organismos electorales eficaces pero carecemos de partidos políticos confiables y capaces de representar los intereses ciudadanos.
Como se pone de manifiesto tras el análisis más somero, la existencia de un sistema eficaz y confiable de partidos políticos es una de las claves de la gobernabilidad democrática, no solo por cuanto están llamados a representar los intereses ciudadanos en el foro político por excelencia –el Poder Legislativo–, sino también por las funciones de control político que deben ejercer sobre el Ejecutivo. Siendo la nuestra una región donde los sistemas presidencialistas son inmensa mayoría, los partidos políticos presentes en el Parlamento tienen la doble misión de fungir como soporte y como contrapeso del Ejecutivo. En ausencia de cualquiera de estos elementos, asistiremos de manera casi inexorable a los excesos o a la parálisis del Ejecutivo. En este sentido, los partidos políticos de las Américas tienen una enorme responsabilidad en el llamado "desencanto democrático" que durante las últimas décadas ha venido apoderándose de la región.
Los retos que enfrentan los partidos políticos en toda América Latina son enormes y numerosos. Muchos tienen que ver con la organización y democratización interna de sus estructuras, otros se refieren más bien a su financiamiento y sostenibilidad, y otros más a la cultura política y democrática que prevalece en la región.
En la coyuntura presente, el principal desafío en la estructura de partidos está en el campo institucional. Sin partidos confiables y fuertes, la democracia continúa expuesta a graves riesgos de inestabilidad. La ciudadanía latinoamericana tiene un evidente desencanto por la falta de resultados en el desempeño de los partidos. La consecuencia parece ser un desplazamiento desde los partidos tradicionales –en notoria decadencia muchos de ellos–, hacia otras fórmulas de agrupamiento político.
Este fenómeno no es casual ni se construye sobre hechos aislados. Las más recientes votaciones ponen de manifiesto que nuestros pueblos demandan un compromiso abierto y urgente con la democratización partidaria: tenemos partidos tradicionales y nuevos, hay agrupaciones antiguas y grupos emergentes, pero a todos les cuesta pasar el examen de la democracia de hoy.
En varios países de América, la democracia nació por necesidad. Cuando los esquemas autoritarios se desvanecieron por implosión y colapsaron a raíz de graves violaciones a los derechos humanos, las elecciones fueron la mejor herramienta de la ciudadanía para canalizar su apuesta fundamental por la democracia.
Ahora tenemos numerosas elecciones y son los cuerpos electorales independientes la mejor garantía de la justicia y de la confianza en la consulta comicial. Hemos construido democracia política por la regularización del calendario de elecciones. No obstante, junto a la democratización partidaria tenemos pendiente la tarea de tejer una moral colectiva basada en la práctica de las virtudes públicas que se ha relegado completamente.
Un país tiene lo que produce: cultura y política. Si una región necesita algo debe prepararlo y generarlo. ¿Qué ciudadanía estamos generando? ¿Cuál es el nivel de participación socio política de la juventud? ¿Ha disminuido el asociacionismo juvenil entre los partidos políticos? ¿Qué educación sobre valores democráticos se imparte desde la primera edad escolar?
El IIDH ha venido insistiendo en que la clave del desarrollo de la cultura política está en el cumplimiento del Art. 13.2 del Protocolo Adicional a la Convención Americana sobre Derechos Humanos en materia de Derechos Económicos, Sociales y Culturales, aceptado por 19 países del hemisferio. Se trata de crear un ámbito pedagógico y curricular para socializar en los valores morales de nuestros ordenamientos constitucionales y de derechos humanos. Se trata de analizar dentro del sistema escolar los problemas sociales de nuestro tiempo y de motivar pedagógicamente la participación en la defensa de la democracia y de los derechos humanos mediante la ética de la responsabilidad y de los deberes de la ciudadanía.
Pero la escuela no lo puede todo. En la vida política de hoy, la ciudadanía es a la vez el fruto de un cultivo diario y cotidiano en que los medios de comunicación deben tener un rol activo.
Tras cinco años de investigaciones en 19 países de América, en el IIDH nos seguimos preguntando: ¿son la prensa y los medios realmente parte de un sistema que fomenta valores que deben de ser transmitidos regularmente, o tan solo son canales de producción de noticias deprimentes de la vida de los partidos, de las peores facetas de la campaña electoral y de la corrupción generalizada en las sociedades de América?
Por primera vez en la historia reciente de nuestro hemisferio, nos proponemos la necesidad de un nuevo marco de desarrollo político más autónomo para la región. Tras décadas de un pasado que poco a poco se supera, en la región se despliegan consensos sobre la democracia que, también por primera vez, la tienen calificada como un derecho humano y derecho de los pueblos en la Carta Democrática Interamericana.
Las elecciones en América han reconfigurado el mapa político, y los recientes resultados son una muestra de que la ciudadanía se ha cansado del enfrentamiento entre modelos de desarrollo y políticas unilaterales. No obstante nos hallamos ante un cambio significativo: mantenemos la cautelosa esperanza de que aprenderemos a pasar necesariamente a una agenda de institucionalización de los partidos y de eficacia en la cohesión social, como lo propone la Carta Democrática de las Américas.
Estamos todavía a tiempo de que los partidos generen esa emoción de libertad y de participación que tanta falta hace a las campañas electorales, y de que renueven el encanto por el quehacer de la política que tanto ha menguado en la región. De allí que hoy nuestro énfasis sea el de consolidar la íntima relación e interdependencia de todos los derechos civiles, económicos, sociales y políticos en la agenda de la democracia para las Américas.
Estos son temas y desafíos que debemos tener en cuenta: hoy es cuando debemos aprovechar los logros democráticos que nadie imaginaba hace un cuarto de siglo. No les agreguemos exasperadas señales de pesimismo y seamos más realistas cuando invoquemos la causa de los derechos políticos de los pobres en la región.
El autor es director ejecutivo del Instituto Interamericano de Derechos Humanos (IIDH)
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