| CULTO MUNDIAL.
Circo sin pan...
Daniel R. Pichel
dpichel@cardiologos.com
Y comenzó "Alemania 2006". Si queremos describir lo que hace un Mundial de Fútbol, podemos decir que el mundo se detiene ante el caprichoso movimiento de una pelotita blanca con negro de la que dependerá buena parte de la alegría, la angustia y la tristeza de un alto porcentaje (siempre hay "diferentes") de los habitantes de nuestro curioso "planeta azul".
Durante treinta días, nos olvidaremos que en Panamá hay un Canal que tenemos que decidir si lo modernizamos o lo dejamos como si el mundo y el comercio marítimo no hubieran cambiado en cien años; que tenemos un defensor del pueblo digno de una película de los tres chiflados; que contamos con una Asamblea que daría risa si no fuera porque hace llorar; y que los panameñistas están escogiendo a un capitán para que les dirija el próximo (y posiblemente el último) naufragio.
Durante las próximas cuatro semanas lo más importante serán las filigranas de Ronaldinho y Cristiano Ronaldo, los pases de Riquelme y de Beckham, los goles de Borghetti, Messi, Drogba y Schevchenko o las paradas de Leahman y Casillas.
Por alguna razón, este deporte llamado fútbol se transforma repentinamente en una especie de culto colectivo mundial, sin odios, sin discriminación y sin amenazas, donde la deidad es el balón, los sacerdotes los jugadores y los templos los estadios. Sin distinción alguna de clase social, creencia o color de la piel, todos (bueno… casi todos) nos reuniremos alrededor de una pantalla de televisión a comernos las uñas con cada jugada, gritaremos, saltaremos y nos daremos abrazos cuando nuestro equipo anote un gol o sufriremos y lloraremos en el hombro del vecino si lo recibimos o si nos sancionan con un penal.
Ningún espectáculo en el mundo se compara con esta fiesta donde treinta y dos equipos se juegan la vida (o al menos las piernas) con el objetivo de pasar a la siguiente ronda, ganar un partido o levantar una copa. Mientras, esos más o menos setecientos jugadores generan alegrías y levantan pasiones en un ejército de fanáticos a quienes nunca conocerán pero que los han convertidos en ídolos que, por momentos, parecen casi invencibles.
Pero, en esta "fiebre futbolera" no todo es bueno. Mucho se logra gracias a una maquinaria de mercadotecnia multimillonaria que no escatima en pagar millones de dólares a uno de estos jugadores para que usen sus zapatos, vistan su camiseta, tomen su bebida o coman su helado. Allí está la paradoja… ¿cómo puede un mundo donde hay tanta gente que no tiene qué comer permitir que se utilice dinero en cosas tan secundarias como patrocinar equipos o fabricar zapatos deportivos? La patológica sociedad de consumo en que vivimos permite que un balón oficial cueste más de cien dólares y que "la camiseta oficial" cueste más que dos barriles de petróleo (y eso ya es decir…). Lo curioso, es que nuestra deformada visión de la sociedad justifica (basado en un principio derivado de la oferta y la demanda) que un futbolista gane un salario infinitamente mayor que un investigador científico que se pasa la vida detrás de un microscopio o con un plato petri en la mano, tratando de encontrar la cura para alguna de las enfermedades que diezman a la población mundial.
Mientras se destruyen toneladas de granos para evitar la "caída" de los precios internacionales del trigo o se venden a precios prohibitivos los medicamentos necesarios para tratar a la gran población de africanos que padecen de sida y que no pueden comprarlos. Nos damos el lujo de invertir millones en anuncios de televisión para ser vistos durante un partido "taquillero" de la Copa Mundial.
En fin, todas estas paradojas, no hacen más que confirmar que la especie humana está sufriendo una terrible crisis de valores que tarde o temprano traerá consecuencias sociales. Cuando el deporte es más importante que la lucha contra las enfermedades, anotar goles tiene más mérito que descubrir una vacuna o detener un penal vale más que luchar contra la hambruna en África, los principios por que se rige nuestra conducta como especie, están muy enfermos.
Sin embargo, como no podemos cambiar miles de años de humanidad en un mes, disfrutemos el espectáculo que nos ofrecen los alemanes durante las próximas cuatro semanas (espero que gane España aunque pareciera estar entre los clásicos Brasil, Alemania, Argentina o Inglaterra). No perdamos la esperanza de que algún día, podremos compartir toda esta alegría que generan los goles y los campeonatos, en un mundo donde las cosas verdaderamente importantes estén en vías de resolverse. A fin de cuentas, sigue siendo válido aquello que dice que, para evitar problemas, nada funciona mejor que la tradicional combinación de "pan y circo"… o en casos extremos "solo el circo"...
El autor el médico cardiólogo
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