| EL DETERIORO DE LOS VALORES.
Juventud en éxtasis
Sibila Ortiz Perigault
Hace unos días empezaron a llegar a mi correo de internet las palabras de una señora que acababa de sufrir la pérdida de un familiar por un caso de atropello y fuga. Nuevamente el chofer del carro resultó ser una persona muy joven quien al captar lo grave de su acción huyó para buscar refugio en su casa, ubicada en una de las más exclusivas áreas residenciales del país. Para suerte de todos los panameños, un taxista responsable la siguió e informó a las autoridades sobre su paradero.
¿Por qué ocurrió esto? ¿Sería por el nerviosismo? O simplemente porque sabía que en casa papi y mami lo resolverían todo como, según los medios de comunicación, ya le habían resuelto unos días antes el atropello (y fuga también) de un miembro de la Fuerza Pública.
Lastimosamente estoy 100% segura que este caso quedará impune.
Pasará exactamente igual que con el atropello en la vía Tumba Muerto, donde una joven en su BMW atropelló a una madre y su hijo, quien murió. Papi y mami mandaron el carro al taller para cubrir la evidencia, y eso que la madre de la jovencita laboraba en el Ministerio Público. El resultado del juicio creo que fue "imprudencia del peatón".
Recuerdo aquel hijo de alguien muy conocido en los ámbitos empresariales que hace unos años mató, estando totalmente ebrio en su 4 x 4, a tres jóvenes odontólogos recién graduados. Papi y mami lo sacaron del país horas después del "accidente" y se quedó unos años en Estados Unidos, los cuales aprovechó tranquilamente para estudiar y regresó fresco y tranquilo. No recibió el repudio de sus amigos ni conocidos y forma parte del más selecto grupo de empresarios jóvenes, en cambio los tres muertos, muertos están.
Así mismo pasará con este caso. Así mismo pasa con los buseros que acaban con la vida de medio mundo.
Y saben qué... es nuestra culpa (aunque yo no debería incluirme en ese grupo). Es nuestra culpa porque somos malos padres, sí, abran los ojos, somos la peor generación de malos padres que ha existido jamás (y esto es a nivel mundial).
Primero, a nuestros hijos los crían las empleadas, nanas, prácticas. Mientras más niñeras tenga una familia, mejor. Segundo, estamos más ocupados en nuestros trabajos que en saber qué ocurre en nuestro hogar, es más, nos aburre llegar a casa a ver tareas, problemas escolares o simplemente interesarnos en lo que hacen nuestros hijos.
Entonces, en nuestro tiempo libre vamos al gym, de shopping, a jugar golf, al salón de belleza, etc. Nos preocupamos más por nuestras cirugías plásticas y la próxima reunión de ejecutivos o la inauguración en Atlapa de cualquier tonto stand que por hablar y compartir con nuestros hijos.
Para cuando llegan los fines de semana (de El Valle, Coronado, Punta Barco, etc.) en vez de disfrutar tiempo con nuestros hijos estamos haciendo vida social y generando contactos comerciales, dejándolos a ellos en manos de empleadas incultas y permisivas o, para mantenerlos lejos, les damos motos y fourwheels para que se vayan a " molestar a otro lado", etc.
Cuando nos sentimos culpables ¿qué hacemos? Les hacemos regalos. Les damos carro demasiado pronto, les damos mucho dinero y no nos interesa saber en qué lo gastan. Celebramos los 15 años de nuestras hijas en discotecas donde sí consumen licor. Consentimos y hasta pagamos las cirugías plásticas a nuestras hijas adolescentes, aunque sepamos que un busto de silicón es un objeto sexual para exhibirlo y usarlo, por lo que les mandamos el mensaje que apoyamos el sexo libre. También promovemos la compra y el uso de vestimentas vulgares y actitudes nada humanas. Ya nadie enseña cortesía, valores, cívica, menos una religión y ni siquiera enseñamos a usar los cubiertos en la mesa.
Se perdió el respeto por los mayores y es porque nosotros mismos ya no respetamos a nadie. Tenemos hijos como para cumplir con nuestro papel en la sociedad. Entonces, cuando a nuestros hijos los agarran en la calle vamos y los sacamos de la cárcel y así seguimos, tapando sus "travesuras de chiquillos".
Si chocó un carro, qué importa "el seguro paga todos los daños". Estaba borracho... "ah bueno, pero si yo también tomaba a su edad", decimos. Entonces, ¿de quién es la culpa de lo que está pasando?
Lastimosamente es 90% de papi y mami y el otro 10% de la "sociedad".
Con diferentes características, esto ocurre en todas las capas sociales y este caso, como los demás, quedará impune y en el olvido… la culpa es de todos nosotros, por darle poco valor a la justicia, a nuestras vidas y a nuestras familias; por no actuar como padres que verdaderamente quieren que sus hijos sean personas correctas, por no querer enseñar ética a nuestros jóvenes.
Gran parte de la culpa por todo lo podrido de esta sociedad está en la educación que la juventud recibe en su propia casa... ¡no podemos tapar esa dura verdad!
La autora es periodista
Además en opinión
• Un nuevo sentido de ciudadanía: I. Roberto Eisenmann, Jr. • Juventud en éxtasis: Sibila Ortiz Perigault • Una gran encrucijada: Rómulo Castro García • Aumenta la delincuencia, ¿qué hacer?: Ameth Cerceño Burbano • El fin de un suplicio: Irene Hernández González
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