| UNA FUERZA ESCALOFRIANTE.
Crece la amenaza jihadista
685219Betty Brannan Jaén
laprensadc@aol.com
Washington, D.C. -Entiendo que entre analistas internacionales se debate si la invasión de Irak es el error más colosal de toda la historia en la política exterior estadounidense o solo el más grave error desde la Guerra de Vietnam.
La situación actual en Irak es gravísima, advierte Fawaz Gerges, profesor en Sarah Lawrence College y autor de tres libros sobre el mundo musulmán. Gerges me dejó fría cuando lo oí decir el jueves que la guerra estadounidense en Irak ha fortalecido el movimiento jihadista, que actualmente cuenta con unos cien mil adherentes nuevos que son más fanáticos y violentos que el antiguo Al Qaeda liderado por Osama Bin Laden. Aunque esos cien mil jihadistas representan un segmento minúsculo de la población musulmana, la fuerza del nuevo movimiento jihadista es escalofriante cuando uno recuerda lo que solo 19 hombres lograron hacer en los ataques del 9-11 en Nueva York.
Según Gerges, el movimiento jihadista -"jihad" significa "guerra santa" para los musulmanes- nació en los años 70 y siempre ha sido una lucha religiosa que rechaza la "decadencia" del estilo de vida occidental y la noción occidental de separación entre gobierno y religión. Según esta perspectiva, por ejemplo, Anwar Sadat (presidente de Egipto de 1970 a 1981) fue asesinado no porque había firmado un pacto de paz con Israel, sino por actos inmorales como permitir que su esposa bailara con Jimmy Carter durante una recepción en la Casa Blanca.
Pero el movimiento jihadista, explica Gerges, ha pasado por tres generaciones. La primera generación, en los años 70, se concentró en "el enemigo cercano" (es decir, gobiernos de la región musulmana) y por ratos contó con apoyo estadounidense (de allí la ironía de que Bin Laden fue inicialmente un aliado de Estados Unidos). La segunda generación fue la de Bin Laden, que dispuso atacar "al enemigo lejano" (Estados Unidos), con dos propósitos: Uno, mostrar la debilidad estadounidense y dos, provocar que "la serpiente", enfurecida, atrajera nuevos enemigos al lanzarse ciegamente contra todo el mundo musulmán.
Según esta tesis, los ataques de 9-11 fueron "una trampa" y George W. Bush cayó redondo en ella. Al final de 2002, dice Gerges, Al Qaeda estaba "en un coma", muy debilitada. Los jihadistas de la primera generación consideraban que 9-11 había sido un error garrafal y Al Qaeda -sitiada física e ideológicamente en Afganistán- se había quedado sin posibilidad real de reclutar miembros nuevos. Solo faltaba que Washington le pusiera un clavo final al ataúd. En vez de hacerlo, sin embargo, Washington inició una guerra contra Irak que no solamente le dio nueva vida al movimiento jihadista, sino que ha creado una tercera generación de jihadistas tan fanáticos y brutales que no les molesta matar a musulmanes. "Lo que Estados Unidos ha logrado con la guerra en Irak es revivir a Al Qaeda, dotar a Al Qaeda de armas ideológicas y radicalizar la opinión publica musulmana", dice Gerges. Peor aún, Al Qaeda es ahora solo una parte pequeña del movimiento jihadista, que está reclutando jóvenes -a veces de solamente 14 años- en toda la región. Por más que Bush disemine retórica muy bonita sobre su deseo de democratizar a Irak, Gerges advierte que esa guerra es vista en el Medio Oriente como "un proyecto imperial" y cada atrocidad cometida por soldados estadounidenses abanica un anti-americanismo que ya estaba a nivel intenso. Mientras tanto, reconoce Gerges, los pobres soldados estadounidenses en Irak (donde han muerto 2,500 de ellos) están atrapados en un callejón sin salida entre insurgentes fanáticos y un pueblo hostil (unos 200 mil iraquíes, dice, han muerto en esta guerra). Eso explica los abusos que están saliendo a la luz pública, pero también ilustra cómo Washington se ha empantanado en una crisis de su propia creación: retirarse ahora de la "guerra contra los terroristas", que Estados Unidos no está ganado, sería reconocerle un triunfo a los terroristas. La única salida posible, recomienda Gerges, es que Washington haga una retirada escalonada, pero relativamente rápida de sus tropas (en 18 meses, digamos), bajo la premisa de "entregarle Irak a los iraquíes".
Aquí debo decir que me opuse desde el principio a la guerra en Irak. Entre otras consideraciones, escribí el 16 de febrero de 2003 que "temo que esta guerra abanicará el terrorismo contra Estados Unidos en lugar de derrotarlo". Hoy veo, con alarma, que ese temor se ha hecho realidad y que todos pagaremos con sangre los errores de Washington en Irak.
La autora es corresponsal de La Prensa
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