Panamá se ha propuesto el reto de convertir el istmo en destino turístico, con tesoros que ofrecer y rutas por descubrir. Para ello no bastan las campañas publicitarias. Los panameños tenemos que ser autocríticos en más de un aspecto.
El esfuerzo de país tiene que incluir un cambio cultural que va más allá de una sonrisa a los turistas: la calidad de la atención que dispensamos a propios y visitantes en los establecimientos es, en el mejor de los casos, mediocre, por no decir que invariablemente mala. En estructura física, facilidades y organización, el reto es enorme.
Y si bien es cierto que a través de los ojos de los turistas aprendemos a valorar muchos de los atractivos que usualmente pasan desapercibidos a los istmeños, también el turismo deja en evidencia la necesidad que tenemos –como sociedad– de mejorar costumbres, de elevar el bagaje cultural y de invertir en infraestructura básica, que va desde servicios sanitarios públicos y señalización vial, hasta parques, museos y obras públicas de calidad.
Una duda queda despejada: las inversiones que hagamos en esta materia, es dinero y esfuerzo bien valorado y con réditos asegurados.
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