| HAY QUE DEJAR EL JUEGA VIVO.
Panamá ¿en el primer mundo?
Xavier Sáez-Llorens
xsaezll@cwpanama.net
A raíz del dilema por la ampliación del Canal, se ha mencionado que Panamá puede entrar en el primer mundo si el ensanche se convierte en realidad. Después de asistir a varias conferencias pro y contra, la última organizada por ILDEA, mi voto será afirmativo. La ACP cuenta con panameños altamente capacitados, serios y con notable credibilidad. El rechazo obedece a un variopinto repertorio de razones, muchas de las cuales responden a resentimientos sociales o políticos, pesimismos o sofismas malintencionados.
Desde una perspectiva técnica, la decisión parece una cuestión de sentido común, a veces el menos común de los sentidos. Seguramente, habrá empresas que se beneficiarán económicamente del proyecto, pero si lo hacen de forma legítima no sufro escozor alguno. Al fin y al cabo, el dinero, después del sexo, representa la más grande motivación humana. El que diga lo contrario es eunuco, farsante o cadáver.
Aparte de cierto temor por la disponibilidad hídrica futura, mi principal preocupación es sociológica. ¿De qué sirve que el Canal sea una máquina confiable de producir dinero si esta bonanza no se hace tangible en el desarrollo equitativo del país? Considero imperativo que el gobierno trace un plan nacional de ejecución de proyectos sociales concretos (educación, salud, trabajo, transporte, vivienda, seguridad, erradicación de pobreza) con base en una asignación definida de los excedentes monetarios y que éste sea fiscalizado por panameños independientes de reconocida honestidad y trayectoria ética.
Imaginar que entraremos en el primer mundo con solo mejorar los ingresos estatales, aparte de ridículo, me parece una ofensiva perogrullada.
Cómo entraremos al primer mundo si no hay políticos o empresarios corruptos tras las rejas; si los escándalos pasados fueron confabuladamente archivados; si diputados y magistrados gozan de anticonstitucionales privilegios y cobran por inasistencias o ficticias vacaciones acumuladas; si se legisla para que el águila arpía ampare el escudo patrio cuando, por las patrañas de los "honorables", debería haber un talingo en el emblema; si no se develan los que financian campañas electorales; si un pistolero sale del país para jugar fútbol en vez de estar marcando goles en el patio carcelario; si la mayoría de nuestros estadios y campos deportivos parecen potreros abandonados; si nuestra educación pública es de calidad tercermundista y los jerarcas educativos maltratan el idioma hablado y plasmado; si nuestra universidad nacional es un albergue de crónicos maleantes, falsifica diplomas y tolera desmanes estudiantiles a cambio de votos para rectorías o decanatos; si la investigación biomédica transita por un mezquino empedrado burocrático y la generación de patentes tecnológicas es notoriamente escasa; si hay que ser panameño para investigar o servirle a la ciencia nacional; si la puntualidad es llegar, como máximo, una hora tarde.
Cómo, si nuestras mujeres rurales no tienen acceso a la anticoncepción universal; si no hay educación sexual adecuada ni píldoras de emergencia en escuelas públicas; si no se facilita la adquisición de condones por adolescentes; si miles de mujeres humildes abortan en pocilgas sépticas mientras las pudientes lo hacen en instalaciones estériles; si se forma una alharaca moral por escolares que salen de casas de ocasión sexual cuando esto sucede a diario a lo largo del país; si nuestras tasas de mortalidad infantil y materna son todavía inaceptablemente elevadas; si los médicos festinan con sus horarios estatales; si se agotan medicamentos imprescindibles en farmacias de la seguridad social; si hay que madrugar para conseguir atención sanitaria o cupo quirúrgico; si los medios de comunicación son tribunas de charlatanes predicando medicina alternativa fraudulenta y supersticiones de toda índole o de chamanes, psíquicos o chiflados autodenominados médicos del cielo.
Cómo, si nuestro transporte colectivo es una trampa de muerte y su troglodita dirigencia es una manada de subnormales; si el ruido en las ciudades supera, con creces, los decibeles tolerados por nuestros oídos; si los conductores abusan de la bocina en cada intersección; si los taxis y buses circulan en impune anarquía; si nuestras calles y avenidas parecen suelo lunar; si no hay agua potable en muchas comunidades; si vísceras de pollos tapan alcantarillas; si 40% de la población vive en la pobreza y nuestras etnias indígenas exhiben índices educativos y sanitarios de villas africanas; si las tabacaleras tienen más poder que los ministros de salud; si tenemos a un ofensor de defensor.
Cómo, si nuestros principales periódicos están plagados de sacerdotes o creyentes fanáticos que evangelizan desde un púlpito no parroquial, tachan de herejía a toda apostasía y censuran El Código de Da Vinci pero promueven la Pasión de Cristo; si el gobierno necesita invocaciones divinas para ganar legitimidad; si las procesiones religiosas -imitando arengas sindicales o estudiantiles- obstaculizan el tráfico a terceros por importantes carreteras; si se pretende legislar para leer la Biblia en septiembre; si se tilda de inmoral al que no sea cristiano; si hay más iglesias y cantinas que museos y bibliotecas.
He obviado numerosas actividades tercermundistas que ocurren cotidianamente en Panamá.
Estoy convencido que, si todos nos lo proponemos, algún día venceremos nuestro asfixiante subdesarrollo. Hay que dejar el juega vivo, ser solidario con los demás, servir a la patria con honradez, invertir vigorosamente en educación y salud para todos, eliminar las descaradas prebendas, combatir la intolerancia y discriminación por razones de sexo, credo, etnia o cultura y evitar copiar ideologías foráneas extremas, de derecha o izquierda, que estancan el desarrollo social o económico de nuestra sociedad.
Decir que la ampliación del Canal nos transportará al primer mundo es un chiste de mal gusto. Así no me gusta reír.
El autor es médico
Además en opinión
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