Lo que han perdido los indígenas que han llegado a Jaqué desplazados por la violencia nadie se lo puede restituir. El mayor problema que genera el desplazamiento forzado en estas comunidades es el desarraigo.
Esta gente, acostumbrada a vivir de y con la tierra, a trabajar duro cada día para garantizar la subsistencia, no se adapta fácilmente a una situación donde no hay tierra propia que pisar ni actividad digna que realizar. Por eso, lo único que se puede hacer es darles la cobertura de protección internacional que merecen, tratarlos como lo que son –seres humanos que han sido obligados a huir de su lugar de origen– y, al mismo tiempo, reforzar la presencia estatal en Jaqué.
Los habitantes de esta localidad darienita han demostrado con creces su generosidad con los desplazados, acogiéndolos por encima de sus posibilidades y con menos ayuda oficial de la que se supondría. Con esta nueva oleada, el Ejecutivo tiene la oportunidad de demostrar su eficacia y su concepto de solidaridad que, por supuesto, debe ir más allá de la reconstrucción de la pista de aterrizaje o de algunas declaraciones bienintencionadas.
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