| CARTAS DESDE EUROPA.
Procesos de paz
Camilo José Cela Conde
Aunque la comparación entre el Ulster y el País Vasco se ha hecho ya numerosas veces, tantas que se han agotado ya casi todos los términos posibles de contraste, la coincidencia en el tiempo de lo que podríamos llamar un paso hacia la normalización en cada una de las dos zonas de conflicto nacionalista con presencia del terrorismo que aún existen en la Unión Europea obliga a volver sobre aquello que une y aquello que separa las aventuras independizantes irlandesas y vascas.
Esta semana se ha puesto de nuevo por fin en marcha el parlamento autónomo de Irlanda del Norte, tras un cierre que se mantenía desde hace nada menos que cuatro años. Si la reapertura sale bien, y si los partidos políticos que forman la cámara legislativa se ponen de acuerdo, tal vez sea posible recuperar para el Ulster unas cotas de autonomía que, incluso en ese caso, se encontrarían bien por debajo de las que tiene ya ahora, sin necesidad de mayores discusiones, Euskadi. Esta semana también, pero en España, la noticia política relacionada con el País Vasco es otra: la entrevista interminable que ETA ha concedido al periódico vasco Gara. La banda representada por los encapuchados (en el supuesto de que lo que entendemos bajo el concepto de representación exista en esas circunstancias), los terroristas, digo, no se conforman ni por asomo con lo que para el Ulster es un objetivo soñado. El lenguaje usado por la banda sigue siendo el mismo que antes pero, por lo menos, se expresa ahora mediante palabras y no bombas ni balas. Pero el contraste entre una y otra vía de reivindicaciones es gigantesco y obliga a plantearse si, tras el anuncio de la tregua "permanente" por parte de ETA, hay lugar para la esperanza en España.
No lo habría más que para el Ulster si se ciñe uno a la comparación estricta. Cuando ETA sostiene que no es negociable nada en los términos políticos actuales que imperan en España. es decir, los derivados de la Constitución de 1978 y el desarrollo autonómico procedente de sus pautas, la vista se va de inmediato hacia la isla del norte y lo que es negociable allí. La conclusión a sacar es tremenda porque la diferencia entre uno y otro caso se mide en la capacidad de entender la pluralidad de los pueblos en el Reino Unido y en España.
Allí donde los británicos han concedido libertades autonómicas con cuentagotas, y empleando el freno e incluso la marcha atrás como respuesta al terrorismo, en España ha dado lugar a una transformación del Estado hacia una fórmula que, en ciertos aspectos, va incluso más allá de la federal. Se ha puesto de manifiesto muchas veces que las cotas de autonomía de Euskadi son, de lejos, las más amplias que existen en toda Europa dentro de cualquiera de los Estados que forman la Unión. Pues bien, esa circunstancia que, de acuerdo con los objetivos de quienes reivindican el derecho a la autodeterminación habrían de ser razón más que sobrada para estar satisfechos, se convierten en lo contrario. Porque en la España autonómica hay ya poquísimo margen para conceder a Euskadi un autogobierno mayor.
En una cosa, sin embargo, coinciden el Ulster y el País Vasco. En el expreso hartazgo de la mayoría de la población de los conflictos sin sentido, de la tensión perpetua, de la violencia absurda.
Los ciudadanos de uno y otro país quieren bienestar, seguridad, servicios; un futuro mejor para sus hijos, en suma.
¿Autogobierno también? tal vez. Pero con una conclusión inevitable. En el Ulster se suspira hoy por aquello que Euskadi hace años que ya consiguió.
El autor es escritor
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