| CANAL DE PANAMÁ.
Los discursos de la ampliación
Pedro Ernesto Vargas
El lunes me fui entusiasmado a participar de una reunión organizada por el Instituto Latinoamericano de Estudios Avanzados (ILDEA). Participar porque, como todo ciudadano, me debo y le debo a los demás, "un ejercicio social". Ese ejercicio ha de ser responsable, no temerario; preciso, no conjetural; honrado, no falso.
Allí encontré una variada audiencia que, unas veces parecía atenta; otras, buscando distracción. Para algunos, como yo, la presentación de los invitados debiera ser rigurosa, seria y objetiva. Y, en ese marco, fue decepcionante que no se cumpliera a cabalidad con ello. Quiero señalar que las presentaciones de la Autoridad del Canal de Panamá, a cargo de Francisco J. Míguez P., José Barrios Ng y Rodolfo R. Sabonge, cumplieron con esa directriz científica y ese respeto por la audiencia. Las otras, de Keith Holder, Roberto Méndez y Marco Gandásegui, lo que hicieron fue, entre recuerdos de antepasados propios y fenicios, improperios, mentiras, irrespetos personales y atrevidas sugerencias o discursos recitados de prodigiosa memoria y mejor malicia, darle a su presentación una rica muestra de falta de argumentos, que no fueran más que aquellos que se cuecen en el resentimiento, en el compromiso ideológico y político o en agendas de insospechadas dimensiones.
No hay maldad al oponerse al proyecto de ampliación del Canal de Panamá. La maldad radica en otro espíritu. Contrario a lo que se le debe y adeuda a este país, el debate sobre la ampliación del Canal se ha impregnado de intereses e intenciones -unos claros, otros obscuros- alejados de la objetividad, de la precisión, de la consistencia y de la veracidad. Y, me atrevo a decir lo que otros susurran, porque alejarse de un debate necesario, serio y responsable solo puede obedecer a mezquinos propósitos.
Ni siquiera la ignorancia genera tal grado de imprecisiones, tanta contradicción entre lo que se critica y cómo se actúa, tal recurrencia de argumentos incorrectos o falsos, tal predilección por la injuria, ni tanto gesto y expresión de ira y de revancha. Mucho menos el mismo discurso social, que convierte toda actividad nacional o iniciativa gubernamental en una sin sentido. Me refiero específicamente a enarbolar por enésima vez la denuncia de que no tenemos un "Plan Nacional de Desarrollo", ni sabemos "qué clase de país queremos", y, porque no tenemos si sabemos, entonces la nación tiene que paralizarse hasta que lleguen los mejores hombres a salvarla, aunque vengan montando morbosas cabalgaduras. Lo oímos cuando se discutieron las reformas tributarias, lo volvimos a oír cuando se discutieron las reformas a la Caja de Seguro Social y lo vamos a seguir oyendo hasta que sus cansados interlocutores levanten la cabeza y dejen de mirarse al ombligo.
La ampliación del Canal de Panamá mediante la creación de un tercer juego de esclusas es necesaria para darle sentido a nuestra posición geográfica, cumplir con nuestro compromiso de servicio al negocio marítimo mundial y mejorar los ingresos nacionales de este recurso envidiable para otras naciones y regiones del mundo.
La ampliación del Canal de Panamá no es para acabar con el desempleo en la República, pero generará empleos. La distribución de nuestras riquezas no es una función de la Autoridad del Canal de Panamá, ni las riquezas que el Canal de Panamá genere son para repartir detrás de una ventanilla, pero obligan a quienes administran el Estado a validar la equidad y la justicia, prioritariamente para con los que menos oportunidades tienen, de tal forma que tengan acceso y gocen de ellas y crezcan como personas y como ciudadanos. El Canal de Panamá es un negocio. Es un negocio nuestro. El negocio está para rendir ganancias a sus dueños. Y las ganancias son para crear riquezas, no pobreza. Solo los mendigos se regocijan en la pobreza.
Debemos exigir respeto en la discusión de este asunto nacional. No tenemos por qué aguantarnos acusaciones temerarias de ladrones para los miembros de la junta directiva o el administrador de la Autoridad del Canal, o de embusteros y suplantadores de evidencias para profesionales y técnicos altamente capaces que ejercen delicadas labores en el Canal de Panamá, o burlas y maledicencias para con los miembros de un panel donde se deben respeto entre ellos y le deben respeto a su audiencia. Esta vez, estos señores le deben las excusas a ILDEA.
El autor es médico y miembro de ILDEA
Además en opinión
• En el día del médico: Rafael Pérez Ferrari • El mandamiento de Hábeas Corpus: Manuel J. Bennett • Los discursos de la ampliación: Pedro Ernesto Vargas • Los migrantes ilegales sí quitan empleo: Milton Vargas Jurado • Dañar sin medir consecuencias: Obenis Iván Cáceres
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