| ‘LA TACITA DE ORO’.
Surgir de entre las cenizas
Luciano Lim R.
Nací en Colón en los albores del año 53. Así que conocí la "tacita de oro" de América; el Colón saturado de mil colores, el Colón progresista y que, sin darnos cuenta, un día se nos fue. No sabemos en qué momento la alegre ciudad se fue convirtiendo en un triste y violento escenario; en qué momento sus hijos, aquellos que alimentó desde su vientre, fueron emigrando en busca de mejores días. Los que nos quedamos, a mi parecer los más valientes, nos aferramos aún por ver a Colón resurgir de sus cenizas.
Hoy, por ejemplo, Colón apuesta por recuperar su imagen de ciudad caribeña y turística. Proyectos gubernamentales y privados así lo atestiguan. En el sector privado es colosal el desarrollo de los Cuatro Altos con inversiones en infraestructura que compiten con lo mejor de Latinoamérica. De igual forma, el número de empresas extranjeras que esperan en fila para entrar a la zona franca, es sorprendente. Qué decir de los puertos que compiten entre sí por agigantar sus instalaciones. O el anuncio de la puesta en marcha del malogrado Cemis ahora en manos de nuevos inversionistas. Y como si fuera poco, el auge en el sector de bienes raíces e inmobiliarias que repunta asombrosamente. Colateralmente, pero de manera menos planificada, el sector gubernamental está invirtiendo en Colón.
No obstante, una parte de la ciudad, parece no despertar de la indolencia que la caracterizó en las últimas décadas. El flagelo de la violencia y la proliferación de pandillas oscurecen todas las acciones de progreso que se erigen sobre la ciudad. Los problemas sociales son graves.
Las otrora calles anchas y limpias se achicaron de tanto acumular miseria. Y no deseo traer lo político a esta reflexión, pero es obvia y patética la incompetencia de los administradores de la ciudad.
¿Qué había en el Colón de ayer que nos hizo a muchos orgullosos de la tierra que pisábamos? Eramos un pueblo noble lleno de leyendas.
Corrríamos despreocupados bajo la incesante lluvia y nos echábamos cada sábado un chapuzón en la playita. Los chinitos de las tiendas (aunque no lo crean) nos daban ñapita. Nuestros padres, por ejemplo, aunque escasos de educación, supieron darnos amor e inculcarnos respeto a nuestro prójimo y enaltecieron ese sentir por lo nuestro, "sentido de pertenencia" que le llaman.
Contábamos con maestros que sembraron en nosotros tremendos valores. Muchos de ellos fueron extranjeros, pero mostraron ser más colonenses que el "arroz con coco". Por mencionar algunos: el profesor Sánchez Balibrea en el colegio José G. Vega, el profesor Valencia, en el Abel Bravo, las madres franciscanas, Los padres paulinos y jesuitas y muchos, muchos otros que ahora escapan de mi mente.
Surgir de entre las cenizas no es una proeza exclusiva del Ave Fénix, es una complicada tarea en la que deben participar todos los actores de nuestra sociedad. No es un reto del gobierno por sí solo o de los padres o de los maestros, ni tampoco de la iglesia de forma separada. Es un compromiso ineludible de cada colonense, un compromiso que exigirá sacrificios y un cambio cultural revolucionario. Si todos los colonenses estamos dispuesto a contribuir con lo poco o mucho que tengamos, no importa en qué parte del país nos encontremos, ni el color que tengamos, ni la clase social a la que pertenezcamos, si todos nos empeñamos con pasión, sólo
entonces veremos a Colón surgir de entre sus cenizas.
El autor es presidente de APEDE, capítulo de Colón
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