Hay costumbres que no deben convertirse en tradiciones. Y este juego de anunciar paros en la calle para forzar acuerdos en las mesas de negociación empieza a ser agotador para la población.
Primero fueron los transportistas, que con su enésimo amago de paro lograron lo que querían: nueva prórroga al subsidio del combustible y un Ejecutivo dispuesto a ceder en una época en la que lo que menos quiere son disturbios que empañen el debate sobre la ampliación del Canal.
Ahora, son los obreros de la construcción que tratan de forzar una negociación privada sobre condiciones laborales a punta de amenazar con un paro que parece más probable que el siempre dudoso de los transportistas. No se puede instalar esta costumbre en la cultura de negociación del país.
El buen ejemplo que se dio en la mesa del salario mínimo debería propagarse para evitar la incertidumbre, las amenazas y, lo que es peor, que el resto de los ciudadanos tengamos que sufrir las consecuencias de huelgas o disturbios. |