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Reportaje especial
Panamá, lunes 15 de mayo de 2006
 

COMITÉ DE DERECHOS HUMANOS.

Un voto que avergüenza y deshonra

Adolfo Enrique Linares Franco

Durante la dictadura militar, y el apoyo incondicional y plena complicidad de la "patria vieja", el pueblo panameño vivió una era de tinieblas llena de violaciones a sus más preciados y elementales principios y garantías fundamentales. Asesinatos, torturas, expropiaciones, fraudes electorales, prohibición de partidos políticos, corrupción, prensa censurada, para mencionar solo los más notorios, llevaron al país a una inimaginable postración económica y fiscal, y a la peor crisis moral, política y social de toda su historia. Sin embargo, todo lo anterior no fue óbice para que las democracias latinoamericanas mantuvieran unas relaciones cordialísimas con la dictadura militar que nos oprimía. Es más, el Grupo Contadora no solo continuó considerando al Gobierno de Panamá moralmente apto e idóneo para seguir cumpliendo en Centroamérica con su misión democratizadora y pacificadora –qué ironía-, sino que a Colombia, México y Venezuela se agregó el llamado Grupo de Apoyo, es decir, Argentina, Brasil, Perú y Uruguay. No cabe la menor duda, entonces, que el régimen militar que se instauró en Panamá el 11 de octubre de 1968 fue uno de los que más respaldo continental recibió, pese a sus constantes desafueros y a que de conformidad con la Carta de la Organización de los Estados Americanos "…el sentido genuino de la solidaridad americana y de la buena vecindad no puede ser otro que el de consolidar en este Continente, dentro del marco de las instituciones democráticas, un régimen de libertad individual y de justicia social, fundado en el respeto de los derechos esenciales del hombre".

Muchos panameños nos sentimos abandonados a nuestra suerte al ver que la comunidad internacional miraba, con indiferencia permisiva, cómo un grupo de militares y civiles sin Dios ni ley pretendía mantenerse en el poder por la fuerza de las armas, en violación de normas constitucionales y legales de elemental conocimiento, a pesar de la voluntad abrumadoramente contraria del pueblo panameño. Y es que nuestra frustración era producto de la decepción que nos causaba el hecho de no ver de parte de nuestros hermanos latinoamericanos una acción solidaria o, cuando menos, comprensiva, que nos ayudara a reconstruir la democracia y el Estado de derecho y salir del abismo negro en que nos mantuvieron los 21 años de tinieblas del desgobierno militar y de la patria vieja.

Al recuperar nuestro país la democracia, y luego de sufrir en carne propia la indiferencia latinoamericana, el Gobierno del presidente Endara aprobó reconocer como propia la Doctrina Betancourt, o en otras palabras, que Panamá no le daría apoyo diplomático ni político a cualquier régimen, sea de izquierda o de derecha, que llegara al poder a través de la fuerza militar, fraude electoral o que sea violatorio de los derechos humanos y al principio de libre determinación de los pueblos, principio que se mantuvo vigente en los gobiernos que le siguieron.

Es por todo lo anterior que no comprendemos la decisión que tomara la patria nueva al instruir a nuestro embajador en la Naciones Unidas a que votara a favor de la inclusión de Venezuela, China y Cuba en el Comité de Derechos Humanos de dicha institución. Tanto China como Cuba son dos de las dictaduras más antiguas del mundo, y constantemente se les hacen graves acusaciones sobre violaciones a los derechos humanos de sus ciudadanos. En el caso de Venezuela, si bien es un gobierno que accedió al poder de una manera legítima, la realidad es que el presidente Chávez una vez electo, se ha aprovechado de los medios del poder público para destruir y aniquilar la oposición política, la libertad de prensa y la independencia judicial, sin mencionar las constantes intromisiones en los asuntos internos de otros países vecinos.

La Cancillería y el presidente Martín Torrijos le deben una explicación pública al pueblo panameño de la razón de esta vergonzosa decisión. Y es que si bien es cierto que dentro de las relaciones internacionales es común el comprometer el voto de un país (Panamá) para conseguir el respaldo en otras votaciones, hay principios elementales a los cuales Panamá no debe renunciar ni traicionar, como lo son el apoyo irrestricto a los derechos humanos y a la democracia. Y es que estos principios no pueden defenderse a medias, a menos que la patria nueva le dé la misma valoración a la defensa de la democracia y los derechos humanos que la que demostró la patria vieja durante la dictadura militar.

El autor es abogado

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