| LA GUERRA DE LOS MIL DÍAS. MUCHOS NO ESTARÁN DE ACUERDO.
Raíces
Que nada parecido se repita
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Son dos las fotografías que les presentamos hoy. En ambas es indudable que pertenecen al mundillo militar, como de costumbre en nuestro caso, de muchísimos años atrás.
También como era lo usual en Carlos Endara, el autor de la mayoría de las fotos que utilizamos en Raíces, este nunca nos dejó datos escritos sobre ellas para que sirviesen para identificar a personajes o lugares en donde se desarrollaron las acciones que él quiso o supo captar. Y qué mal que nos ha ido últimamente con dichas identificaciones, hasta un temor más que justificado tenemos por atrevernos a opinar. De pronto y como resultado de lo anterior hemos desarrollado un complejo de mea culpa que ojalá no nos vaya a mojar.
Pero como buen (o mal) viejo, somos tenaces o empecinados y allá va nuestro parecer. Una de las fotos, la que aparece con menos soldados y con una pared de piedra detrás casi nos atrevemos a jurar (¡viejo y perjuro, que horror!) que esa fue tomada en las Bóvedas y que los cañones y posibles escopetas que están en el suelo, tienen que ver con la guerra de los mil días y que bien podían ser de las tomadas a las tropas liberales después de su terminal derrota en la batalla conocida, como la del puente de Calidonia, último acto de aquella absurda guerra entre hermanos lo que constituyó la citada conflagración.
El 21 de noviembre de 1902 se firma a bordo del barco norteamericano Wisconsin, anclado en la bahía de Panamá, el Tratado de Paz que lleva ese nombre y que aportó cosas buenas y otras malas para Panamá.
¿Cosas buenas? Muchos no estarán de acuerdo con nosotros, pero que haciéndole caso a una de sus cláusulas, en forma imperativa aceleró la separación de Panamá de Colombia más las conversaciones finales para la construcción del canal que a casi 104 años de todo esto vuelve a ser motivo de discrepancias, entre nuestra comunidad.
Y volviendo a lo que representan las fotografías, vamos ahora con la segunda. Aquí aparecen soldados y sus superiores con unas maderas enfrente de algunos de ellos que nos hacen recordar a ciertas trincheras en donde en caso de batallas las tropas se solían proteger.
¿Se trata otra vez de las Bóvedas o estamos ahora en otra parte de la ciudad? Nosotros no pensamos que sean las Bóvedas (¡ayúdanos, Jesús del gran poder!) por el tipo de construcciones que también se ven. En las Bóvedas, esas construcciones nunca han existido. El Cerro Ancón que nunca ha perdido oportunidad de aparecer en cuanta foto se toma, parece ser el montículo que aparece atrás, pero esas pequeñas casas con techos de teja, tampoco las habíamos visto antes por allí.
La grande de madera, menos. La pared aparentemente también de piedra que se ve adelante está muy baja para estar en las Bóvedas. Más bien un lugar cercano puede que sea la solución.
Aprovechamos la oportunidad para darles las gracias al abogado Rafael Guerrero por su descripción de los lugares de una de nuestras últimas fotografías (Santa Ana) así como al colega y amigo Adolfo Malo Iglesias por la misma razón.
Y desde hoy quedamos esperando lo que nos digáis de las fotos. Esa constante comunicación y participación de los lectores nos animan a continuar con nuestros textos. Mencionamos a la Guerra de los mil días al principio, para no volver a tocar ese tema después, porque acerca de ello ya hemos escrito varias veces en estas páginas y porque es muy poco el espacio que nos queda y muy grande la incapacidad para profundizar en tan complejo tema.
En todo caso, sus causas fueron esencialmente malas políticas gubernamentales, más dedicadas generalmente a obtener ventaja y poder que en hacerle bien al pobre pueblo que siempre ha sido la víctima del citado mal proceder. No nos olvidemos que estamos hablando de lo sucedido en el siglo XIX, cuando la hegemonía colombiana y conservadora eran un tremendo e injusto lastre para el progreso de la ilusa Panamá que creyó que anexándonos a ellos, nuestra situación iba a mejorar.
La citada guerra se inició en el Departamento (hoy son dos los que llevan ese nombre) colombiano de Santander y pronto se propagó hasta Panamá.
La ruina que produjo, más perjudicial no ha podido ser. Se acabaron nuestras incipientes agricultura y ganadería, las deudas aumentaron, la moneda perdió aún más su valor, el proceso educativo ya deficiente se descontinuó, la pérdida de jóvenes y prometedoras vidas humanas no tuvo razón de ser.
En fin, ojalá nunca más las poco recomendables pasiones políticas nos vuelvan a enardecer.
Conversaciones, diálogos, trabajo, honestidad, amor a los más necesitados, educación y disciplina es lo único que nos debe animar.
Textos: Harry Castro Stanziola
Fotografías: Ricardo López Arias
Comentarios: kjimenez@prensa.com
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