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Reportaje especial
Panamá, martes 2 de mayo de 2006
 

CARTAS DESDE EUROPA.

Costes bélicos

Camilo José Cela Conde

Desde hace un cuarto de siglo, la organización privada norteamericana National Priorities Project (NPP) calcula de manera minuciosa —y hace público— el impacto económico, medido sobre todo en términos de costes, de los proyectos políticos de gran importancia que están en marcha en Estados Unidos. Semejante propósito parece seguir de cerca una de las máximas más preciadas del ideario liberal, la que establece que cualquier gasto público debe estar justificado en sí mismo en términos del bienestar de todos —y no de unos cuantos— o evitarse. Pero el sentido de los cálculos que realiza el NPP es otro.

Pone de manifiesto las alternativas que podrían conseguirse gracias al dinero gastado en ciertos proyectos presidenciales, con el de la guerra de Irak como más notorio entre todos los blancos.

Así, el NPP mantiene una página en internet en la que da cuenta pormenorizada de los gastos acumulados tras la invasión de Irak y los compara con lo que se podría obtener, en vez, en salud pública, educación, viviendas de bajo coste, prevención y cura del sida o lucha contra el hambre, si las políticas presidenciales fueran ésas. En verdad, poco aroma liberal hay en dicho enfoque. Pero el sentido mismo de los cálculos es pura técnica; las consecuencias políticas vienen luego. Cualquier ciudadano puede entrar en la página web del NPP y ver cuánto se lleva gastado del dinero de los impuestos en la guerra de Irak sin molestarse en mirar nada más ni hacer comparaciones.

En el momento en que esto se escribe, la cifra alcanza 275.729.321.908 dólares (cerca de doscientos setenta y seis mil millones). Me he dado mucha prisa en escribirla y, aun así, ya era falsa en el momento de poner el último número porque la cantidad total crece a un ritmo de cerca de cinco mil dólares por segundo.

Si se suman las operaciones de Irak y Afganistán, el Gobierno estadounidense tiene que desembolsar alrededor de 10,000 millones de dólares cada mes.

Plantear el coste de una guerra en términos económicos es miserable porque las muertes y los sufrimientos no tienen precio.

Pero siguiendo con los procedimientos monetaristas, y olvidando sus miserias, lo primero que haría cualquier contable es una pregunta: ¿a cambio de qué? ¿Qué se logra con esa cantidad de dinero gigantesca? Proclamar que se invierte para conseguir que en Irak haya una democracia es de una simpleza tal que provoca sonrojo. Si se tratase de montar una venganza por las agresiones terroristas sufridas, el panorama cuadraría mejor —por más que hubiera bastantes ciudadanos para los que la ley del talión es demasiado cara. Pero Irak no sólo no intervino en absoluto en los manejos de Al Qaeda, sino que constituyó durante décadas un antídoto en cierto modo laico contra los fundamentalismos de sus vecinos de Mesopotamia.

Así que la única alternativa que nos queda es pensar que las autoridades de Washington han enloquecido —cosa también bastante ingenua— o dar por cierto que sus cálculos eran otros y se han equivocado. En su momento, cuando sonaban tambores de guerra y se producía la cumbre de las Azores, se nos dijo que la invasión de Irak iba a suponer un grandioso negocio. A unos les parecía bien eso y a otros, no, pero del negocio en sí casi nadie dudaba. Hasta que se echan a la postre las cuentas y salen las del NPP. En su página, la cifra sube ahora hasta nueve millones más de los indicados en esta misma columna hace un rato. Va a resultar que los gobernantes apasionados por la doctrina neoliberal no estudiaron suficiente álgebra.

El autor es escritor

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