| FRANCIA.
Conservadores buscan voto extremista
Siegfried Mortkowitz
A un año de las elecciones presidenciales y parlamentarias, los dos principales sectores de la política francesa enfrentan decisiones que podrían significar la diferencia entre la victoria y el fracaso de sus candidatos.
Los socialistas deben decidir si superan sus tendencias machistas y nominan a una mujer, Segolene Royal, sin poder de base en el partido pero favorita en todas las encuestas sobre el futuro presidente.
Para la gobernante Unión por la Mayoría Popular (UMP), de centroderecha, el dilema es aún más complejo: cómo atraer al creciente número de votantes atraídos por la extrema derecha sin alienar a su base moderada ni traicionar sus principios republicanos.
Pero está claro que los conservadores ya han salido a la caza del voto de los extremistas.
En una reciente reunión con miembros del UMP, el probable candidato presidencial del partido, el ministro del Interior Nicolás Sarkozy, afirmó: "Si a algunas personas no les gusta Francia, no deberían pensárselo dos veces antes de irse".
Esta declaración es una flagrante y desvergonzada copia del eslogan "Francia, ámala o déjala", exhibido por dos prominentes extremistas de derecha, el xenófobo líder del Frente Nacional Jean- Marie Le Pen y el igualmente chovinista Philipe De Villiers, jefe del Movimiento por Francia.
Recientes encuestas demuestran que los disturbios protagonizados por los hijos de inmigrantes africanos en los paupérrimos suburbios franceses y las protestas contra la flexibilización laboral para los jóvenes han aumentado la popularidad de las ideas de extrema derecha.
En un sondeo publicado la semana pasada, más de un tercio de los consultados por el instituto IFOP afirmó que los políticos ultraderechistas "sintonizan con las preocupaciones de los franceses". Además, la encuesta otorgó a Le Pen un índice de aprobación del 21%, cerca del primer ministro Dominique de Villepin y el presidente Jacques Chirac.
Los políticos de izquierda y derecha tienen aún muy presente el recuerdo del sorprendente éxito de Le Pen en la primera vuelta de las elecciones presidenciales de 2002, cuando recibió cerca del 17% de los votos y desplazó al candidato socialista, el ex primer ministro Lionel Jospin.
Aunque el uso de las frases xenófobas de la derecha por Sarkozy provocó el esperado rechazo de sus adversarios de izquierda, sus seguidores quedaron encantados. "Nicolás Sarkozy está usando palabras que los franceses entienden", dijo el portavoz del UMP Luc Chatel, recurriendo otra vez a una frase preferida de la extrema derecha.
En 2002, Le Pen se vio favorecido por una serie de sangrientos crímenes que recibieron una amplia cobertura en los medios. Pero en la elección de 2007 el tema principal no será la ley y el orden, sino la inmigración.
Las encuestas realizadas después de los disturbios en la periferia indican que casi dos de cada tres adultos franceses opinan que hay demasiados inmigrantes en el país.
Pero esta estrategia tiene sus riesgos. Como dijo el mismo Le Pen: "Puedes ir por los votos del Frente Nacional y perder de todas maneras. Ganarás un voto y perderás tres".
En otras palabras, moviéndose demasiado hacia la derecha, Sarkozy y el UMP podrían alejar a sus seguidores moderados, dando a los socialistas un involuntario espaldarazo.
En una señal de advertencia en este sentido, una asociación que reúne a unas 50 organizaciones cristianas reclamó a Sarkozy que modere su ley de inmigración.
Uno de estos grupos, el Comité Católico contra el Hambre y por el Desarrollo, advirtió que el proyecto "representa un retroceso considerable en los derechos humanos fundamentales".
AP
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