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Reportaje especial
Panamá, martes 2 de mayo de 2006
 

TODO DEPENDE DE LA CRIANZA.

A propósito de ‘dónde están mamá y papá’

Carmen Luz Urriola-Villalaz

Al leer el título del artículo "Dónde están mamá y papá" (La Prensa, 30 de abril de 2006), casi de inmediato, aún sin avanzar en su contenido, sabía que podía responder esta pregunta, y al igual que su autor, sin pretender ser consejera familiar, sino simplemente mamá, puedo decir que estamos atrapados entre las sabias palabras de Confucio de "educa al joven y no castigarás al adulto", y entre las no tan nuevas teorías sicológicas –que ya parecen no ser tan efectivas- que nos dicen que no castigues a tu hijo porque lo traumas. Recordé mi adolescencia cuando también me rebelaba y todo el día era Peace and love, Pink Floyd, Aerosmith, los Beatles, Rolling Stone, etc., etc, -las mismas de hoy-. En nuestra época los más rebeldes, pero menos en número –creo yo- para sentirse más cerca de ser un hippie, y con tal de darle en la nariz a papá y mamá, se metían un bate de maría juana y, los que no nos atrevíamos a hacer ese audaz vuelo, amenazábamos con meternos a "arekrimas", amenaza prontamente olvidada porque después de un par de días sin mesada y "trabajo forzado" en casa –yo odiaba fregar y planchar mi uniforme- esos ideales de vida libre, peace and love, y demás tonterías se nos esfumaban como el humo de los que fumaban.

También recuerdo las modas, los pantalones desteñidos, las botas a go go, los chalecos de cuero y flecos, mientras fueran moderadamente aceptables los podíamos usar, y hasta nos los compraban, pero si no, ni soñarlo, aunque nos diera una pataleta con desmayo, sobre ella nos bajaban la correa, y si a alguien se le ocurría ir a la policía, allí nos terminaban de bajar los humos. Hoy no es así, si miramos las modas, las bandas rock, gran parte de la música (salvo los reggaeton), la rebeldía misma, nos percatamos de que nuestros hijos no son tan distintos de lo que nosotros fuimos, los que hemos cambiado hemos sido los padres, hemos acuñado una nefasta práctica resumida en una frase, "quiero que mis hijos tengan lo que yo no tuve", el peor error que pueden los progenitores cometer, y no porque el deseo se malo, sino porque no nos medimos en satisfacerlos, con lo cual criamos hijos engreídos, que no dan valor a nada porque abren la boca y todo se los damos, chicos que se creen que todo lo merecen y no les importa con el esfuerzo de sus padres.

Cuando el Dr. Pichel era adolescente, estoy segura que le pasaba como a mí y a muchos otros de esa época, nada de premio por buenas calificaciones, porque esa era nuestra obligación y la educación nuestra herencia más valiosa. ¿Qué hacemos ahora? Todo lo contrario a lo que nos enseñaron a ganar, y como todos los chicos, desde la cuna, son más psicólogos que todos los psicólogos, nos dan la vuelta y a muchos padres los meten dentro de un coco. Como mamá quise ser "suave", pero a tiempo me di cuenta de que mis hijos querían jugarme vivo, repasé todas las tretas y subterfugios que de "pelá" usaba para burlar la autoridad de mis padres, y así no hubo manera de que mis hijos me dieran la vuelta a mí, la correa con que mi mamá me daba y mi papá escondía, la desempolvé porque hubo ocasiones en que la necesité, ejercí el control más allá de la mayoría de edad, porque el que tiene cédula se mantiene, sino se somete a las reglas de la casa, hoy dos de mis tres hijos son hombres ya, y no me arrepiento de haberme olvidado de tanta psicología teórica que no funciona en la práctica, preferí dejarme guiar por lo que los sentimientos de madre me dictaban era lo mejor para mis hijos, descubrí que dar lo que no tuve es un error y preferí cambiar a "gánate lo que quieres o crees que mereces", esa es la diferencia. Nosotros los padres no nacemos con un manual para ser padres, tampoco existe la fórmula mágica, ni el cursito que nos diga qué debemos y qué no hacer con nuestros hijos.

Mamá y papá estamos atrapados entre un hacer o no hacer, con el temor de que nos llamen "padres maltratadores" y hasta nos denuncien. Yo gracias a Dios supe en tiempo discernir y saber que la fórmula era la que usaron conmigo, castigo y rejo cuando lo necesité –casi siempre- y mucho, mucho amor y diálogo. Hoy después de haber criado y educado a mis hijos con el método de mi mamá (aunque un poco más suave), doy mil gracias al castigo, a las cueras y al amor que en compensación a un castigo que bien me había ganado, mi madre me daba y sigue dándome; gracias a ello yo supe dónde estaban mamá y papá, y cuando me tocó ser mamá, la pregunta se invirtió porque yo sí supe dónde estaban mis hijos, como también lo sé hoy. Las crianzas con dureza y amor en el justo balance, y el respeto por los padres y los hijos no se pierden aún cuando se haya dejado ya el hogar.

La autora es abogada y tres veces mamá

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