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Reportaje especial
Panamá, lunes 1 de mayo de 2006
 

TRABAJADORES. En chicago ningún monumento recuerda a los obreros muertos.

Por ocho horas de trabajo

Hace 120 años, 38 obreros murieron por la represión policial tras exigir el cumplimiento de una ley.

Ni Estados Unidos ni el Reino Unido conmemoran el 1 de mayo como el día del trabajador.

LA PRENSA/David Mesa
SACRIFICIO. Cinco hombres murieron en la horca por defender los derechos que hoy, en su mayoría, disfrutan los trabajadores.669055
Aristides Cajar Páez
acajar@prensa.com

"Honorable juez, mi defensa es su propia acusación, mis pretendidos crímenes son su historia. [...] Puede sentenciarme, pero al menos que se sepa que en el estado de Illinois ocho hombres fueron sentenciados por no perder la fe en el último triunfo de la libertad y la justicia".

Estas fueron las palabras del periodista alemán Hessois Auguste Spies al escuchar la sentencia a prisión y a muerte que impusieron los tribunales estadounidenses a un grupo de hombres que participó o alentó la huelga general del 1 de mayo de 1886, que exigía el cumplimiento de la ley que declaraba la jornada laboral de ocho horas.

Durante un forcejeo con la policía que quiso disolver una protesta obrera, alguien había arrojado una bomba que mató a seis oficiales. Se acusó a los organizadores de la huelga de esas muertes.

Spies, Georg Engel, Adolf Fischer, Albert Parsons y Louis Linng fueron condenados a la horca, mientras que Samuel Fielden, Oscar Neebe y Michael Swabb deberían pagar prisión perpetua. Todo ocurrió por exigir un derecho que hoy los trabajadores del mundo disfrutan legalmente.

Los sucesos de Chicago se recuerdan hoy en casi todo el mundo, excepto en Estados Unidos, donde ocurrieron, y en el Reino Unido. En la ciudad de Chicago ni siquiera hay un monumento en recuerdo de los mártires de esa jornada, mientras que sí lo hay para los policías que reprimieron la huelga, con un saldo de 38 obreros muertos.

ANTECEDENTES

A fines del siglo XIX Chicago era la segunda ciudad de Estados Unidos. Del oeste y del sudeste llegaban miles de ganaderos desocupados y emigrantes venidos de todo el mundo.

Era el auge de la era industrial, y el carbón y el acero dominaban la actividad fabril. Pero las condiciones de los trabajadores eran terribles. Turnos de 18 horas o más diarios y sin derecho a día de descanso, ni servicios de salud, frecuentes maltratos, ninguna estabilidad, formaban parte del ambiente laboral de la época.

Los trabajadores estadounidenses habían tratado de conseguir concesiones del Gobierno para obligar a los patronos a hacer más llevadera su vida. Así, se había conseguido ese año, por fin, la llamada ley Ingersoll, que reconocía el límite de ocho horas para la jornada laboral. Pero la ley no se cumplió, y las organizaciones laborales estadounidenses se movilizaron. La prensa calificaba el movimiento en demanda de las ocho horas de trabajo como "delirio de lunáticos poco patriotas". Los empleadores y sus periódicos los percibían como personas "designadas por el destino a ser máquinas humanas".

LA HUELGA

Mas de 300 mil trabajadores paralizaron más de 5 mil factorías en todo Estados Unidos. El paro más grande tuvo lugar en Chicago, donde los trabajadores vivían en peores condiciones que los de otros estados. El presidente Grover Cleveland reconoció, poco después, que "las condiciones de las relaciones entre el capital y el trabajo son muy poco satisfactorias y esto en gran medida por las ávidas exacciones de los empleadores".

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