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Reportaje especial
Panamá, lunes 1 de mayo de 2006
 

Historia. Crónica de las transformaciones de una cuadra emblemática de Panamá

LOS HUESITOS DE LA MANSIÓN MEREDITH
La calle de las calaveras todavía existe

En tiempos de la colonia, donde hoy se construye la Mansión Meredith, había un cementerio. Más de tres siglos después, aquellos muertos regresan del olvido. Son 12 bolsas amarillas llenas de restos óseos.

La historia completa de una cuadra que forma parte de la historia más gloriosa de Panamá. ¿Por qué los huesos terminaron en los predios de la Comunidad Apostólica Hosanna en La Cresta?

LA PRENSA/David Mesa
POLÉMICA. El complejo se construye en la entrada de San Felipe, en la Avenida Eloy Alfaro.665828
Guido Bilbao
gbilbao@prensa.com

Panamá era una herida palpitante y en carne viva gracias a los fuegos fatuos y piratas que la arrugaron para siempre.

San Felipe, a su vez, comenzaba a crecer, a tejer en sus entrañas la historia de lo que todavía no podía llamarse un país. Sus calles crecían poco a poco, los edificios se levantaban sin miedo, la vida comenzaba a encontrar su cauce.

Fue en esos días cuando la gente comenzó a hablar de "la calle de las calaveras".

Un muro frío separaba la acera de la zona abierta de la iglesia y convento San Juan de Dios donde funcionaba uno de los dos cementerios de la nueva ciudad -el otro era el de la Catedral, que también estaba ubicado sobre la misma calle-.

Hoy mismo, más de tres siglos después, ya nadie le teme a la Calle Octava ni se hace la señal de la cruz al pasar por allí. Ahora, donde antes había un convento, se lleva adelante una polémica obra de construcción, también conocida como la Mansión Meredith.

Sin embargo, la impronta del nombre primigenio y tenebroso con la que los hombres hispánicos bautizaron esa calle parece sobrevivir al paso del tiempo -y de las aplanadoras-: hace algunas semanas, los muertos de entonces han regresado a la vida. Y no paran de causar problemas.

Antes

El Convento San Juan de Dios nació en Panamá la Vieja, y al principio ni era convento ni se llamaba así: era el hospital San Sebastián, que albergaba soldados y aventureros.

Había sido fundado en el siglo XVI y era administrado por el Cabildo a través de un síndico que nombraba la Real Audiencia. Esto lo explica Rubén Darío Carles, en su libro 220 años del período colonial en Panamá. Pero, ya entonces, arreciaban los problemas administrativos. Fueron tan grandes que las autoridades decidieron ceder el manejo y llamaron a los Frailes Hospitalarios de la Orden San Juan de Dios, "que en 1628 se hicieron cargo del hospital hasta la llegada de los piratas", resume el ex contralor.

Luego de la tragedia y la mudanza, los frailes se instalaron en San Felipe. Consiguieron una cuadra completa en Avenida Eloy Alfaro y dieron rienda suelta a sus deseos: además del hospital construyeron una iglesia con su torre, guardaron lugar para el claustro, el convento y también un cementerio con su capilla. También había una sala para soldados, otra para pobres y es posible, concluyen los historiadores, que también hubiese una para los esclavos.

A salvo

Lo cierto es que, en principio, los frailes se sintieron bendecidos por la buena voluntad de Dios que salvó las instalaciones de los tres grandes incendios que azotaron San Felipe durante el siglo XVIII.

Hasta que en 1803 empezaron los cambios. Siguiendo una política higienista que promovía la Corona, se prohibió que se siguieran enterrando cadáveres en las iglesias y en los cementerios religiosos dentro de la ciudad. Fue entonces que se vació el cementerio de la iglesia San Juan de Dios. Sacaron todos los huesos y calaveras que pudieron y el espacio disponible ingresó, sin vueltas, al mercado inmobiliario. La calle de las calaveras parecía entonces enterrarse en el olvido. Pero no.

A partir de entonces, se habilitaron terrenos en las afueras de la ciudad, -hoy El Chorrillo- para ser utilizados como nuevo cementerio.

"La vida en el hospital era mugrienta, penosa, hay un libro de la época que cuenta la vida interna muy bien", explica el historiador Alfredo Castillero Calvo vía telefónica. "Era el hospital de los pobres; los ricos morían con médicos en sus casas". El autor de ese texto -que Castillero encontró en la Biblioteca Pública de Nueva York- era un médico que había caído prisionero en Portobelo cuando el intento de liberar Panamá desde el exterior, dirigido por el liberal Gregor Mc Gregor. Las autoridades lo encerraron en el hospital del Convento donde trabajó largo tiempo. Cuando fue liberado dejó constancia de su historia.

Después

Finalmente, en 1862 se proclamó la ley de desamortización de bienes de manos muertas que clausuró todos los conventos y los declaró propiedad de la nación. Era un movimiento liberal y anticlerical que se impuso desde México a Argentina y que se proponía disminuir el poder eclesiástico de la Iglesia. La iglesia fue convertida en teatro, el hospital se mudó a Santa Ana y el convento fue refaccionado hasta que el 4 de diciembre de 1866 se remató la iglesia.

A partir de entonces, fueron las manos privadas las que decidieron la suerte de las edificaciones que comenzaron a sufrir intervenciones de todo tipo, incluida un intento de ampliación de la Avenida B en tiempos de Justo Arosemena -ver columna-.

El conflicto

Son 12 bolsas amarillas, algo más grandes de las que usted usa en su casa para la basura, que están repletas de huesos humanos de los días de la colonia. Fueron exhumados nadie sabe cuándo, pero sí dónde: en el polémico complejo que se está construyendo en la entrada de San Felipe, en la Avenida Eloy Alfaro, propiedad de la familia Meredith, operadores de la equiparada Panamá Ports Company.

Esos muchos huesos que hoy reposan en la Fiscalía Auxiliar parecen no tener paz. El último año lo pasaron arrumbados en un depósito de la Comunidad Apostólica Hosanna, en su sede de La Cresta, de donde la Policía Técnica Judicial los rescató luego de un llamado anónimo que la alertó de su existencia.

Según informan en la iglesia , no los enterraron antes porque el lugar que tenían previsto, en el cementerio Parque del Recuerdo, tuvieron que cederlo a raíz de la muerte del familiar de un diácono. Y entonces intervino la policía. Lo que sí confirman en Hosanna -algo que el Ministerio Público aún no ha hecho- es que las 12 bolsas de huesos vinieron de la casa Meredith y que fueron descubiertos durante la remoción de tierra en el interior de la propiedad -donde hay proyectada una alberca-.

Es más, en la iglesia aseguran que los empleados de la obra que se los llevaron, dijeron que el Inac sabía del hallazgo, pero que no les había dado importancia. La Prensa pudo saber incluso que la señora de Meredith -fiel donante de Hosanna- se comunicó con autoridades de la iglesia, meses antes de la intervención policial, para agradecerles el favor que le estaban haciendo -ver recuadro-.

"Esto fue una exhumación colectiva", se queja Domingo Varela, director de Patrimonio Histórico, que, aclara, todavía no tiene certezas de dónde provienen los huesos. "Los que encontraron esos restos arqueológicos debieron haber avisado a Patrimonio Histórico. Y nunca lo hicieron", explica Varela.

Los especialistas aseguran que esos huesos pueden revelar cosas desconocidas hasta ahora: los niveles de vida hacia el final de la colonia, la composición genética, el tipo de enfermedades de la época.

Mientras tanto, la calle de las calaveras, una vez más, vuelve a desplegar su manto de tinieblas.


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