| VIETNAM.
Desde Conchinchina
Betty Brannan Jaén
Corresponsal
laprensadc@aol.com
Manila, Filipinas – Cochinchina es el nombre antiguo que los franceses le dieron a lo que hoy conocemos como Vietnam. Estuve allí del domingo al jueves de esta semana, pero esperé hasta salir del país para escribir del viaje porque Vietnam no es un país que respeta la libertad de expresión. Jamás debemos perder de vista que Vietnam, igual que la China Continental, es una dictadura comunista que ni valora ni respeta las libertades ciudadanas y los derechos del individuo.
Esta no era la primera vez que yo visitaba Vietnam. Estuve allí en 1994 (ver columnas del 31 de julio y 3 de agosto de ese año), antes de que Estados Unidos estableciera relaciones diplomáticas por primera vez desde la conclusión de la Guerra de Vietnam. En esa ocasión, escribí que "los vietnamitas viven en una miseria indescriptiblemente espantosa", pero esa pobreza ya no es tan impactante.
Es que la política de apertura comercial –doi moi, o "abrir la puerta"—que Vietnam instituyó en 1986 y consolidó con el restablecimiento de relaciones con Estados Unidos, ha tenido mucho éxito en atraer inversionistas extranjeros, sobre todo norteamericanos, japoneses, coreanos y australianos. El país ha venido mostrando un crecimiento económico sostenido de entre 7% y 9% y ha recibido elogios por sus programas de reducción de pobreza. Aun así, el pueblo vietnamita sigue siendo muy pobre, con un producto interno bruto per cápita que es menos de la mitad del panameño.
"Antes de abrir la puerta, esto aquí era terrible", me dijo un vietnamita. "Ese período fue muy difícil, pero ahora las cosas están mucho mejores". Otros vietnamitas me dijeron que aunque la mejoría no es muy evidente en las grandes ciudades que yo visité –Hanoi (la capital) y Ciudad de Ho Chi Minh (antigua Saigón)— el cambio en las provincias, y en la vida de los campesinos, es dramático. No es solamente que los inversionistas extranjeros han generado empleos, sino que la apertura ha permitido que miles de microempresas vietnamitas tomen vuelo.
Uno ve que en esto, Hanoi ha copiado el modelo de Beijing: apertura comercial sin apertura democrática. El Partido Comunista, que controla el sistema político con puño de hierro, celebró su congreso quinquenal durante los días en que yo estaba en Hanoi. Entre mil delegados, solo una élite de 160 participó en la elección del secretario general del partido, quien – ¡qué sorpresa!— se reeligió a pesar de un gran escándalo de corrupción en torno al gobierno. El ciudadano vietnamita no tiene voz o voto en la elección de sus gobernantes.
Sin embargo, Vietnam está al borde de un gran despegue económico, me dijo la nueva embajadora panameña, Lizia Lu (quien, según leí en La Prensa, tiene largo vínculo con los Torrijos). Ella presentó credenciales en diciembre y abrirá la nueva embajada en las próximas semanas. Aunque Panamá ha tenido relaciones diplomáticas con Vietnam desde los años 70, solo se tenía un cónsul en Ciudad de Ho Chi Minh; ahora, como decisión recíproca, los dos países han elevado sus relaciones al nivel de embajador, y Lu será la primera embajadora panameña en Hanoi. El consulado en Ciudad de Ho Chi Minh—que atiende primordialmente asuntos marítimos— es pequeño, pero de buena ubicación, en una planta baja a dos cuadras de los hoteles principales. Lu indicó que la nueva embajada en Hanoi ocupará un local pequeño en el área diplomática de la ciudad.
La nueva embajadora no habla el idioma vietnamita, que ciertamente es impenetrable para los extranjeros. Con una sola excepción, todos los extranjeros que conocí me dijeron que les ha sido imposible aprender el idioma; sobreviven con traductores en el despacho y con aparatitos electrónicos de traducción en el bolsillo. Pero tampoco es fácil encontrar traductores, porque relativamente pocos vietnamitas hablan inglés y aún menos hablan español; Vietnam está tratando de rectificar este déficit en su sistema educativo. Tampoco se puede reclutar personal entre la comunidad panameña en el país (como se hace en muchos otros lugares) por la sencilla razón de que no hay tal. Se piensa, me dijo Lu, que hay dos panameños en Vietnam, pero ella no lo ha confirmado.
Uno ve, por lo tanto, que ser embajadora panameña en Hanoi será una tarea solitaria y difícil, sobre todo porque se está partiendo de cero. Sin menospreciar las habilidades de Lu, antropóloga de profesión, y quien me recibió muy amablemente, un país con carrera diplomática de verdad hubiera enviado a un profesional de carrera para instalar esta embajada o al menos asesorar el esfuerzo.
La autora es corresponsal de La Prensa
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