| EDUCACIÓN.
Las mochilas de la pesadumbre
Cecilia Samaniego de Manzanares
Al inicio del año escolar acostumbramos a realizar en cada uno de los grupos a los que impartimos clases un coloquio acerca de la vida cotidiana que experimenta cada uno de los estudiantes.
Este año tengo la satisfacción de compartir con jóvenes de 16 y 17 años de edad de la educación media pública. Cada año que transcurre nos percatamos del esfuerzo que hacen los padres y madres de familia conjuntamente con sus hijos para recibir una educación más cónsona con los adelantos tecnológicos y las nuevas tendencias del mundo que los rodea.
Observamos que hay estudiantes que son verdaderos diamantes, con grandes potencialidades y deseos de superación, que atraviesan varios obstáculos para asistir a un día de clases. Existen algunos que se levantan entre las 3:00 y 4:00 de la madrugada para tomar un transporte público a tiempo, para evitar los grandes congestionamientos de nuestra ciudad y llegar justo a la hora de entrada a su centro educativo.
Tenemos estudiantes que viven solamente con sus madres, abuelos (as) o tíos (as). Son pocos los que comparten un hogar con la presencia de ambos padres. También tengo estudiantes que en horarios contrarios a los de su jornada se dirigen hacia los supermercados para ser empacadores, a cocinas de restaurantes como ayudantes y oficios domésticos para ganar algo de dinero para contribuir con los gastos de sus hogares.
Otros estudiantes tienen la responsabilidad de cuidar a sus hermanos menores, ver por las labores del hogar y hasta cocinar, ya que sus padres trabajan todo el día.
Lo antes señalado es la realidad que vive día a día un sinnúmero de estudiantes de la ciudad de Panamá y es muy probable que en otras localidades de nuestro país (con circunstancias más gravosas como cruzar quebradas y ríos, caminando largas distancias para poder asistir a sus escuelas).
Sean cuales sean las circunstancias que viven estos jóvenes, es importante considerarlo en el rendimiento académico y su desempeño en el proceso enseñanza-aprendizaje.
Este estudiante que tengo frente al pizarrón tiene en su espalda no solo la mochila de sus útiles escolares, sino también la mochila de la pesadumbre y vicisitudes de su diario vivir.
Ellos y ellas sienten la necesidad de ser escuchados por sus padres, profesores, amigos y la sociedad en general. Expresan en sus ojos que están dispuestos a seguir caminando, pero que necesitan más apoyo de la comunidad panameña, de sus progenitores, de la escuela y que les brinden mayores oportunidades para enriquecerse intelectual, cultural y moralmente.
Algunos estudiantes cuando llegan a casa después de clases lo que los espera es el televisor, donde hay algunos programas que nos los edifican y más bien son una contraposición a los valores que tratamos de inculcar en el hogar y la escuela. Así también hay a los que les espera una computadora con acceso a internet, recurso que si no es bien encaminado puede ser causante del deterioro moral del estudiante, pero que a su vez, utilizado con la debida orientación, extendería sus horizontes, traspasando las fronteras del conocimiento y su aprovechamiento para la vida diaria.
Con sus actitudes y su voluntad de ser grandes ciudadanos nos dicen que no están sentados en sus bancas de estudio por obligación, sino por deseos de superación y necesitan que se les escuche, ellos también tienen su verdad, tienen el deseo de contribuir por medio de su dedicación y estudio a fortalecer las bases de nuestra patria, donde los adultos debemos ser un fiel ejemplo permanente de valores como el trabajo, la decencia y la honestidad.
La autora es educadora.
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