| CARTAS DESDE EUROPA .
Cortando manos
Camilo José Cela Conde
Mahmud Ahmadineyad, presidente de la república islámica de Irán, ha aprovechado la fiesta de las fuerzas armadas de su país para lanzar una advertencia que los diarios se han encargado de trasladar a los titulares: Irán está preparado para cortarle las manos al agresor.
El mensaje es tan claro que no admite ni dudas, ni, apenas, interpretaciones metafóricas. Cortarle la mano a quien amenaza o delinque forma parte de los usos en vigor relacionados con el credo al que pertenecen Ahmadineyad y su nación. Si no recuerdo mal, el castigo suele aplicarse a los ladrones, con lo que a la justicia entendida como venganza se le añade un valor preventivo indudable: los ladrones mancos, y más aun si lo son de las dos manos, tienden a verse un tanto incapacitados a la hora de repetir sus desmanes. Pero el presidente iraní no pensaba en ningún ratero. La advertencia iba dirigida hacia Washington y, de forma más concreta, venía a contestar al globo sonda que supuso el airear que el Pentágono cuenta con un plan para bombardear las instalaciones donde Irán está refinando uranio para usos nucleares.
Bien es verdad que la amenaza del bombardeo es, por el momento, remota. Rusia y China se han referido a ella advirtiendo contra cualquier escalada en el conflicto que enfrenta a los iraníes y -de manera oficial- a la ONU, ante el intento de control por parte de ésta de las prácticas de Teherán. Pero la traducción de la mano que amenaza a Irán se llama Estados Unidos, por medio de la propuesta de sanciones económicas y con la advertencia de la intervención militar en la recámara.
¿Sería considerado un programa de sanciones económicas razón suficiente como para cortarle la mano al instigador de tales medidas? En cierto modo sí, ya que no hay ni mucho menos un consenso internacional acerca de la conveniencia de llevar a cabo algo parecido. Los propios Gobiernos chino y ruso se han manifestado en contra de las sanciones. Pero qué duda cabe de que las palabras de Ahmadineyad tienen un referente mucho más directo en lo que ha sucedido y está sucediendo en Irak.
El avispero iraquí ha alcanzado tal magnitud que resulta impensable creer que ningún estadista en sus cabales pueda pensar ahora en repetir la aventura tomando Teherán. Esa mano sería cortada de inmediato, y en su país de origen, antes siquiera de que comenzasen a aparecer los "daños colaterales". La mención hecha por Ahmadineyad del potencial de su ejército habría dado más miedo antes de que comenzase la segunda guerra del Golfo.
Hoy se sabe que ni siquiera es preciso tomar en cuenta el peso de las armas tradicionales para entender el problema militar con el que se enfrentaría cualquier invasor de Irán.
Sin embargo los planes aireados del Pentágono no tratan de semejante invasión. Tal vez los haya, pero no son los filtrados.
El castigo militar previsto es el de la destrucción, desde el aire, de las refinerías iraníes de uranio. ¿Cómo se corta esa mano? La respuesta es diáfana y los iraníes la han mencionado: presión terrorista añadida. Pero eso tampoco sería necesario, incluso, si se trata de dejar al Gobierno de Washington y, de rebote, a todos nosotros, mancos. Bombardear Teherán supondría, en las condiciones actuales, un empujón hacia arriba a los precios del petróleo que dejaría asfixiada nuestra economía occidental. Tal consecuencia parece ineludible, sin necesidad siquiera de que el ejército de Ahmadineyad "cubra de vergüenza" al enemigo. Esa venganza iba a llegarnos de manera bien automática.
El autor es escritor
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