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Reportaje especial
Panamá, lunes 17 de abril de 2006
 

Medio ambiente afectado.

En la encrucijada

Berna Calvit
bdcalvit@cwpanama.net

Aquella calle era tranquila, fresca, colorida, adornada con hermosos árboles. Año tras año, junto a mi casa, tres frondosos "mamones" cargaban sus ramas de frutos, hasta que fueron degollados por la implacable sierra eléctrica que abrió espacio para el edificio más alto en la antes risueña calle.

En los amplios patios crecían veraneras, palmas, acacias y laureles. ¡Qué bonita era mi calle! Un día, un funcionario decidió modificar el tránsito de autos y convirtió la angosta vía en paso obligado para cientos de automóviles que acabaron con la paz del vecindario. Huyendo del ruido y la contaminación, muchos vendieron sus propiedades para irse a sitios más tranquilos y menos malsanos.

Llegaron las máquinas de fauces insaciables acabando con cada pulgada de tierra para cubrirla con moles de acero, cemento y vidrio. Todo el barrio se fue contagiando del mismo mal; las aceras dejaron de ser aceras y, mutiladas, pasaron a ser parte de los edificios; las calles se congestionaron con cientos de apartamentos y automóviles; los edificios, cada vez más altos, fueron asfixiando las casas y las calles, angostas pero despejadas, devinieron en embudos ruidosos donde hay que hacer malabarismos para caminar o estacionar.

Las señoriales casas y los simpáticos y acogedores chalets en La Exposición y Bella Vista sucumbían. La plaga, extendida por toda la ciudad empezó a tragarse San Francisco, Obarrio, El Cangrejo; era urgente engullir cada pulgada de terreno para construir altísimas torres, "con hermosa vista panorámica" (¿de otras torres?) o a la bahía. Hasta las barriadas que prometían tranquilidad y contacto con la naturaleza se contagiaron del mal. Algunos de estos mastodontes, cajas de cemento y vidrio, casi todos con nombres en inglés por aquello del "caché", ofrecen "áreas de juego", micro-patios con un par de columpios y un tobogán porque los niños ya no tienen dónde jugar o montar triciclos (juguete en vías de extinción, avasallados por el Game boy y la televisión); para ellos no hay espacios libres y seguros en las calles y son sacrificados en aras del progreso y de un estilo de vida que ha hecho desaparecer "el vecindario". Ahora se vive en bloques inmensos, con bellos vestíbulos (eso que llaman lobby) y ascensores en los que los vecinos apenas si intercambiar algo más que un cortés pero distante hola.

En una encuesta realizada por una prestigiosa firma internacional, que midió la calidad de vida en 350 ciudades de América, Panamá marcó muy bien; con el puesto número 90, está mejor situada que San José, Sao Paulo, Asunción, Caracas y Río de Janeiro. Se midió seguridad ciudadana, estabilidad política, potabilidad del agua, contaminación, servicios médicos, bienes de consumo, servicios públicos, etc. Es probable que agobiados por el caos del tráfico, la diaria crónica roja, y los cierres de calles por falta de agua o por "quítame allá esas pajas", etc., se haga difícil creer que la calificación es merecida más es cierto que Panamá es todavía "vivible" y bien vale la pena atajar males mayores que desmejorarían nuestra calidad de vida. Lograrlo necesita del concurso de los ciudadanos comunes, los empresarios y el gobierno y es allí "donde la puerca tuerce el rabo", porque los intereses de unos no son los intereses de los otros.

Sería iluso creer que se puede crecer como ciudad sin que se afecte, en muchas formas, la calidad de vida. Mas, ¿es iluso creer que son derechos ciudadanos el aire limpio, las áreas verdes, aceras, seguridad peatonal, etc.?

Los vehículos son los reyes de las calles y cruzarlas es arriesgar la vida; intentar alcanzar la otra acera en Vía España, la Transístmica o Calle 50 requiere más valor que enfrentarse a un toro Miura o zambullirse en un río con pirañas; las líneas de seguridad son decoración para aliviar la monotonía del negro asfalto, ¡nadie las respeta! Se levantan caóticas barriadas con calles angostas, sin áreas verdes ni servicios públicos apropiados. Estas situaciones las crea la mano floja de las autoridades, la gula de los empresarios y la irresponsabilidad ciudadana.

Existe la posibilidad de que el Canal de Panamá sea ampliado. Lo que ha sucedido en mi calle y el barrio será insignificante ante los problemas mayúsculos que creará una obra tan monumental; el impacto social será enorme porque atraerá cientos, miles de trabajadores, con la consiguiente demanda de viviendas y servicios públicos; aumentarán las lacras sociales (droga, prostitución, hacinamiento, etc.) propias de los grandes movimientos de población. Se repetiría el fenómeno que sucedió durante la construcción del ferrocarril interoceánico, cuando arribaron a Panamá miles de obreros de todas partes del mundo; como durante la construcción del Canal y, posteriormente, con la instalación de bases militares de los Estados Unidos.

¿Estamos preparados para esta avalancha de gente en una zona de por sí plagada de problemas? ¿Tendremos la infraestructura necesaria para atenderla? ¿Qué sucederá con los que queden sin empleo cuando finalice la obra y termine el boom canalero, como terminaron los anteriores, todo girando alrededor de esta pequeña cintura del continente? Son aspectos que deben ser contemplados y si, como dicen, la ampliación traerá prosperidad, no deben dejarse al azar. "Condenar el progreso en todo es olvidar que la desalinización del agua nos dio vergeles. Idealizarlo, es olvidarse de Hiroshima". Palabras apropiadas para este momento de encrucijada histórica.

La autora es comunicadora social

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