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Reportaje especial
Panamá, viernes 14 de abril de 2006
 

UN DÍA SANTO.

Los mensajes de la cruz

I. Roberto Eisenmann, Jr.

Hoy es Viernes Santo, día para que cada uno de nosotros los cristianos medite en su intimidad sobre Cristo el Hombre… y la cruz de los maderos sobre la que sufrió la más indigna de las muertes lentas. El calvario de la época forzaba al condenado a cargar su propio instrumento de muerte pasando frente a la jauría burlona de "las mayorías" que celebraban el castigo al condenado.

¿Quién era ese Cristo y en qué se parece a la Iglesia que hoy lo adora y que lo ha convertido en su símbolo fundamental? Cristo nació y se crió en la pobreza. Sus seguidores también eran del sector más pobre de la población. Era "de la calle". Nunca escribió una sola palabra. Dependía de sus poco educados seguidores para que expresaran el significado de sus palabras. Su mera presencia era subversiva. Hay quienes dicen que el cristianismo no ha fallado, sino que nunca ha sido verdaderamente probado porque constituiría amenaza; se le percibiría como la misma amenaza que se vio en Jesús en sus tiempos. Estos mismos dicen que la Iglesia resiste todo radicalismo, lo cual podría significar que resiste al propio Cristo. Muchos de sus representantes hablan retóricamente de la pobreza, al tiempo que se distancian de los pobres y dedican ningún tiempo a estudiar las posibles soluciones a la tragedia humana que es la pobreza; la de la mayoría de ellos es una denuncia vacía y retórica sin propuestas de solución.

Cristo nunca vistió vestimentas bonitas y de lujo; nunca tuvo un anillo en su mano para que fuera besado. Él se opuso a las religiones, a los formalismos, rituales, sacerdocios; su llamado fue siempre solo a la religión del corazón. No creía en los rezos públicos a la vista de otros (experiencias recientes de nuestra vida pública comprueban que el acto de rezo público sugiere que el "rezador" posiblemente sea todo lo contrario a lo que pretende proyectar).

La Iglesia primaria de Cristo funcionó sin sacerdotes ni formalismos.

Ese auténtico Cristo en la cruz – cuya vida trato, sin lograrlo, imitar – es el que llevo orgulloso alrededor de mi cuello. Otros llevan una cruz de oro u otro metal precioso; yo llevo colgada en mi cuello una cruz de alambre barato que compré por un dólar en un aeropuerto centroamericano en un tristísimo momento en que como exiliado errante fui en busca de unos amigos pero ellos, viéndome en situación difícil, me tiraron la puerta en la cara. Me sentí deprimido, rechazado, sin patria, sin raíz, sin esperanza… y caminando como un zombi por ese aeropuerto, en una sucia vidriera enfoqué mi vista en un barato crucifijo de alambre. Me llamó la atención. Mis ojos veían un crucifijo; mi alma veía ¡a Cristo mismo clavado en la Cruz! Caí en una profunda meditación y pensé para mis adentros que ¿qué derecho tenía yo a sentirme destruido y deprimido con mi situación, si ¡lo mío no era nada comparado al Calvario del Hijo de Dios! "¡Levanta tu espíritu! –me regañaba a mí mismo- es un ejercicio inútil tratar de descubrir lo que la vida te traerá; lo que logremos en ella será por arte de creación propia. No se puede conocer la felicidad si no se conoce la tristeza". Me decidí a convertir ese dilema en oportunidad evitando el pesimismo, alejando toda duda, rechazando todo temor y disciplinándome a mantener a toda costa mi pensamiento creativo pues, quien quiere garantías en la vida, realmente no quiere vida.

Todo eso pensé al mirar ese crucifijo de alambre. Lo compré, me lo puse en el cuello y cambié de

actitud. Del hombre derrotado me volví a convertir en el fiel hijo de Dios… en creador de oportunidades y de esperanza; fue en el año de 1976. Todavía llevo el crucifijo conmigo y cada vez que desfallezco, que me desanimo, lo toco, lo miro y recuerdo mi obligación de levantarme y seguir el proceso de creación.

Desde aquel triste momento en que miré ese crucifijo de alambre por primera vez mis rezos a mi Dios nunca son de súplica, de pedirle que dos más dos sean cinco, para entonces desilusionarme cuando resultan cuatro. Mis rezos son siempre de gratitud por habernos dado el regalo de la vida, que es toda una posibilidad.

Si creemos con fe y tolerancia, si tenemos una claridad visceral... una total certeza de nuestro camino… estaremos comprobando paso a paso que esa horrible muerte de Cristo en la cruz no fue en vano; demostraremos así que entendimos el mensaje divino. La vida no es pesimismo, duda, temor, lotería, súplicas. La vida es un regalo de oportunidades de creación. Creación que nos permita, cuando nos toque exhalar el último suspiro, murmurarle en silencio a nuestro Dios: "Cumplí. Estoy listo para pasar tranquilo de esta vida a la otra".

Esto es lo que representa para mí el crucifijo de alambre que cuelga de mi cuello, y que domina mi pensamiento cada Viernes Santo como el de hoy.

El autor es presidente de la Fundación para el Desarrollo de la Libertad Ciudadana

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