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Reportaje especial
Panamá, lunes 27 de marzo de 2006
 

RETOS.

Panameños, ¡el mundo es plano!

Enrique Ho Fernández

Mientras en Panamá persiste el debate si debemos cambiar o no el modelo económico; mientras voces levantan su oposición al libre comercio, la globalización y el TLC; mientras pensamos que el mundo sigue siendo redondo, otros países como China e India se han dado cuenta que el mundo en realidad es plano.

Un mundo plano es aquel donde las distancias son irrelevantes, donde las barreras colapsan y donde todos estamos interconectados para colaborar en algunas condiciones y para competir en otras. Esta es la globalización plana del siglo XXI.

Hace 15 años China e India agresivamente empezaron a abrirse al mundo, migrando de sistemas económicos cerrados hacia sistemas económicos abiertos. Hoy son dos de los países que están cambiando el panorama económico mundial, precisamente porque han entendido que el mundo es plano y se han adaptado rápidamente a las nuevas exigencias globales.

Los chinos y los hindúes han entendido algo que los panameños nos rehusamos a comprender: que solo existe un camino hacia la prosperidad, y ese camino es la apertura y la globalización. En los últimos 15 años China e India han logrado reducir dramáticamente el número de pobres (alrededor de 200 millones de personas). La apertura ha atraído la inversión extranjera y ha incentivado la competencia. Estas eficiencias se han traducido en altos crecimientos económicos que han beneficiado a ricos y pobres. Los chinos e hindúes han adaptado sus economías para que éstas encajen en el mundo, y no —como queremos hacer los panameños— que el mundo cambie para que se adapte a nosotros.

El debate entre apertura o proteccionismo se considera estéril en China, India, Taiwan, Corea del Sur, Irlanda y Singapur. Han abandonado el comunismo (China) y el estatismo (India) y abrazado ideas económicas liberales que les han dado grandes beneficios a sus habitantes.

Los panameños tenemos la ilusión que nos está yendo bien. Vemos asombrados cómo llegan unos cuantos jubilados extranjeros a vivir en Panamá. Nos sentimos impresionados al ver 20 edificios de más de 50 pisos en construcción, y creemos que 8 mil millones de dólares para la expansión del Canal es la gran cosa. Solo basta mirar los presupuestos de mantenimiento del aeropuerto de Dallas o los gastos de mantenimiento vial de la ciudad de Atlanta, para darnos cuenta que 8 mil millones de dólares no es nada en el mundo de las inversiones globales, ya que todos los días se realizan transacciones que superan el trillón de dolares en la economía mundial. Seguimos pensando que somos el puente del mundo y corazón del universo, pero solo hace falta una breve visita a Beijing, Shangai, Shenzhen o la ciudad hindú de Bangalore para darnos cuenta que ese corazón no está en Panamá sino en Eurasia.

Quizás al compararnos con nuestros vecinos latinoamericanos nos sintamos privilegiados. Solo hay que mirar lo que sucede en Bolivia, Venezuela y Argentina para sentirnos bien. Pero la triste realidad es que América Latina como región se está quedando cada vez más rezagada y será cada vez menos relevante en el panorama económico mundial. Compararnos con nuestros vecinos latinoamericanos que, probablemente sean los perdedores del siglo XXI, es similar al cuento de Pepito que reprobó cinco materias en el último bimestre pero que se siente "brillante" porque todos sus amigos de parranda fracasaron ocho materias. Comparado a sus amigos, Pepito es un genio. Pero lo que debería hacer Pepito es compararse con los mejores de la clase para entender lo desventajado que está y lo mucho que tiene que mejorar para competir con los mejores de su clase.

De la misma forma, Panamá no debe medirse ante los latinoamericanos para concluir si es o no un gran país. Más bien debe compararse con los mejores (China, India, Singapur, Corea del Sur, etc.), pues son esos países los que —más temprano que tarde— nos dejarán rezagados en la esquina olvidada del siglo XXI. Para que Panamá atraiga inversiones serias necesitará ser tan atractivo para los inversionistas como lo son los países arriba mencionados. Esto implica reestructurar completamente nuestro sistema educativo, modernizar nuestras leyes comerciales, atraer las mentes más brillantes del extranjero a través de planes de inmigración de talentos, flexibilizar el mercado laboral y reducir las distorsiones económicas proteccionistas de nuestra economía. Las empresas familiares deben profesionalizarse a través de estructuras corporativas más serias y eficientes y deben buscar socios estratégicos o financieros fuertes que ayuden a globalizar sus negocios. El gobierno debe dejar de ser un peso y obstáculo para la empresa privada, ya sea con impuestos que van en contra de la tendencia mundial, o con la pesada tramitología que desalienta a cualquier emprendedor. El sistema de justicia debe ser profesional e independiente, y la corrupción debe ser reducida sustancialmente. Los retos por delante son titánicos, pero de no hacer cambios radicales seguiremos siendo un país de pobreza. Ya hemos visto cómo otros países que antes eran más pobres que nosotros han logrado la prosperidad. No reinventemos la rueda.

El autor es inversionista de capital y miembro de la Fundación Libertad


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