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Panamá, viernes 24 de marzo de 2006
 

TENDENCIAS.

¿Ola de izquierda?

Julio María Sanguinetti

Desde que Den Xiao Ping acuñó la histórica frase de que "no importa el color del gato sino que cace ratones", quedó claro que seguir dividiendo el mundo, como en los tiempos de la guerra fría, en democracia y comunismo e izquierda y derecha, era algo obsoleto. Tan obsoleto como que la China que construyó el genial estadista chino a partir de 1978 sigue siendo políticamente comunista y económicamente capitalista.

Sin embargo, es tan fuerte la tendencia a estampar etiquetas con los viejos moldes, que todos los días oímos simplificaciones como la de que América Latina está bajo una oleada izquierdista.

La idea se basa en que el ascenso al poder de Lula da Silva en Brasil, Hugo Chávez en Venezuela, Néstor Kirchner en Argentina, Tabaré Vázquez en Uruguay y en estos días Evo Morales en Bolivia y Michelle Bachelet en Chile, marcaría una tendencia hacia el socialismo.

¿Es esto así? ¿Es izquierdismo, es el viejo populismo o qué es?

Para empezar descartemos a Chile, país gobernado por una coalición de centro constituida por el europeo socialismo de Ricardo Lagos y la histórica democracia cristiana del país. Que la Sra. Bachelet sea originaria del socialismo no cambia la naturaleza del gobierno, que seguirá los parámetros de sus antecesores, con la economía más abierta de la región, insertada en el mundo global a base de tratados de libre comercio.

Para seguir, nadie discutirá que el gobierno brasileño se ha caracterizado por su moderación, incluso con una política económica aún más ortodoxa que su antecesor, basada en rigor fiscal, superávit de cuentas públicas y elevadísimos intereses. Es más, contradiciendo el viejo eslogan de "no pagar la deuda externa", se ha adelantado a saldar con el Fondo Monetario todas sus obligaciones, por adelantado, tanto de capital como de intereses. Aquella apelación, que recorrió el continente en los años 80, ha sido enterrada cuando lo mismo ha hecho el sorprendente gobierno argentino, que también adelantó el pago de sus deudas con el Fondo Monetario, empeñando un tercio de sus reservas y marcando así una muy fuerte distancia con todo lo proclamado durante tantos años. Hasta el Premio Nobel Stiglitz ha cuestionado estas medidas por considerarlas, precisamente, una exagerada concesión al neo liberalismo.

El gobierno uruguayo, por su parte, navega aún en la indefinición, pero no ha variado la sustancia de la política anterior en sus aspectos básicos, preserva las mejores relaciones con el Fondo Monetario y hasta ha votado un acuerdo de garantía de inversiones con EU.

El nuevo gobierno boliviano se dibuja en otro escenario. La vieja postergación social de la mayoría indígena es la idea fuerza que inspiró la llegada de Evo Morales al poder, con la vieja hoja de coca como símbolo de una tradición ancestral. Anuncia nacionalizaciones de los recursos minerales pero éstas aún no se han concretado y más bien se está inclinando por la asociación con las grandes empresas energéticas estatales del sector como la Pedevesa venezolana o la Petrobras brasileña. Podrá Morales llegar a una cierta radicalización, pero hoy, más que una definición ideológica representa un profundo reclamo de inspiración étnica, que se hunde en las raíces históricas del país.

Desde ya que ninguno de estos gobiernos habla de socialismo ni mucho menos de marxismo. No se proyecta una economía colectivista, se sigue reclamando inversión extranjera y, en términos generales, las normas de la democracia liberal se continúan cumpliendo. Lo que sí es verdad es que la mayoría de estos gobiernos practican una retórica anti-globalización, asumen políticas económicas serias más por resignación que por convicción y siguen pensando que "otro mundo es posible". Desde ese ángulo es que podemos lamentarnos de que el rechazo a los gobiernos anteriores, sea por desgastes políticos, por reclamos de corrupción, por fatiga de los ajustes o simplemente porque se ganaron elecciones sobre un paraíso de promesas, conduzca hoy a un estado de impasse en que ni se arma un programa socialista moderno, ni se procura ganar bajo unas reglas que no fijamos pero que regulan el juego de nuestro mundo.

De lo que resulta que más que un viraje del hemisferio hacia la izquierda estamos viviendo un trabajoso, contradictorio y resignado desplazamiento de la izquierda hacia el centro. Aun partidos de tradición y abanderamiento izquierdista como el PT brasileño o el Frente Amplio uruguayo vienen dejando por el camino viejos ideales.

Desde ya que se declaran amigos de Fidel y buscan su abrazo amistoso para frenar a sus viejos partidarios que les reclaman hoy el pago de la amarillenta factura radical. Pero hasta ahí se llega: bueno para la fotografía pero no para imitarlo...

Otra historia es el presidente Chávez, cabalgando en la ola petrolera y lanzado a ejercer una suerte de liderazgo declamatorio. Su régimen no hay duda que repesca todos los moldes del populismo histórico: caudillismo mesiánico, retórica antiyanqui, desapego por las formas constitucionales, embriaguez de gasto, movilización orquestada de estructuras populares organizadas desde el Estado, que llenan plazas y abuchean enemigos detrás de una partitura gubernamental. Venezuela sí que vive una ola populista —no diría izquierdista— y no hay duda de que su líder intenta, con torrencialidad verborrágica, trasladarla al continente. Pero de aquí a que ello ocurra media un gran trecho.

En Perú no parece que el populismo se imponga. En Colombia todo indica que se marcha hacia la reelección de Uribe, erróneamente etiquetado de "derecha" por su combate a la guerrilla aunque la vulgata así lo clasifica. Oscar Arias está ganando en Costa Rica. En México está todo por verse…

Ínterin, las economías seguirán creciendo detrás del auge mundial del mercado de materias primas, las elecciones —nacionales y parlamentarias— mantendrán su normalidad y la vida continuará, sin socialismo ni modernización, salvo la isla chilena, la única exitosa, a la que —infortunadamente— poco o nada se toma como inspiración.

Project Syndicate

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