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Reportaje especial
Panamá, martes 21 de marzo de 2006
 

CARTAS AL DIRECTOR.

Impunidad sobrevenida

Camilo José Cela Conde

Una de las principales razones que llevaron a nuestra civilización — la humana— a crear los tribunales y a usarlos para poder administrar justicia es la convicción de que ésta, la justicia, existe. Pero la vida enseña día a día que la idea de Justicia, con mayúsculas, es tan escurridiza e inasible como cualquier otra de las categorías absolutas que los filósofos llevan discutiendo a lo largo de 25 siglos.

La justicia particular, la que significa cerrar cuentas con un criminal determinado sin mayores pretensiones, es más fácil. A condición de que se trate de crímenes menores, propios de quienes no han cometido delitos bárbaros. Cuando se mata en cantidades gigantescas, los asesinatos se convierten en una estadística —Stalin dixit, si no recuerdo mal— e incluso pueden llegar a disfrazarse de programas de Estado. Los exterminadores que tienen éxito en su empresa reciben medallas y parabienes en lugar de citaciones ante el juzgado: olvidémonos de ellos aunque sólo sea para no levantar ampollas diplomáticas. Pero incluso si el asesino al por mayor pierde la guerra y se consigue, además, atraparlo vivo, raro es el caso en que la historia se cuenta hasta el final. Por mucho que los procesos de Nuremberg sentaran precedente, por más que exista un tribunal internacional en La Haya dispuesto, en teoría, a juzgar los casos de genocidio y los crímenes de guerra, son muchos los criminales bárbaros que escapan a la sentencia formal. La de la Historia es otra cosa.

Si nos limitamos a los criminales que han perdido su condición de jefe de Estado, dos de ellos, el ex general Pinochet y el ex presidente Milosevic, son un ejemplo excelente y cercano de la impunidad sobrevenida. El primero ha recurrido a mil estratagemas, cada cual más deshonrosa, para evitar la cita del juez. Pese a que es sospechoso de múltiples asesinatos, secuestros, chantajes y robos, a este paso no le sucederá nunca que se le aplique un trato no ya proporcional sino ni siquiera idéntico al que les cae encima a los atracadores de bancos. Milosevic sí que tuvo que someterse a las acusaciones formales pero, a la postre, la muerte le ha permitido escapar de la sentencia. ¿Muerte natural? Tal vez. ¿Envenanamiento para quitarse de encima un problema? Probablemente, quién sabe.

Llegado el caso, los asesinos que son a la vez héroes para sus partidarios se convierten —si éstos abundan— en un incordio.

Quizá Milosevic haya recibido una ayuda para irse al otro mundo, como dicen que pudo suceder con Arafat. Otros criminales con mando en plaza, al estilo del mariscal Goering, se suicidaron estando en la cárcel. Es una forma más de poner de manifiesto la sorprendente coincidencia de todos ellos en la empresa de escapar como sea a la condena humillante. Así que sólo nos queda disponible el ex sátrapa Saddam Hussein, cuya suerte no ha sido aún decidida.

¿Llegará vivo al momento de tener que oír la sentencia por los crímenes cometidos, que no son más, por cierto, que los de quienes quedaron impunes? La impunidad sobrevenida es tremenda para las víctimas de los criminales gigantescos e incómoda para la condición misma de Justicia. Pero abunda. Se diría que, más allá de un cierto umbral, los delitos son necesarios para empuñar el timón de un Estado y, por tanto, cabe conceder un trato de favor a quien lo hace con mano férrea. Pero por esa pendiente resbaladiza acabamos en Atila. En realidad no andamos muy lejos del huno si nos cuesta tanto juzgar a quienes, hoy día, hacen lo mismo que hizo él.

El autor es escritor


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