| ELECCIONES.
El derecho al voto y el valor de la vida humana en Costa Rica
Roberto Cuéllar M.
En diciembre de 2002, con ocasión de la primera elección directa de alcaldes municipales, en este país se estableció el récord de abstencionismo —solo concurrió poco más del 15% a votar— que le situó en los últimos lugares de América y ahora se le ha achacado una larga cuenta manual de votos, por demás impensada, que terminó el 7 de marzo pasado.
Mucho se ha escrito sobre esta inédita demora y poco puedo agregar. Pero hay razones distintas y diferentes para cada uno de estos fenómenos. Ya se ha insistido, en primer lugar, que el conteo manual del "voto a voto" es una disposición constitucional que siempre debe cumplir el Tribunal Supremo de Elecciones y que hoy le ha dado completa y cabal ejecución. En segundo lugar, este mecanismo lento pero seguro del resultado, nunca había sido tan relevante dado el estrecho margen entre los finalistas más votados del 5 de febrero. Y es que también la población costarricense nos viene mostrando comportamientos electorales inusuales.
Es sorprendente que pese a lo cerrado del resultado electoral y al recuento muy vigilado por todos, a nadie se le ocurrió arriesgar la vida por candidatos, ni por ideologías partidarias y los alegatos se circunscribieron a encendidos reclamos dentro de la legalidad constitucional. En este noble pueblo, el lento conteo no acarreó espantosas luchas con consecuencias en vidas humanas ni limitaciones a la libertad de la prensa como aún sucede en muy cercanos países. Aquí los votos se cuentan lentamente pero se cuentan de acuerdo a la ley y aunque la declaratoria oficial demore, ningún otro poder político se adelanta al Tribunal Electoral a proclamar el resultado, ni hace revoluciones que de poco han servido en otras sociedades. No olvidemos que los verdaderos intereses de Costa Rica están en la vida misma y en los derechos de la persona humana que, como el pueblo lo ha dicho nuevamente, tiene un valor inestimable.
Además el pueblo les ha dicho hoy a los partidos políticos que bien harían en atender aquellos focos donde no se ha votado: y es que de nuevo ganó la ciudadanía que no votó, lo que denominamos abstención y ausentismo. Este fenómeno social es un silencio activo en varios países de América Latina y que sus causas pueden no tener que ver con el sistema electoral ni con las reglas de juego de antes, durante y después de las votaciones. El frío no está en las cobijas, sino dentro de las tiendas de los partidos políticos. Pero el mensaje aleccionador del pueblo costarricense no para en esta alerta temprana.
Este pueblo, admirado por su racionalidad civilista —y bien nos consta que no le gusta el sistema de democracia con ejército que predomina en el hemisferio—, afirmó una vez más, como también lo dijo hace cuatro años, que el mejor modo de pedirle el voto ante la población es abriendo las puertas del partido a los sectores mayoritarios del pueblo. Y fue sencillamente por eso que, ahora más que hace cuatro años, tuvo amplia simpatía el partido emergente que forzó aquella histórica segunda vuelta y que hoy por poco termina triunfante. No se trata de alabar a nadie. En estas circunstancias de ansiedad democrática más bien se trata de alentar los cambios ya que en los pasados comicios a nadie le salieron las cuentas ni los guarismos electorales previstos en las encuestas. No trato de comparar con otros países si son más rápidos o más lentos, ni de valorar si hay mejores formas de defender el derecho al voto. Ciertamente, ahora no conviene escudarse en esos momentos de sobresaltos, crispación, reclamación y alegato que ya pasaron para minimizar las debilidades que hay que atender en el sistema de partidos, ni para soslayar los retos que inmediatamente se ciernen sobre el nuevo gobierno y sobre la nueva oposición. El TSE, institucionalidad respetada allende las fronteras costarricenses y que lo ha hecho tan bien, deberá sacar ventaja de esta novedosa experiencia para pensar en el mejoramiento de la operación electoral.
En este peculiar periodo es cuando hay que introducir las vías del diálogo y del entendimiento que siempre le caen muy bien a la democracia y al pueblo de Costa Rica. Queda claro que los partidos deben hacer política en la atenta escucha de la ciudadanía: recoger la rica pluralidad de la sociedad; comprender los distintos niveles de pertenencia —especialmente de los más pobres—; y fundamentar el terreno de consenso social en los derechos humanos y en las reglas de juego de la Constitución de la República. Y esta es la sencillez y la grandeza de esta sociedad que, aprovechando esta oportunidad singular, los partidos podrán transformar las lecciones del 5 de febrero y las de la larga cuenta de votos en una estratégica herramienta para hacer que la democracia tica continúe a la vanguardia regional en este siglo XXI.
El autor es director ejecutivo el Instituto Interamericano de Derechos Humanos
Además en Perspectiva
• Política estadounidense para Irán • El derecho al voto y el valor de la vida humana en Costa Rica • Impunidad sobrevenida
|